El aire en Local de Ensayo ya no es el mismo. No es solo cuestión de decoración —aunque sí: los manteles han desaparecido, las mesas de madera lucen desnudas, crudas, honestas, sujetando los cubiertos con tornillos y tuercas reales, como si el comensal fuera a montar su propia experiencia, pieza a pieza—. Tampoco es solo la música, suave, internacional, sin pretensiones de épica ni banda sonora impostada. Tampoco los nuevos cuadros, los rincones repensados, el espejo que sigue en su lugar —testigo silente de una revolución—, ni siquiera la presencia de Julithsa, joven colombiana de prácticas procedente de la Escuela de Hostelería de Cáritas Eh!, aprendiendo bajo la mirada atenta de Giovanni Moravito, encargado de sala y alma gemela de David López en este viaje de quince años.
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