«No hay discurso, no hay texto, no hay papeles. Quiero que dejemos correr nuestros sentimientos más íntimos». Con esas palabras, José Ballesta arrancó su última Pitocrónica en el Romea, construyendo no un relato político, sino un bodegón vivo donde cada elemento contaba una historia de Murcia: el pastel de carne como memoria del hogar, los paparajotes como dulzura de la infancia, la jarra de novia como símbolo de compromiso, el chaleco de huertano como orgullo de la tierra.
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