La Hermandad San Juan Evangelista transformó una finca en templo de sencillez donde el nazareno no se midió por el paso que saca, sino por la cuchara que comparte

El humo de las brasas se elevó como incienso campestre mientras ochenta personas —entre adultos, niños y familias enteras— se reunieron el pasado sábado en una finca de Algezares para celebrar la Convivencia Nazarena de la Hermandad San Juan Evangelista, integrada en la Archicofradía del Resucitado de Murcia.

Lejos de los protocolos solemnes de la Semana Santa, aquel encuentro bajo el cielo abierto reveló la esencia más auténtica de la cofradía: no el peso de las andas, sino el calor de las manos que se unen para cocinar, servir y compartir.
Galería fotográfica de la comida de hermandad:
Desde las primeras horas de la mañana, la finca se transformó en cocina colectiva donde el ritual de la matanza —longanizas, morcillas, salchichas, tocino, pellejos y sobrasadas— dio paso a las migas caseras removidas en la sartén con el saber de quien entiende que el pan duro se convierte en oro cuando se comparte.

Las ensaladas frescas y el queso de la tierra prepararon el paladar para el clímax culinario: dos paellas humeantes —una de conejo cazado en los montes cercanos y otra de marisco traído del Mediterráneo— que los propios nazarenos elaboraron entre risas y consejos intergeneracionales.

Ni catering externo ni profesionales contratados: cada grano de arroz, cada trozo de conejo y cada mejillón se cocinó con las manos de quienes, semanas después, cargarán sobre sus hombros el paso de San Juan Evangelista por las calles de Murcia.
Los postres, igualmente caseros, cerraron la jornada con el dulzor de lo hecho en casa: bizcochos esponjosos, brownies de chocolate intenso, tartas de queso cremosas y las añoradas «tartas de la abuela» que evocan memorias de corrales y sobremesas interminables. El café de puchero, servido en tazas humeantes, selló un día donde el tiempo se detuvo para recordar que, más allá de las túnicas y los capirotes, la verdadera cofradía late en la complicidad de quienes eligen cocinar juntos.

Entre los asistentes se encontraban figuras relevantes del mundo cofrade murciano —Luis Alberto Marín, nazareno del año y Cabo de Andas del Lago Tiberiades; Elvira Mompeán, presidenta de la comisión episcopal de la Archicofradía; Diego Avilés, presidente de la cofradía del Perdón; Juan Sotomayor, cabo de Andas de la Ascensión; Luis Martínez, de la Virgen Gloriosa; y Almudena Martínez, Nazarena Mayor—, pero como bien señaló María Dolores Navarro, Cabo de Andas de San Juan Evangelista y nazarena de honor de este año, «más que destacar a los ‘famosillos’, lo que importa es la unidad: el buen hacer de todos, el que entre todos lo hacemos». Y así fue: desde Dolores Martínez, camarera de la hermandad, hasta el fotógrafo Vicente Vicens de La Verdad —quien acudió acompañado de su esposa, también nazarena—, cada uno aportó su grano de arena para tejer una jornada donde el protagonista no fue el individuo, sino el colectivo.

Porque en aquella finca de Algezares, bajo el sol invernal de la huerta, se demostró que la Semana Santa no se vive solo en procesión: también se cocina, se sirve y se degusta en la complicidad de una sobremesa donde el nazareno se reconoce no por el paso que saca, sino por la cuchara que ofrece al vecino. Y en ese gesto sencillo —en ese compartir sin protocolos— late el verdadero milagro de la Pascua: la resurrección cotidiana de la comunidad.


















































