Por María José Cavadas
En la ruta que siguió Gengis Kan para extender sus dominios e instaurar el imperio mongol, se erige una cabeza silenciosa, sigilosa y apenas sonriente. La Mona Lisa del desierto, en pleno Shapotou, es un lugar sagrado donde se puede alcanzar la inmortalidad a través de un selfi.

El desierto que recorre el noroeste de China, la región autónoma de Ningxia y Zhongqwei, tiene un pie en la edad media y el otro en el siglo XXI.
Con el primero se coloca en la prehistoria con el arte rupestre de las Montañas Helan y las tumbas imperiales de Xixia. Con el otro pie da un salto y se instala delante de una joven que posa en un desnivel frente al Rio Amarillo con la esperanza de que la instantánea le coloque delante de los ojos de miles de personas.

El espacio sobre el que Gengis Kan construyó su leyenda se ha convertido en el mejor “set” para asomarse al mundo a través de las redes.
Los disparos (shots) se producen a todas horas en cualquier lugar del planeta, pero si el punto (spot) tiene las características adecuadas, la viralidad (velocidad de reproducción y por tanto de visitas/contagio) se multiplica exponencialmente. Lo siento, pero hablamos del mundo digital que tiene su lenguaje propio.

La escultura que se yergue en Shapotou cubierta por un velo pasa de todo, del mundo digital y del analógico. Es eterna y quienes se acercan esperan contagiarse de su esencia inmaterial. Y entre los que buscan su presencia se encuentran influencers, modelos y aspirantes a reinas de las fiestas que esperan despertar el interés de un patrocinador de galletas sin gluten.
Por e 29 yuanes, unos tres euros, puedes hacerte fotos como si fueras el protagonista de Juego de Tronos
Vestir para la foto
La última tendencia consiste en vestir trajes de época, regionales o de un diseñador local y correr a lo alto de la duna para lucirse. Por qué? Liu, no logro entender el nombre, acude al traductor (todo el mundo lleva un traductor en el bolsillo) explica que es costumbre.
Nan y Haibo, quizás sean nombres inventados o fruto de mi mal oído, han llegado a Mingsha Mounting ataviados al modo de su región para tomarse fotos como único propósito.

La pareja, al igual que cientos de jóvenes que ponen los pies en la arena con llamativas vestimentas, prescinde del atractivo turístico de los camellos y se internan a pie en el desierto al modo que en los libros de mi infancia relataban las sagradas escrituras.

El desierto contribuye a crear ese aura inmaterial que proporciona a las fotos un lenguaje poético. El Museo del Desierto, en el corazón de Shapotou, una construcción moderna, pero tan respetuosa con el entorno que parece la misma arena, amortigua el ruido ambiental que produce la superabundancia de disparos a la caída del sol. Y es justo al anochecer cuando las dunas empiezan a poblarse de gentes que esperan que la cúpula celeste se llene de lucecitas (están aseguradas 300 noches al año de cielo limpio) para seguir el camino de las estrellas.

Influencers, modelos y aspirantes a reinas de las fiestas que esperan que un selfi despierte el interés de un patrocinador de galletas sin gluten.
El espacio sobre el que Gengis Kan construyó su leyenda se ha convertido en el mejor “set” para que miles de jóvenes, a través del calambrazo de las redes sociales, se asomen al mundo para decir “hola”.

Paciencia del buda
El campo de fútbol de Lanshan Park, pertenece a la estela de lugares que celebran la puesta de sol como gran acontecimiento y el lugar idóneo para que una fotografía te instale en la inmortalidad.
Para ello hay que subir los trescientos escalones que te depositan en la cúspide. Hasta allí se encarama gente de todos los lugares mientras a los pies de las escalinatas esperan decenas de puestos de caramelos, bebidas y sobre todo muñecos de todas formas y colores tan queridos por los chinos, especialmente las jóvenes y que cuelgan en mochilas y bolsos.

La querencia por acumular fotos en cualquier lugar encuentra el paroxismo en los puntos turísticos por excelencia. El recorrido por la Gran Muralla conlleva salvar la doble barrera de teléfonos móviles intentando capturar el instante en que tu acompañante hace un gesto de victoria a riesgo de despeñarse. Conseguir un trozo de mural en las grutas de Mogao requiere la paciencia del Buda, por nombrar algunos de los destinos más solicitados.
La pasión de los chinos por tomarse fotos es equiparable a la curiosidad que le despierta el turista. Posan sonrientes y te piden que salgas con ellos para luego enseñar la foto a su tía, supongo.

Juego de Tronos por tres euros
El amor por la imagen va mucho más allá. Entre las diversiones más habituales se encuentran máquinas en las que por 29 yuanes, unos tres euros, puedes hacerte fotos como un protagonista de Juego de Tronos o una princesa medieval. Sin cambiarte la camisa ni las zapatillas. Eliges el personaje que deseas y en pocos segundos tienes la foto con la que presumir en la oficina.
En una sociedad altamente tecnologizada, donde pagar el tazón de noodles o alquilar una bicicleta se hace a través de una aplicación (se comprende que el alquiler de baterías sea un negocio próspero), todas las posibilidades que proporciona un teléfono son abrazadas de inmediato.
Una sociedad tecnologizada, altamente competitiva, cuyo horario oficial es de 9 a 17 horas, cinco días a la semana, donde los ancianos sienten que viven mejor, donde los jóvenes no quieren trabajar tanto como sus mayores, que no es muy consciente de ser una gran potencia mundial, pero que desde los Juegos Olímpicos de 2008 y la Expo de Shanghái en 2010 sienten que son importantes, me comenta el guía. Quizás por todo esto quieren salir en la foto.

María José Cavadas es periodista
Doctora en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid.
Formadora en Habilidades de Comunicación y Liderazgo.
Miembro de la Federación de Asociaciones de Periodistas de Turismo (Fijet)
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