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GASTROCRONICAS

El secreto escondido en una calabaza: redescubriendo a Hellemans y su deslumbrante bodegón del XIX

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Por Elisabet Pegueroles


 

Una pintura que transforma frutas, insectos y luz en una reflexión silenciosa sobre el tiempo y la vida


 

El bodegón pintado por Jeanne Marie Joséphine Hellemans (1796-1837) es un ejercicio de virtuosismo pictórico dentro de la tradición naturalista centroeuropea del siglo XIX, heredera tanto del barroco flamenco como del gusto burgués por la pintura de gabinete.

La artista organiza la composición en torno a la calabaza convertida en centro de luz y color, mientras las frutas y los insectos introducen una narrativa sobre la vida, la abundancia y la fragilidad del tiempo. El resultado nos lleva a contemplar más allá de lo evidente y a descubrir la complejidad de los géneros considerados menores. Esta obra, de 1830, es un ejemplo perfecto de su dominio técnico en la etapa final de su vida.

La pintura destaca por su fidelidad óptica. En el centro vemos la calabaza, cuyas semillas y textura interna están pintadas con un minucioso detalle que invita casi al tacto. La acompañan melocotones aterciopelados, uvas brillantes y ciruelas, creando un rico contraste de texturas. La obra se organiza mediante un esquema piramidal estable, actuando la calabaza como núcleo compositivo y foco lumínico. Las frutas oscuras (ciruelas, uvas) equilibran el peso visual en la zona superior derecha, mientras las bayas rojas en primer plano introducen un eje diagonal que aporta dinamismo a la escena.

El uso de la luz es dramático: ilumina los objetos desde un lateral para resaltar su volumen sobre un fondo oscuro. Esta iluminación lateral y cálida recuerda a la tradición caravaggista filtrada por el naturalismo flamenco.

El contraste entre la opacidad de la calabaza y el brillo de la repisa de piedra resulta impactante. El pedestal pétreo añade solemnidad: no es una mesa doméstica, sino casi un altar de la naturaleza. Los tonos terrosos del fondo permiten que los colores destaquen, sobre todo la calabaza abierta, que irradia su intenso color naranja.

Hellemans era conocida por no dejar rastro del pincel: su pincelada es invisible, logrando que la piel del melocotón parezca real. La alternancia entre piel tersa (melocotones y ciruelas) y superficies rugosas (calabaza y piedra) evidencia su interés por el estudio matérico. Resulta fascinante el tratamiento de la materia y su virtuosismo táctil: la transparencia de las uvas, la pulpa húmeda de la calabaza, la piel aterciopelada de los melocotones o los brillos especulares sobre las ciruelas

Una lectura iconográfica de la obra permite observar que la calabaza y las frutas otoñales suelen representar la abundancia de la cosecha: sin embargo, al estar abiertas o maduras también sugieren la idea de fugacidad, la plenitud que precede a la corrupción. Los insectos evocan el paso del tiempo y la transformación natural, mientras que las semillas actúan como metáfora de fertilidad y ciclo vital. No se trata de una vanitas explícita, sino de un bodegón con sensibilidad temporal.

Más de un siglo después, esta pintura nos recuerda que el arte no siempre necesita grandes temas para conmover. A veces basta la luz sobre una fruta, la textura de una corteza o el brillo efímero de una piel madura para hablarnos del tiempo, de la belleza…

La calabaza que Hellemans convirtió en pintura encuentra también su eco fuera del lienzo, en una propuesta culinaria que celebra los mismos colores y sabores de la naturaleza madura.


 






 

Ensalada templada de calabaza y frutas asadas con vinagreta especiada

Ingredientes (2 personas)

  • 300–400 g de calabaza en cubos
  • 1 melocotón en gajos
  • 2 ciruelas en cuartos
  • 1 puñado de uvas
  • Rúcula o mezcla de brotes
  • Nueces
  • Semillas de calabaza
  • Queso feta o queso de cabra desmenuzado

Preparación

1. Mezcla los cubos de calabaza con aceite, sal y pimienta. Ásalos al horno a 200°C, unos 20-25 minutos, hasta que estén dorados y tiernos.

2. Marcar ligeramente la fruta en una sartén muy caliente 1 o 2 minutos por cada lado para que caramelicen un poco, pero mantengan su forma.

3. Hacer la vinagreta especiada mezclando:

  • 3 cucharadas de aceite de oliva
  • 1 cucharada de vinagre de Jerez o balsámico
  • ½ cucharadita de mostaza
  • ½ cucharadita de miel
  • Una pizca de canela o comino
  • Sal y pimienta

4. Monta la ensalada poniendo como base la rúcula o brotes, a continuación, añade la calabaza templada y la fruta. Después incorpora las nueces y el queso y por último aliña justo antes de servir.

Maridaje

Un blanco de la D.O. Rueda (Verdejo): tiene frescura para limpiar el dulzor y notas herbáceas que combinan con la rúcula.

Elisabet Pegueroles es historiadora del Arte y apasionada de la gastronomía

 

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