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GASTROCRONICAS

Cuando el tiempo se dobló: Zarandona revivió el sabor de Mursiya en una tarde de humo, miel y memoria

Bajo los muros de La Casa de la Luz, medio centenar de murcianos ataviados con sayas y jubones brindaron con vino de la tierra por Jaime I mientras los keftedes de puerro evocaban el aroma de los fogones andalusíes del siglo XIII


 

El medio sol de domingo acariciaba los históricos muros de La Casa de la Luz cuando, poco antes de las tres de la tarde, las primeras siluetas comenzaron a desfilar por el camino de entrada. Sayas bordadas, jubones de terciopelo, capas de lana gruesa y tocados medievales ondeaban al viento como si el tiempo mismo hubiera decidido hacer una pausa. Más de cincuenta comensales —la mayoría vestidos con esmero de época— se reunieron aquel 1 de febrero en el corazón de Zarandona para celebrar no uno, sino dos aniversarios entrelazados: los 1.200 años de la fundación de Madinat Mursiya y los 760 de su reconquista definitiva, en una jornada que coincidía simbólicamente con el onomástico de Jaime I el Conquistador.

LasGastrocronicas.com asistió al evento para realizar esta amplísima galería fotográfica:

Bajo la dirección de la catedrática María Trinidad Herrero Ezquerro, artífice de esta ceremonia laica y gastronómica, el jardín de la antigua fábrica de seda se transformó en un patio andalusí donde el aire se impregnó del perfume del comino tostando en las sartenes y la miel cociendo en los fogones. Entre los rostros que poblaron las mesas, destacó la presencia del empresario Tomás Fuertes, o la catedrática Cristina Gutiérrez Cortines, o el ex presidente de la CROEM, Tomás Zamora, quienes compartieron tertulia con historiadores, periodístas gastronómicos, vecinos de Zarandona y familias enteras que habían convertido aquel almuerzo en un acto de devoción por la memoria colectiva.

El banquete comenzó con un aperitivo que ya anunciaba el diálogo de culturas: palitos de berenjena rebozados con miel—herencia árabe— junto a hummus de garbanzos con palitos de harina, mini pinchos de gallina marinados en comino, ajo y cilantro, albóndigas de ave y especias, keftedes de prasa y tosta de boquerones en vinagre. Cada bocado era una puerta abierta al crisol que fue Mursiya: cristiana, musulmana y judía a la vez.





Diez mesas, diez mundos. Cada una portaba el nombre de un pilar histórico y, durante el transcurso de la comida, un representante de cada grupo se levantó para dar lectura a su temática con voz pausada y solemnidad compartida. Desde la Corona de Castilla hasta la Corona de Aragón; desde Violante de Aragón, Reina de Castilla hasta Alfonso X El Sabio; desde Jaime I, El Conquistador hasta la Reconquista de Mursiya (1243 y 1266); desde El arte en Mursiya hasta las Religiones en Mursiya, el Scriptorium Alfonsí y la Gastronomía Medieval. Las palabras tejieron un tapiz sonoro mientras los comensales degustaban el menú principal: aceitunas aliñadas, ajos macerados y cebollitas al centro; qamarun —camarones fritos con comino, cilantro y pimienta—; al-kusk (cuscús) con zirbaya de ternera; ensalada sefardí especial; berenjenas aliñadas en timbal y, como plato estrella, un milhoja de cabrito lacado en miel con judías verdes y calabacín que derretía en la boca como un susurro de los banquetes reales.

El postre selló el viaje en el tiempo: torrija rellena de crema con miel, salsa de arrope e higos secos, un dulce que trasciende siglos y fronteras. Mientras el vino tinto y blanco de la tierra circulaba entre las copas, las conversaciones fluían entre risas y reflexiones. «Esto no es nostalgia —había explicado Herrero antes de comenzar—, es memoria activa. Mursiya no fue solo conquistada: fue reconstruida con aportes de tres culturas». Y en cada gesto, en cada bocado compartido, aquella síntesis compleja cobraba vida.

Al concluir el almuerzo, cuando los últimos sorbos de café humeaban en las tazas, todos los asistentes se congregaron frente al muro principal del comedor de La Casa de la Luz. Sayas y jubones se entremezclaron en una gran foto de familia bajo el sol invernal, un instante congelado donde el siglo XIII y el XXVI se dieron la mano sin artificios. No hubo discursos grandilocuentes ni ceremonias protocolarias: solo el eco de las copas chocando, el murmullo de las historias contadas y el sabor persistente de la miel en los labios.

Porque aquella tarde en Zarandona no se recreó el pasado: se habitó. Y al hacerlo, Murcia recordó que su identidad no es un monumento de piedra, sino un banquete siempre en curso donde cada generación añade un nuevo ingrediente a la receta ancestral. Con humo, con especias, con memoria. Y con miel. Siempre con miel.









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