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GASTROCRONICAS

Cuando el vapor cuenta historia: Cartagena bebe su memoria en taza de cristal

Las III Jornadas del Café Asiático agotan entradas en horas y transforman el humilde brebaje en puente entre refugios de guerra, baristas y la identidad de una ciudad que sabe que su alma también se sirve caliente


 

El vapor ascendió como fantasma benévolo desde las tazas de cristal mientras los primeros asistentes descendían por los pasadizos del Museo Refugio de la Guerra Civil, donde el eco de los bombardeos se mezclaba con el aroma a café recién colado. Las III Jornadas del Café Asiático Cartagenero, organizadas por Hostecar, no solo agotaron sus localidades en cuestión de horas —confirmando su estatus como fenómeno cultural imparable—, sino que reafirmaron que en esta ciudad portuaria, beber un asiático trasciende lo meramente gastronómico: es un acto de memoria colectiva servido en cristal caliente.

En apenas tres ediciones, más de trescientos murcianos y visitantes han transitado por esta experiencia que fusiona historia, técnica y ritual. Porque el café asiático —ese brebaje espeso donde el agua hirviendo se vierte sobre granos molidos en una taza de cristal, sin filtro ni prisa— no es solo una bebida: es el latido de una ciudad que aprendió a saborear la vida en los momentos más duros.







Nacido en los años cuarenta como respuesta creativa a la escasez de cafeteras durante el racionamiento de posguerra, el asiático se convirtió en símbolo de resistencia cotidiana, en ese pequeño lujo que las familias cartageneras se permitían incluso cuando el pan escaseaba.  

Los cuatro sábados de febrero —7, 14, 21 y 28 (aún quedan dos por celebrarse)— se han transformado en peregrinaje laico donde los participantes recorren primero los túneles del refugio antiaéreo, escuchando cómo el estruendo de las bombas dio paso al silencio reconfortante de una taza compartida. Posteriormente, en el espacio CafeLab, baristas profesionales desgranan los secretos de una elaboración aparentemente sencilla pero profundamente ritual: la molienda precisa, la temperatura exacta del agua, el momento justo de servir para que el poso se asiente sin amargor. Cada sorbo se convierte entonces en homenaje a quienes, décadas atrás, encontraron en ese gesto simple una forma de dignidad.

Ante la avalancha de demanda que dejó a decenas de interesados sin plaza, Hostecar anunció una acción de gratitud ciudadana: el martes 3 de febrero, en la Plaza del Icue, voluntarios repartieron tazas gratuitas de asiático a transeúntes y turistas, convirtiendo el espacio público en improvisado salón de degustación donde abuelos explicaban a nietos el origen de aquella costumbre y forasteros descubrían que en Cartagena hasta el café cuenta batallas ganadas.

El éxito rotundo ha impulsado a la organización a plantear ya las IV Jornadas antes de que concluya 2026, demostrando que el interés por esta tradición no es nostalgia, sino reivindicación activa. Porque en una era de cápsulas y cafés de autor, Cartagena resiste con su taza de cristal, su poso en el fondo y su historia en cada sorbo. Y mientras el vapor se eleva hacia el cielo de la huerta, la ciudad recuerda que algunas identidades no se proclaman a gritos: se beben despacio, con los ojos cerrados y el corazón en vela. Porque el mejor café, como la mejor memoria, siempre sabe a hogar.









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