Tras casi cuatro décadas de cocina intuitiva, generosa y avalada por la Guía Michelin, Juan Serrano y María Reyes se jubilan; su hija prefiere preservar el legado antes que continuar sin ellos
El restaurante Juan Mari, emblema culinario del Mar Menor y referente indiscutible de la gastronomía murciana durante casi cuarenta años, cerrará definitivamente sus puertas el próximo 31 de enero, según ha publicado La Verdad. La decisión responde al deseo de sus fundadores, Juan Serrano y María Reyes, de retirarse tras décadas de dedicación plena al oficio y disfrutar del tiempo con su familia, especialmente con sus dos nietas.
Ubicado en la céntrica calle Emilio Castelar, el local ha sido reconocido durante ocho años consecutivos por la Guía Michelin, incluyendo el distintivo Bib Gourmand —que premia la excelencia a precios razonables—, y también ha figurado en la Guía Repsol. Con más de mil reseñas en Google y una valoración media de 4,5 sobre 5, Juan Mari se ha ganado el cariño de comensales nacionales e internacionales gracias a una propuesta honesta, arraigada en los productos del entorno y ejecutada con pasión diaria.
“Lo más llamativo de esta casa es el cariño y la pasión que demuestran en cada servicio”, señalaba la propia Guía Michelin, destacando su cocina tradicional con toques contemporáneos, raciones abundantes y presentaciones cuidadas. Platos como el carpaccio de alcachofas con crujiente de ibérico, el rodaballo con patatas a lo pobre o los innovadores arroces de temporada —como el reciente de presa ibérica, manzana y queso Ruperto— han convertido al restaurante en un destino obligado para quienes buscan autenticidad en cada bocado.

Pero más allá de los fogones, lo que ha hecho irrepetible a Juan Mari es su forma de cocinar: sin recetas escritas, guiado por la intuición y la inspiración del momento. “Mi padre no es de estudio, es de cabeza. Se levanta, va al gimnasio, vuelve y se inventa un arroz que nadie ha visto antes”, explica su hija Yolanda Serrano, sumiller y jefa de sala, quien ha sido pieza clave en la gestión diaria del establecimiento.

Precisamente esa singularidad es la razón por la que Yolanda ha decidido no continuar con el negocio tras la jubilación de sus padres. “No hay un cocinero que pueda sustituirlo. La gente viene esperando a Juan Mari, y si él no está, destrozaríamos su legado”, afirma con rotundidad, descartando cualquier relevo profesional o familiar.

Durante sus últimas semanas, el restaurante ha lanzado una carta simbólica titulada “La última y nos vamos”, que ha agotado todas las reservas hasta el cierre. Los clientes acuden no solo a degustar sus platos, sino a despedir una manera de entender la hostelería: íntima, familiar y profundamente humana.

El local, coronado por un pequeño huerto frente a su fachada —donde Juan cultivaba higos para sus postres caseros—, representa el equilibrio perfecto entre tierra, mar y hogar. Ahora, ese mismo hogar reclama a sus dueños. Tras años de sacrificio —“hasta en mi comunión, mi padre fue el cocinero del banquete”, recuerda Yolanda con emoción—, Juan y María planean algo tan sencillo como extraordinario: un viaje en familia y tiempo de calidad con sus nietas de 6 y 14 años.

Con el cierre de Juan Mari, San Pedro del Pinatar pierde uno de sus pilares gastronómicos, pero gana un ejemplo de coherencia, amor por el oficio y respeto por el legado. Porque, como bien dice Yolanda: “Cierra un restaurante, sí… pero abren los abuelos”.
























