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Casa El Alias: Donde el tiempo se sirve en ración de rechigüelas

LasGastrocronicas.com traspasó el umbral del histórico restaurante murciano en la carretera de Santa Catalina y descubrió que, en Murcia, la historia sabe a habas frescas y café de olla


En Casa El Alias, cada plato es un acto de resistencia contra el olvido y cada copa, un homenaje a la tierra


Antonio Murcia, alma de Casa El Alias, defiende con devoción el legado culinario murciano frente a la homogenización de los sabores


 

LasGastrocronicas.com visitó hace unos días el histórico restaurante Casa El Alias, enclavado en la Avenida de El Palmar número 133, y comprobó que algunos lugares no envejecen: se condensan. Fundado en 1870 como despacho de vinos que recibía el caldo de Jumilla en pellejos y barricas chatas conocidas como «castañas», el establecimiento ha sobrevivido a tres siglos sin perder un ápice de su esencia huertana.

LasGastrocronicas.com realizó esta amplia galería fotográfica el día de su vista a Casa El Alias:

Al cruzar sus puertas, el visitante es recibido por la imagen serena de la Virgen de La Fuensanta presidiendo una barra rebosante de tapas tradicionales, mientras las paredes, revestidas de mosaicos antiguos, testimonian décadas de conversaciones entre políticos, empresarios y vecinos que han convertido aquel rincón en el salón de estar más transitado de la ciudad.

Las mesas de madera con manteles blancos y sillas de enea acogían a unos sesenta comensales que degustaban, entre otros manjares, las legendarias rechigüelas fritas —el peritoneo del cordero a la plancha, especialidad casi extinta que El Alias mantiene viva con devoción—, michirones humeantes, chanquetes al ajillo y habas frescas que cada mañana ocupan su lugar privilegiado sobre la barra.

En medio del bullicio cotidiano, Antonio Murcia Carrilero, alma mater del negocio familiar desde que con 24 años asumiera las riendas tras un derrame cerebral sufrido por su padre en 1980, se desplazaba con parsimonia entre las mesas tras haber completado su sesión diaria de fisioterapia.

A sus 66 años, y recuperándose de un ictus sufrido meses atrás, el hostelero continuaba saludando uno a uno a sus clientes con una sonrisa que delata su máxima vital: «Soy feliz en mi trabajo y lo que más feliz me hace es tener la sonrisa de mis empleados; ese es el éxito de la empresa».

Nacido literalmente en el bajo de aquella casona de la carretera de Santa Catalina —«Nací en El Alias y no me importaría morirme aquí», declaró en una entrevista reciente—, Antonio ha convertido la fidelidad al producto en su bandera, manteniendo proveedores desde hace sesenta años y rechazando cualquier innovación que altere la receta ancestral de sus guisos.

María Dolores Abellán, «Mari».

Junto a él, su sobrina María Dolores Abellán, «Mari» para los habituales, tejía con destreza el servicio entre barra y cocina, anticipando el relevo generacional en un negocio que ya ha visto pasar a cuatro generaciones de la saga Murcia-Carrilero.

El menú, escrito a mano cada jornada, ofrecía el esplendor de la huerta murciana en platos como el rabo de toro estofado, las berenjenas rellenas o el arroz con conejo, mientras en el rincón del estanco dos cabezudos de cartón piedra observaban impertérritos el ir y venir de comensales. Tras el café de olla, servido con bizcocho y chocolate con almendras, el visitante comprendía por qué aquel rincón había sido votado por el público como mejor restaurante de cocina tradicional en los premios gastronómicos de La Verdad, superando a competidores de renombre.

La reciente decisión municipal de bautizar con el nombre de «El Alias» la rotonda frente a su fachada no era sino el reconocimiento oficial a lo que los murcianos saben desde hace décadas: que allí, entre el aroma a vino de Jumilla y el sabor del marisco fresco, late el corazón palpitante de una identidad que se resiste a desaparecer.

