El sector hostelero de Murcia y la Comunidad Valenciana se une para celebrar la memoria del emprendedor que elevó una receta familiar del Vinalopó a la categoría de leyenda culinaria durante 38 años
El recinto ferial de Alicante se vistió de gala y nostalgia este 3 de octubre de 2026 para tributar una de las figuras más emblemáticas de la gastronomía del sureste peninsular. En el marco de Alicante Gastronómica, el sector rindió un merecido homenaje póstumo a Segismundo Amorós Laguía, universalmente conocido como ‘Segis’, el visionario que transformó la humildad de un plato dominguero en un referente de la alta cocina tradicional. Fallecido durante el verano de 2026, su ausencia dejó un vacío tangible, pero su legado permanece intacto en cada fogón que aprendió de su maestría.

La ceremonia, cargada de simbolismo y reconocimiento institucional, contó con la presencia de las máximas representaciones del tejido empresarial y culinario de la región. Jesús Abad, gerente del Grupo Arroces de Segis y mano derecha del homenajeado durante tres décadas, fue el encargado de recoger el galardón en nombre de una familia empresarial que promete honrar su memoria. Desde el escenario, el presidente de la Cámara de Comercio, Carlos Baño, y la directora del evento, Gema Amor, compartieron protagonismo con una nómina de lujo de la cocina actual: los chefs Mariano Torres, Isabel Carvajal y Carlos Alba, junto al reconocido maestro de la trufa, Andrea Tumbarello. Todos ellos se unieron para validar una trayectoria que trascendió lo comercial para convertirse en patrimonio cultural.

De las raíces del Vinalopó a la excelencia inalterable
Nacido en La Algüeña, Segismundo absorbió desde su infancia la sabiduría de los fogones maternos y abuelos, donde el tiempo y el fuego lento eran los ingredientes secretos. Con una intuición empresarial poco común, supo trasladar la esencia del interior de Alicante a los corazones gastronómicos de Murcia, Madrid e, incluso, hasta Natal (Brasil). Su gran contribución no fue la invención, sino la preservación: elevó a la categoría de obra maestra el arroz con conejo y caracoles, cocinado al calor del sarmiento, ese residuo de la vid que, en sus manos, se convertía en el alma aromática de la receta.
Antes de consagrarse a la hostelería, su espíritu inquieto lo llevó a gestionar emblemáticos locales de ocio nocturno en Murcia, como las discotecas Barbus y Mundo, además de incursionar en el comercio de calzado y pescaderías. Sin embargo, fue en la cocina donde encontró su verdadera vocación. Con una claridad meridiana, estableció una premisa revolucionaria en su simplicidad: ofrecer en su restaurante exactamente lo que se saboreaba en su propia casa los domingos.

Un menú como acto de resistencia cultural
Durante 38 años, la carta de Los Arroces de Segis permaneció inmutable, un hecho casi sin precedentes en la vertiginosa industria de la restauración moderna. Su propuesta, integrada en el grupo Mi Casa, desafiaba las modas efímeras con un desfile de entrantes caseros y una selección de seis arroces, coronados por el bogavante, todo ello acompañado de vinos de primera calidad a precio de coste. «La gente que nos conoce está cómoda porque sabe que nunca la vamos a defraudar», solía afirmar, consciente de que la verdadera fidelidad se gana con la coherencia y el precio justo.

En sus locales, el ritual era sagrado: caldos elaborados desde cero, una cocción vigorosa para garantizar ese «grano suelto» característico de la tradición alicantina, y ajustes milimétricos según la dureza del agua de cada ciudad. Pero más allá de la técnica, lo que definía sus establecimientos era la atmósfera. Las paredes, adornadas con instantáneas de comensales, testimoniaban su filosofía: «Aquí no tenemos clientes, tenemos amigos».
Una huella imborrable en la memoria colectiva
El adiós a Segis ha desatado una oleada de afecto que refleja su impacto transversal: desde antiguos empleados y compañeros de profesión hasta generaciones de familias que crecieron celebrando sus hitos vitales alrededor de sus mesas. Su equipo lo despidió con la promesa de mantener viva la esencia, los valores y la pasión que él inyectó en cada detalle del servicio.

Segismundo Amorós no buscó la vanguardia a través de la deconstrucción, sino a través de la dignificación de lo cotidiano. Demostró que la memoria intergeneracional, cuando se ejecuta con humildad y rigor, es la forma más pura de la excelencia. Aunque el maestro haya partido, el caldo sigue hirviendo. En cada restaurante que fundó, alguien levantará una cuchara, degustará ese arroz fino y perfecto, y comprenderá, aunque sea por un instante, la magnitud de un hombre que dedicó su vida a que, en su casa, el domingo siempre supiera a gloria.

























