El chef de Local de Ensayo diseña un cóctel diplomático donde el arroz de Calasparra y los vegetales de su tierra natal conquistan a la heredera al trono en la entrega de la Medalla de Oro de la Región
Bajo la solemnidad del patio interior del Palacio de San Esteban, mientras la Princesa de Asturias recibía la máxima distinción honorífica de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia, los sentidos de los asistentes fueron cautivados por una propuesta gastronómica que trascendió el mero protocolo.

Detrás de la exquisitez servida durante la recepción se encontraba David López, chef originario de Hellín (Albacete) y alma culinaria del restaurante murciano Local de Ensayo, quien logró tejer un puente de sabores entre dos regiones hermanas: Castilla-La Mancha y Murcia.
La confianza depositada en López por parte del presidente autonómico, Fernando López Miras, se tradujo en un menú ejecutado con precisión milimétrica que funcionó como un homenaje dual.
Por un lado, celebraba la riqueza productiva de la huerta y el mar murcianos; por otro, integraba discretamente pero con carácter, los ingredientes emblemáticos de la provincia de Albacete.

«Ha sido un orgullo inmenso y, aunque la presión era alta, el resultado ha sido muy gratificante», confesaba el cocinero, visiblemente emocionado tras completar con éxito uno de los encargos más relevantes de su trayectoria, que ya cuenta con experiencias previas sirviendo a la Casa Real.

Un diálogo culinario entre dos tierras
Lejos de limitarse a una carta estándar, López reinterpretó los clásicos del recetario regional con una técnica contemporánea. La propuesta se estructuró en estaciones que invitaban al recorrido pausado: desde una vermutería con conservas vegetales y salazones artesanales, hasta la presencia obligada del jamón ibérico. Sin embargo, fue en los detalles donde residía la verdadera firma del chef hellinero.

El menú destacó por la inclusión de productos estrella compartidos por ambas geografías, como el arroz Bomba de Calasparra —cultivado tanto en Calasparra y Moratalla como en Hellín—, protagonista de unos mini calderos del Mar Menor que evocaban la tradición marinera local.
Asimismo, López introdujo guiños personales mediante el uso de brócoli y coliflor de los Campos de Hellín, así como quesos manchegos transformados en sofisticados bombones sobre galleta de masa escaldada.
Entre las piezas más celebradas figuraron la tortilla de patatas fluida, un sello de identidad de su cocina, y la tradicional marinera de anchoa 00, elevada a la categoría de bocado de cóctel. La croqueta de jamón de bellota con leche fresca y el bombón de zarangollo con flores del huerto completaron una oferta que equilibraba la contundencia de los sabores terrestres con la frescura de la huerta.
Maridaje de territorio y excelencia
Para acompañar esta sinfonía de tapas, la bodega seleccionada reflejó igualmente el compromiso con lo local. Las cervezas Estrella de Levante compartieron protagonismo con los vinos de la denominación de origen Jumilla, específicamente las etiquetas blanco y tinto de Elena Pacheco, cerrando la experiencia con un cava de Nariz Burete. Esta selección no solo maridaba técnicamente con los platos, sino que reforzaba el mensaje institucional del acto: la promoción y valoración de los productores regionales.
Cercanía real y reconocimiento profesional
Más allá de la logística y la ejecución culinaria, el evento dejó anécdotas personales para el chef. López tuvo la oportunidad de intercambiar impresiones con la Princesa Leonor, quien mostró una cercanía notable al saludar al equipo responsable del catering.

Para el cocinero, este momento cerró un círculo emocional iniciado años atrás, cuando preparó un evento para los Reyes Eméritos. «Es precioso agradecer la confianza para un acto de tal magnitud. Guardaré este recuerdo para siempre», afirmaba López, consciente de que, durante unas horas, los sabores de Hellín y Murcia compartieron mesa con la futura Reina de España.

Con este servicio, David López no solo satisfizo el paladar de la élite institucional y social reunida en San Esteban, sino que demostró cómo la gastronomía puede actuar como un lenguaje diplomático capaz de unir identidades, celebrar raíces y elevar el producto local a la categoría de embajador en eventos de estado.

























