Hay quienes ven un limón y perciben acidez; Guillermina Sánchez Oró lo contempla y escucha el susurro del riego en los campos de la huerta, siente el reflejo del sol en su piel rugosa, inhala el aroma húmedo de la tierra recién regada y lo traslada al lienzo con una precisión que roza lo sensorial: no pinta fruta, pinta presencia. Así, con esa mezcla de rigor técnico y emoción visceral, ha construido a lo largo de décadas una obra pictórica que trasciende el género del bodegón para convertirse en un homenaje silencioso —pero vibrante— a la identidad murciana. Y es en ese mismo espíritu, donde lo cotidiano se alza como epopeya, donde lo doméstico se vuelve político y lo sensorial se transforma en memoria, que hoy se prepara para dar un nuevo paso: el lanzamiento de Voces Rotas, su primera novela, una trama incandescente que desnuda la corrupción desde los márgenes del silencio.
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