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GASTROCRONICAS

Belluga se vistió de cielo: nieve, trompetas y «La Parranda» encendieron la Navidad murciana como nunca antes

Por primera vez en su historia, la plaza Cardenal Belluga —custodiada por la Catedral y el Palacio Episcopal— se convirtió en un teatro lírico al aire libre, donde el tenor Martín Savi, la Orquesta Sinfónica de la UCAM y una lluvia de copos inauguraron una Navidad monumental, simultánea en toda la ciudad y sus 54 pedanías


 

A las siete de la tarde, bajo un cielo que parecía contener la respiración, la Plaza Cardenal Belluga dejó de ser piedra y espacio para transformarse en emoción pura. Por primera vez en más de cinco siglos, el corazón simbólico de Murcia —ese espacio barroco donde confluyen poder civil, religioso y artístico— acogió el encendido oficial de la Navidad, convertido en un espectáculo sin precedentes: una fusión de arquitectura, música clásica, tecnología pirotécnica y tradición popular que elevó la celebración a rango de acontecimiento histórico.

Cientos de personas —familias con niños sobre hombros, abuelos con bufandas, jóvenes con móviles en alto— colmaron cada rincón del recinto. Sobre un escenario flanqueado por dos imponentes angelotes tridimensionales con trompetas y cuatro lámparas volumétricas isabelinas, el tenor argentino Martín Savi, voz ya consagrada en escenarios como el Vaticano, desplegó una paleta vocal que iba del bel canto al pop navideño, pasando por el tango y la zarzuela. A su lado, la Orquesta Sinfónica de la UCAM, bajo la batuta del maestro Ángel Luis Carrillo, elevó cada nota con una precisión casi mística.

El repertorio fue un puente entre continentes y generaciones: Noche de paz en versión coral, All I Want for Christmas con coros improvisados del público, O sole mio bajo el eco de las campanas catedralicias… Pero fue «La Parranda» —ese himno nacido de El barberillo de Lavapiés y adoptado por Murcia como propio— el momento culmen. Cuando Savi entonó «En la huerta del Segura, cuando ríe una huertana…», la plaza entera vibró. Y entonces, como si el cielo respondiera al canto, empezó a nevar. Copos suaves, cálidos pese al frío, cayeron sobre los rostros alzados, mientras los fuegos artificiales estallaban en arco desde el edificio Moneo.




Antes del desenlace, hubo complicidad: entre canciones, el alcalde José Ballesta subió al escenario para conversar con el tenor. Entre risas, Savi confesó: «Murcia no tiene nada que envidiar al Vaticano… ¡pero lo que más me gusta son las marineras, los caballitos y la gastronomía!». La plaza estalló en carcajadas. Después, Savi deslumbró con su registro de contratenor, interpretando un fragmento de La Traviata con una tesitura que borró toda noción de género, dejando al público boquiabierto.

Pero la magia no se quedó en el centro. Por primera vez, el encendido fue simultáneo en toda la ciudad y sus 54 pedanías, gracias a una red de 1.725 elementos luminosos —un 30 % más que en 2024—, entre los que destacan 759 arcos decorativos (veinte veces más que el año anterior) y estrellas 3D de cuatro metros en plazas como Santa Isabel, Europa o el entorno del Teatro Romea. En El Carmen, un cono programable de 20 metros proyectó secuencias dinámicas de luz y color, mientras la Plaza Circular ya se prepara para su gran cita del 28 de noviembre, con el encendido del Gran Árbol y una presencia de altura: Richard Gere, que visitará Murcia en misión solidaria con Hogar Sí.

Esta Navidad no es solo una estación: es una declaración de intenciones urbanas y culturales. Murcia ha demostrado que puede conjugar monumentalidad y cercanía, tradición y vanguardia, universalidad y arraigo. Y lo hizo no con un simple botón, sino con una nota musical, un copo de nieve… y el eco de una parranda que, por un instante, hizo que toda la vega murciana —literalmente— resplandeciera.

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