InicioGastroNoticiasA 900 metros de altura, el secreto mejor guardado de la Ribera...
GASTROCRONICAS

A 900 metros de altura, el secreto mejor guardado de la Ribera del Duero se llama VDI

Bodega Gumiel de Izán, entre cepas centenarias y manos que eligen racimo a racimo, no produce vino: teje historias en botella. Cada añada —solo 7.252 unidades— es el resultado de una obsesión artesanal, viñedos prefiloxéricos y un compromiso con la tierra que trasciende lo enológico


 

En lo alto de la Ribera del Duero, donde el aire es más fino y el sol, más intenso, se alza un pueblo de apenas 600 habitantes coronado por un castillo medieval y rodeado por lo que muchos expertos consideran el mayor tesoro subterráneo de la Denominación: más de 90 parcelas de viñas viejas, algunas con más de un siglo de vida, plantadas en vaso sobre suelos de arena, arcilla y caliza, a 900 metros sobre el nivel del mar. Allí, en Gumiel de Izán, nace VDI Viñas Viejas de Gumiel de Izán, un proyecto que no aspira a ser masivo, sino memorable.

“Nosotros nos presentamos como el secreto más exclusivo de la Ribera del Duero”, afirma Juan Manuel Gallego García, alma mater de esta bodega familiar, cuya filosofía se resume en una premisa radical: vino de viticultor, no de enólogo. “No compramos uva. No intervenimos con químicos. Solo trabajamos con lo que nuestras cepas —algunas certificadas como de 98 años por el Consejo Regulador— nos regalan tras un año de paciencia, poda lunar y deshojado selectivo”.

Juan Manuel Gallego García asistió en Murcia, el pasado sábado, al almuerzo de la Asociación Gastronómica ‘Almorzamos Hoy?’ donde presento su vino, con una gran aceptación, hasta el punto de que los comensales adquirieron dos cajas para los próximos almuerzos.

Cada botella de VDI es, en esencia, un acto de resistencia frente a la industrialización del vino. La vendimia —siempre manual— se lleva a cabo entre los primeros días de octubre, tras una meticulosa selección cepas a cepa, línio a línio, en parcelas emblemáticas como Montecastrillo, Prado de las Mazas o la mítica Cabaña de La Aguilera. De más de 25 majuelos propios, solo se recogen los 5.148 kilos de fruto que cumplen con el estándar exigido: racimos pequeños, aireados, libres de estrés hídrico o enfermedad.





El resultado es una añada limitada —7.252 botellas y 228 magnum en 2022—, concebida no para competir en estantes, sino para ser contada. “Tu boca a boca será solo para este vino único”, reza la carta que acompaña cada caja, en un guiño poético a la escala humana del proyecto.

La cata: equilibrio, frescura y promesa de longevidad

El VDI 2022, calificado como añada excelente y galardonado con 94 puntos en la Guía Peñín, despliega una personalidad sorprendentemente atlántica para una zona conocida por sus tintos potentes. De color rojo granate, limpio y brillante, su nariz revela una franqueza inmediata: frutas rojas frescas —cereza, grosella— envueltas en una madera discreta, que “no quita personalidad al vino”, como subrayan sus creadores. En boca, la sorpresa es la frescura: taninos dóciles, casi golosos, una fruta compotada que no abruma y una textura sutil, sedosa, con una persistencia que promete una evolución armoniosa durante al menos una década.

Detrás de esa elegancia hay un proceso riguroso: 25 días de maceración, fermentación espontánea con levaduras autóctonas y 14 meses de crianza en barricas de roble francés y americano, cuidadosamente seleccionadas para no imponerse al carácter varietal del Tempranillo —aquí llamado Tinto Fino— en su expresión más pura.

Un calendario escrito por la naturaleza

La bodega no oculta los desafíos del campo: en 2022, un corrimiento natural durante el cuaje redujo la cosecha, pero, como suele ocurrir en la viña vieja, menos cantidad significó mayor concentración y calidad. “Así es la vida en la viña”, reconocen con serenidad. Y así también la interpretan: sin riego, sin herbicidas, con poda en seco y en verde realizada “una mano y otra mano”, como dicen en el pueblo.

Esa conexión con los ciclos agrícolas se refleja incluso en su comunicación: desde las fiestas de agosto —“mes cumbre en la agricultura”— hasta San Andrés, cuando “el mosto vino es”, VDI invita a sus seguidores a vivir el vino no como producto, sino como experiencia estacional, arraigada en el territorio y en el tiempo.

Más que una bodega: una comunidad de guardianes

Con presencia en redes como @vinosvdi y un sitio web (www.vinosvdi.com) que funciona como diario de bitácora vitivinícola, la bodega ha tejido una red de fieles —los “Amigos de VDI”— que no solo compran, sino que recomiendan, escriben y celebran cada nueva añada. Gracias a ese respaldo, VDI ha logrado lo que muchos consideran imposible para un proyecto pequeño: consolidarse en apenas cuatro años como referencia de calidad, con puntuaciones sostenidas (94–95 puntos Peñín entre 2019 y 2022) y el reconocimiento unánime de críticos y sumilleres.

Recientemente, la marca ha evolucionado visualmente —manteniendo la esencia de su primera etiqueta— para reflejar su madurez: ahora se presenta oficialmente como VDI Viñas Viejas de Gumiel de Izán, un nombre que honra su origen geográfico y su esencia: viejo, auténtico, irrepetible.

Cómo acceder al “secreto”

Dado su carácter limitado, las botellas no se distribuyen en grandes cadenas. El acceso es directo: mediante correo electrónico (vdi@vinosvdi.com), WhatsApp (609 088 480) o a través de su web. “Te lo enviamos a domicilio”, prometen, con el mismo cuidado con el que seleccionan cada racimo.

Porque, en definitiva, VDI no vende vino.

Ofrece una cita con la Ribera del Duero tal como era antes de que el mundo se acelerara: lenta, honesta, profundamente humana.

Nota: Las temperaturas de almacenamiento ideales son ≤18 °C, en lugar seco y oscuro. Una botella bien cuidada no solo envejece: madura con dignidad.








 


Lo más leido