Continuidad de una tradición hostelera

Casa El Alias encarna la continuidad de una tradición hostelera que en Murcia se remonta al siglo XIX, cuando los despachos de vinos a las afueras de la ciudad funcionaban como puntos de encuentro para viajeros y labriegos. A diferencia de otros establecimientos que sucumbieron a las modas o al cierre generacional, esta casa supo preservar el equilibrio entre la fidelidad a las recetas ancestrales —como las rechigüelas, plato huertano en peligro de extinción que aquí se resiste a desaparecer— y la calidez humana que convierte a cada cliente en parte de la familia. Su historia, tejida con el hilo de cuatro generaciones y el sudor de empleados que llevan décadas tras la barra, es un testimonio vivo de que en gastronomía, a veces, la mayor innovación consiste simplemente en no cambiar nada.

El mapa del sabor murciano se despliega sobre una barra de 1870

Casa El Alias no ofrece un menú: ofrece un atlas emocional de la huerta murciana. Este histórico establecimiento ha convertido su carta en un manifiesto de identidad, donde las rechigüelas comparten protagonismo con los michirones, las chapinas a la plancha y el rabo de toro estofado con paciencia monacal. Su filosofía es tan sencilla como revolucionaria en tiempos de cocina efímera: no innovar por innovar, sino custodiar con devoción las recetas que han definido el paladar colectivo de Murcia durante generaciones.

La carta se despliega como un recorrido por los ecosistemas de la Región: del mar llegan las docenas de boquerones fritos con ajos tiernos, los tigres caseros rellenos de almejas y el marmitako de atún; de la huerta, el pisto murciano con verduras de temporada, las berenjenas rellenas con bechamel y las habas frescas que cada mañana ocupan su lugar privilegiado sobre la barra; y de la montaña, los chuletas de cabrito al ajillo, el asado de cordero y los callos guisados hasta alcanzar una textura sedosa. Los pucheros diarios —lentejas, alubias con codorniz, caldo con pelotas— rinden culto a la cocina de cuchara que calienta el alma en invierno, mientras los arroces (conejo y caracoles, pollo, marisco o bacalao con verdura) demuestran que en Murcia el arroz no es solo plato: es ritual cotidiano. Ni siquiera los postres escapan a esta vocación tradicional: el arroz con leche, el pan de calatrava y la tarta de la abuela se sirven con la misma solemnidad que un plato estrella, recordando que en esta casa lo casero es lo supremo.

Pero si la cocina es el corazón de El Alias, su carta de vinos es el alma. Con una apuesta decidida por los caldos murcianos, el restaurante exhibe en su lista referencias emblemáticas de las Denominaciones de Origen Jumilla y Yecla: Alceño en sus versiones joven, roble y premium; Juan Gil con sus tres etiquetas (plata, azul y edición especial); Summum Yecla; o Juana la Loca en versión crianza y edición especial. Esta fidelidad al terruño no impide, sin embargo, un diálogo elegante con otras regiones vinícolas españolas: Ribera del Duero (Emilio Moro, Pago de Capellanes, Protos), Rioja (Muga, Beronia, Ramón Bilbao) y blancos de Rías Baixas (Martín Códax, Mar de Frade) y Rueda (José Parientes, Viña Oropéndola) completan una selección que permite maridar cada plato con precisión. Incluso los cavas y champagnes —Gramona, Juvé & Camps, Veuve Clicquot— encuentran su espacio para celebrar, porque en El Alias hasta el brindis forma parte de la liturgia gastronómica.

Más allá de los fogones y las botellas, lo que define a este rincón histórico es su convicción de que la gastronomía es, ante todo, encuentro.

Las mesas de madera con manteles blancos y sillas de enea acogen cada día a unos sesenta comensales —desde vecinos del barrio hasta políticos y artistas— que comparten no solo platos, sino historias. El café de olla, servido tras la comida con bizcocho casero de chocolate y almendras, cierra cada comida como un abrazo líquido.

Y mientras la Virgen de La Fuensanta preside serena la barra repleta de tapas, uno comprende que en Casa El Alias no se come: se pertenece. Porque aquí, donde el tiempo se mide en raciones de rechigüelas y copas de Alceño, la tradición no es un museo: es un latido vivo que resiste, día tras día, en cada bocado.

