Adolfo Miravet, galardonado con el Premio al Mérito Personal en los Digne del Vi 2024, defiende el corcho natural frente a la invasión silenciosa de plásticos y adhesivos en el mundo del vino
Cuando Adolfo Miravet recibió el pasado mes de mayo el galardón al Mérito Personal en los Premios Digne del Vi 2024, el jurado no solo reconocía a un ingeniero de Montes con formación en el prestigioso Máster Tastavins, sino a un guardián de bosques ancestrales. Presidente de la asociación de selvicultores Asilval y responsable de Espadán Corks, Miravet ha convertido su vida en una cruzada por preservar el corcho natural como símbolo de autenticidad vinícola frente a las modas impuestas por la industria química.

«El corcho es tradición, cultura, territorio, sostenibilidad, biodiversidad, paisaje, lluvia, agua, frescura… es bosque», afirmó durante la ceremonia celebrada en El Corte Inglés de Valencia, recordando que detrás de cada tapón late un ecosistema vivo: los alcornocales de la Sierra Espadán, declarados Parque Natural y protegidos por la Red Natura 2000, hogar de la mayor biodiversidad forestal de Europa.
Pero mientras Miravet recogía su premio, en bodegas de todo el mundo se libraba una batalla silenciosa entre materiales. Los tapones sintéticos —fabricados con polímeros como EVA, PVC o LDPE— han ganado terreno en las últimas décadas prometiendo uniformidad y eliminación del temido «sabor a corcho».
Sin embargo, estudios recientes revelan un panorama inquietante: estos plásticos liberan al vino compuestos como metanol, acetona y, lo más preocupante, disruptores endocrinos como ftalatos, BPA y BPA-S, sustancias capaces de alterar el delicado equilibrio hormonal del organismo humano. Además, su estructura hermética asfixia al vino: al no permitir la microoxigenación necesaria para su evolución, lo convierte en una momia líquida. Tras seis meses de contacto continuo, el plástico se degrada y permite la entrada de oxígeno, oxidando prematuramente el contenido. Como ironiza un experto del sector: «Si el vino ha estado años en una botella tapada con plástico, ¿por qué servirlo en copa de cristal y no en vaso de plástico?».

Los tapones microaglomerados —esos «cachitos de corcho pegados» que inundan el mercado— tampoco escapan a la crítica. Su problema no reside en el corcho triturado, sino en los adhesivos que lo unen: reactivos de poliol e isocianato que forman colas de poliuretano. Estos compuestos, clasificados como tóxicos, mutagénicos y potencialmente cancerígenos en sus fichas de seguridad, migran al vino ácido y alcohólico, aportando un amargor químico atípico. Una prueba sencilla lo demuestra: al sumergir uno de estos tapones en agua durante días, el líquido adquiere un regusto amargo imposible de confundir con notas naturales del vino.

Frente a estas alternativas, el corcho natural emerge como el único material que ha sellado botellas durante milenios —desde las ánforas egipcias de hace 3.000 años hasta los vinos espumosos actuales— sin perder vigencia. Extraído cada nueve años de la corteza del alcornoque sin talar el árbol, este material posee propiedades irreproducibles: elasticidad para adaptarse al cuello de la botella, impermeabilidad gracias a la suberina (una cera natural), y una estructura alveolar que permite la microoxigenación controlada, esencial para que el vino evolucione con elegancia en la botella. Sus únicas migraciones al vino son polifenoles, taninos y antioxidantes como la quercetina, compuestos beneficiosos para la salud. El único inconveniente reconocido —la molécula TCA o tricloroanisol, responsable del «sabor a corcho»— no representa riesgo para la salud, pues no es tóxica ni irritante, y su presencia ha disminuido drásticamente gracias a procesos de lavado y selección rigurosos.

En los vinos espumosos, el corcho natural se convierte en pieza insustituible. La presión interna de una botella de cava o champán —que puede alcanzar seis atmósferas— exige un material capaz de resistir sin deformarse. Solo el corcho, con su memoria elástica, mantiene la hermeticidad necesaria para preservar las burbujas durante años, mientras permite esa mínima oxigenación que desarrolla complejidad aromática sin perder frescura. El icónico «pop» al descorchar no es solo ritual: es la prueba auditiva de que el gas carbónico ha permanecido cautivo gracias a un aliado natural.

Miravet y su empresa Espadán Corks han elevado el corcho a categoría de patrimonio. Desde 2023 ofrecen en exclusiva el tapón ecológico certificado por el Comité de Agricultura Ecológica de la Comunidad Valenciana (CAECV), marcado con la Eurohoja, y garantizan la trazabilidad mediante la marca «Producto Natural Parque Natural Sierra Espadán». Cuatro generaciones de su familia han cuidado estos bosques, entendiendo que cada tapón no es un simple cierre, sino una porción de territorio que viaja alrededor del mundo dentro de una botella. Mientras las grandes corporaciones químicas promueven sustitutos sintéticos, Miravet recuerda una verdad elemental: el vino nace de la tierra, y solo la tierra —en forma de corcho— merece sellar su destino. Porque detrás de cada sorbo perfecto, hay siempre un árbol que respira.


























