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GASTROCRONICAS

El aroma del adiós en San Andrés: baja la persiana el obrador histórico de la calle Mariano Girada

Tras casi medio siglo alimentando la rutina vecinal, la panadería San José, en el local que antaño respondía al nombre de “Carlos”, pone fin a su actividad con una nota manuscrita en el cristal que ha activado la nostalgia colectiva del barrio


 

Un emblemático comercio de proximidad ha dejado de prestar servicio en el distrito de San Andrés. La Panadería Confitería San José, situada en la vía denominada actualmente Mariano Girada (conocida en el pasado como Calle Cadenas), ha concluido su trayectoria comercial tras aproximadamente cuarenta y cinco años de funcionamiento continuo. El motivo de la clausura responde a la jubilación de su titular, un desenlace que se ha hecho público mediante una esquela improvisada en el escaparate, difundida rápidamente por el vecindario, según ha recogido La Opinión de Murcia.

No obstante, la historia del negocio se remonta a los años 60, cuando abrió sus puertas bajo la denominación Panadería-Confitería Carlos. Su impulsor, Carlos Martínez Robles, pertenecía a un linaje estrechamente vinculado al sector del pan y la repostería en la capital; de hecho, sus allegados regentaron otros establecimientos de renombre como la Panadería Félix en la calle Mariano Vergara o El Horno de la Fuensanta, próximo a la catedral. La gestión diaria del mostrador corrió a cargo de Andrés Hernández Torrente durante más de cuatro décadas, hasta que alcanzó la edad de retiro. Con el devenir de los años, la enseña adoptó el nombre actual de San José, con una nueva gerencia.

La comunicación del cierre no ha utilizado plataformas digitales ni notas institucionales. En su lugar, los empleados colocaron un texto manuscrito en el vidrio que ha circulado de boca en boca por la zona. En él, se hace un repaso sentimental a medio siglo de convivencia con la clientela: la venta de roscones en enero, la elaboración de miles de panecillos nazarenos para la Cuaresma, la cotidianidad de las mañanas y la permanencia del local incluso durante los meses más restrictivos de la pandemia. “Hemos acompañado el crecimiento de generaciones enteras; quienes ayer eran niños hoy regresan con sus propios descendientes”, señala el mensaje.







Lejos de funcionar únicamente como un punto de venta de harinas y dulces, el local operó como un nexo social, un espacio donde el saludo cotidiano y el “mismo pedido de siempre” consolidaban lazos de confianza. El plantel ha aprovechado la ocasión para homenajear al empresario, agradeciéndole haber dirigido lo que califican como una “familia de obradores” con profunda dedicación. Aunque la sede de la calle Mariano Girada cierra sus puertas, el escrito asegura que los vivencias permanecerán intactas y que el contacto con la comunidad se trasladará a la vida diaria de las aceras adyacentes.

Cabe precisar que la marca San José mantiene su actividad en una segunda dirección, concretamente en el número 51 de la avenida de El Palmar, donde la clientela habitual podrá continuar adquiriendo sus productos de confianza. No obstante, la desaparición de esta otra sede representa la pérdida de un fragmento irrepetible del patrimonio inmaterial de San Andrés, muy cerca de la calle San Nicolás y la Calle Sagasta. Como bien apuntan los crónicos del lugar, se trata de ese tipo de negocios de barrio que, una vez apagadas sus vitrinas, dejan un hueco que la modernidad no logra rellenar.

Del amasado a la bolsa de tela: el legado artesanal de la antigua Carlos

Durante los primeros años de la década de 1960, el obrador operaba ya como un referente en el tramo final de la calle Mariano Girada, en la confluencia con el inicio de la vía Sagasta y junto a la farmacia de la familia Juan.

Según el testimonio de un antiguo cliente, recogido en el grupo de Facebook ‘La Murcia de los 60 y 70‘, el local funcionaba entonces como un escaparate de maestría manual: a través del vidrio, los transeúntes observaban cómo el titular trabajaba la masa a pulso con una destreza notable, introduciendo en el horno piezas sueltas —barras, monas o colines— con una celeridad que contrastaba con el ritmo pausado del entorno.

Aquel ritual cotidiano dejaba una estela inconfundible de miga caliente y corteza tostada, un aroma que se convirtió en el sello identitario del barrio.

En aquella época, la compra del pan conservaba un carácter casi doméstico; los escolares acudían al regreso de las clases con sacos de lino para recoger el producto recién horneado, sin que existiera rastro alguno de la cadena de frío, una práctica entonces considerada inadmisible y hoy generalizada.

El pan, envuelto en papel de estraza y transportado en tejidos reutilizables, mantenía su textura y sabor incluso al día siguiente, cuando se consumía tostado.

Para muchos residentes, aquella dinámica no solo reflejaba un modelo de alimentación más natural y respetuoso con el entorno, sino también una ruptura frente a los procesos industriales actuales, cuyas lógicas de producción y comercialización resultan, a ojos de la tradición local, cada vez más alejadas de la esencia del oficio.

Adiós a la panadería San José, como antes dijimos adiós a la panadería Carlos.

Son otros tiempos…








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