El guardián de las rechigüelas

En una entrevista concedida en 2015 al cronista oficial de Murcia, Antonio Botías Saus, Antonio Murcia Carrilero desveló con sencillez y orgullo las claves que han permitido a Casa El Alias sobrevivir 156 años en el mismo emplazamiento de la carretera de Santa Catalina —antigua vía general entre Madrid y Murcia— sin perder un ápice de su esencia. Dueño y alma mater del histórico establecimiento, Murcia remontó su historia familiar hasta 1870, cuando su bisabuelo comenzó a vender vino jumillano traído en carros desde la vecina comarca.

Tras la muerte de su abuelo en la Guerra Civil, su abuela amplió el negocio con una tienda de comestibles y un estanco; ochenta años antes de aquella entrevista, su padre transformó definitivamente el local en bar, consolidando una vocación hostelera que hoy encarna Antonio con la misma pasión que sus antepasados.

Uno de los misterios que envuelven al restaurante es el origen de su nombre. «¡Pues por ahí debe de andar!», respondió Murcia con una sonrisa cómplice al ser preguntado sobre el enigmático «Alias», admitiendo que ni siquiera su padre logró desentrañar su procedencia. Sin embargo, más allá de los arcanos etimológicos, lo que define a este rincón murciano es su fidelidad a los sabores autóctonos, especialmente a las rechigüelas —el peritoneo troceado del cordero a la plancha—, plato ancestral que Murcia defiende con devoción pese a su creciente escasez. «Es difícil comprar rechigüelas, pero más complicado es saber cocinarlas», confesó el hostelero, guardando celosamente los secretos de una elaboración que, según explicó, se ha visto amenazada por los sistemas de producción en cadena de los mataderos, que dificultan su extracción para el consumo.

Su filosofía gastronómica se sustenta en tres pilares inquebrantables: la selección personal diaria en el mercado de Verónicas —«desde el primer tomate a la última quisquilla»—, el respeto riguroso a las técnicas tradicionales y un trato humano que convierte a cada cliente en amigo. «Trato a la gente como me gustaría ser tratado», afirmó, destacando que entre sus mesas han compartido mesa figuras como Pepín Liria, Ortega Cano, David Bisbal, el grupo M Clan o la cantante Mari Trini, además de toreros como Antonio Puerta y el legendario grupo Mocedades. Pese a reconocer que la proliferación de locales de comida rápida perjudicó inicialmente a la cocina tradicional —especialmente entre los jóvenes—, Murcia observaba con optimismo un fenómeno esperanzador: «En los últimos tiempos ha crecido el número de clientes jóvenes. Serán jóvenes pero no tontos… ¡De vez en cuando también les gusta dar cuenta de un buen solomillo!».

Más allá de las rechigüelas, su carta rinde culto a los pilares de la huerta y el mar murcianos: boquerones frescos, pulpo al horno, «salao» de primera calidad, pescados asados sobre carbón de encina, arroces humeantes y michirones que evocan el fogón de las abuelas. En un mundo donde los sabores se globalizan y las recetas ancestrales amenazan con desaparecer, Antonio Murcia se erige como un faro de resistencia gastronómica. No busca innovar por innovar, sino custodiar con celo el patrimonio culinario que sus antepasados le legaron. Porque en Casa El Alias, como bien sabe su dueño, la verdadera exquisitez no reside en lo novedoso, sino en saber freír con maestría el peritoneo de un cordero mientras el tiempo, imperturbable, sigue fluyendo sobre la misma barra desde 1870.

Casa El Alias

  • Dirección: Avenida de El Palmar, 133. 30010 Murcia
  • Teléfono: 968 25 21 79
  • Email: casaelalias@gmail.com
  • HORARIO
    Lunes a sábado:
    • Mañanas: 09:30 h – 16:30 h
    • Noches: 20:00 h – 23:00 h
    Domingos: Cerrado

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