Juan de Dios Cano Molina presenta una propuesta artesanal, sin gluten y 100% vegetal, elaborada con pimentón ahumado y cayena, que conquista el IV Concurso Nacional de Michirones
La plaza Fotógrafo Verdú (más conocida como Plaza de la Paja), en el Barrio del Carmen se convirtió el pasado lunes 6 de abril en escenario de una doble celebración gastronómica. Mientras ocho cocineros disputaban el codiciado Michirón de Oro en el IV Concurso Nacional de Michirones, el empresario murciano Juan de Dios Cano Molina, fundador de La Flor de Murcia y de la Tienda La Carreta, aprovechaba el marco festivo para presentar una innovación que promete ampliar los horizontes del plato más emblemático de la huerta: los Michirones Gourmet Picantes, una versión 100% vegana, sin gluten y elaborada de forma artesanal.
El nuevo producto, disponible en tarro de 390 gramos de peso neto (200 gramos escurridos) y con un precio de 2,00 euros, nace de una premisa sencilla pero revolucionaria: demostrar que el michirón puede mantener toda su esencia sin necesidad de añadir carne ni chorizo.

«Es una puñetera idea mía, donde creo que hay un mundo que puede comer michirón y no siempre tiene que añadirse la carne y el chorizo», explica Cano Molina. «Puede salir muy rico también, ya que es un vegetal, y añadiéndole un pimentón dulce y un pimentón picante con un toque de ahumado, pues sale un michirón espectacular».
Ingredientes de proximidad y elaboración cuidada
La receta, fabricada por La Flor de Murcia en sus instalaciones de Ribera de Molina, apuesta por la simplicidad y la calidad: habas, agua, sal, antioxidante (EDTA) y pimienta cayena como único elemento picante. El resultado es un producto de España, apto para veganos y celíacos, que conserva en cada bote el sabor de la tierra murciana. «Cada día intento hacer cosas diferentes», señala el creador, quien ya cuenta en su catálogo con otras propuestas innovadoras como mermeladas veganas con sabores a bacon o queso.

Cano Molina, conocido por su incansable capacidad creativa —»Mi mente, a partir de las 3 horas durmiendo, ya empieza a circular. No duermo más de 3 horas al día»—, concibe este lanzamiento como una respuesta a las nuevas demandas del consumidor: «Haciendo cosas para gente que también tiene derecho a comer cosas tradicionales y que no lleven carne, o queso, por ejemplo».
Un contexto festivo para una apuesta estratégica
La presentación del producto no pudo elegir mejor marco. El IV Concurso Nacional de Michirones, impulsado por el Club Michirón Gourmet y respaldado por un nutrido grupo de colaboradores entre los que figura La Flor de Murcia, congregó a cientos de personas en la Plaza Fotógrafo Verdú para celebrar la tradición huertana. Antonio José Alonso, de Abanilla, se proclamó vencedor con el Michirón de Oro, pero la jornada también sirvió para visibilizar propuestas como la de Cano Molina, que buscan tender puentes entre la cocina ancestral y las tendencias alimentarias contemporáneas.
Desde la organización, el concejal de Cultura del Ayuntamiento de Murcia, Diego Avilés, destacó que «los michirones son mucho más que un plato; son un símbolo de nuestra identidad». En esa línea se inscribe la nueva apuesta de La Flor de Murcia: preservar la autenticidad del sabor mientras se abre a nuevos públicos.

Disponibilidad y compromiso con lo artesano
Los Michirones Gourmet Picantes ya están disponibles a través de Tienda La Carreta, el espacio culinario de referencia para los amantes de la exquisitez gourmet en Murcia. Los interesados pueden realizar pedidos llamando al 669 34 00 69 o visitando www.lacarreta.es. La marca recomienda conservar el producto en lugar fresco y seco y, una vez abierto, guardarlo en el frigorífico un máximo de tres días en envase no metálico.

Con esta nueva referencia, La Flor de Murcia refuerza su compromiso con la gastronomía de proximidad y la innovación responsable. Como resume Juan de Dios Cano Molina: «Hay veces que pitan más, otras veces pitan menos, pero ahí voy, en el camino. Viva Murcia, viva la madre que nos parió, y viva la Virgen de la Fuensanta». Una declaración de intenciones que, bote a bote, se convierte en realidad gastronómica.
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