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GASTROCRONICAS

El carrito de la compra desbanca a la mesa del bar: Mercadona alimenta a Murcia con el 20% de lo que se come

Mientras los bares de la huerta y el litoral luchan por mantener el ritual del tapeo, la cadena valenciana teje una red de 32 establecimientos que redefine los hábitos alimentarios en la Región


 

La Región de Murcia ha sucumbido a una revolución silenciosa que transcurre entre los pasillos de los supermercados. Según el último informe de Worldpanel by Numerator, presentado en febrero de 2026, Mercadona —la cadena valenciana presidida por Juan Roig— concentra ya el 19,7% del consumo total de alimentos y bebidas en España, superando con holgura la suma combinada de bares, cafeterías y terrazas (11,2%) y restaurantes independientes (8,6%).

En tierras murcianas, donde el tapeo y el menú del día forman parte del ADN social, este dato adquiere un matiz particular: los 32 establecimientos de la cadena distribuidos por la capital, el litoral y el interior —desde Cartagena hasta Yecla, pasando por Molina de Segura o San Javier— han convertido el carrito de la compra en el nuevo epicentro gastronómico regional.

El fenómeno no responde únicamente a la inflación, sino a una transformación cultural profunda. Mientras un menú del día en un bar murciano ronda los 14-16 euros, una comida completa basada en los platos preparados de la sección «Listo para Llevar» de Mercadona —arroces al horno, lentejas, fideuà o pollo asado— permite alimentarse por menos de 6 euros.

Pero el verdadero giro reside en cómo estos productos ya no están destinados exclusivamente al hogar: el 22% de las ventas de platos preparados se consume fuera de casa, en oficinas, parques o incluso en el coche, erosionando el territorio tradicional de la hostelería.







«Mercadona prácticamente supone el 20% de lo que comemos en España, mientras que en segundo lugar estaría el bar de toda la vida», explica Bernardo Rodilla, director de Worldpanel by Numerator, en un diagnóstico que resuena con fuerza en las calles de Murcia, donde el rito del vermú dominical compite ahora con la comodidad de un táper adquirido minutos antes en el supermercado de la esquina.

La estrategia de la cadena valenciana en la Región se ha cimentado en tres pilares adaptados al paladar local. Primero, las «grandes cestas»: compras voluminosas que integran desde el pescado fresco de Cabo de Palos hasta los productos de la huerta murciana, captando clientes que antes dividían sus compras entre varios comercios.

Segundo, la apuesta decidida por la panadería y bollería artesanal, con referencias como el pan de pueblo o las ensaimadas que dialogan con la tradición repostera de la tierra. Y tercero, la expansión imparable de los platos preparados, donde versiones murcianas de michirones, arroz con conejo o salmorejo compiten en precio y conveniencia con las cartas de los bares del centro histórico.

Este dominio no ha llegado sin resistencia. La patronal hostelera murciana alerta de que, si bien el menú del día ha contenido sus subidas (1,5% interanual, por debajo del IPC), la brecha económica es insalvable para muchos trabajadores que destinan hasta 300 euros mensuales a comer fuera de casa.

Frente a ello, Mercadona ofrece no solo ahorro, sino control: planificación semanal, ausencia de colas en horas punta y la posibilidad de llevarse el café recién hecho en una máquina instalada junto a la caja. En municipios como Alcantarilla o Los Alcázares, donde la hostelería vive del turismo estacional, la cadena ha capitalizado la demanda de residentes que priorizan la estabilidad presupuestaria sobre la experiencia social del restaurante.

Con una cuota de mercado del 27% a nivel nacional —casi cuatro veces superior a su competidor más cercano—, Mercadona ha redefinido los límites entre distribución y restauración.

En Murcia, esta transformación se palpa en los aparcamientos abarrotados de sus tiendas los viernes por la tarde, cuando familias enteras abastecen sus neveras para el fin de semana, o en los jóvenes que salen del trabajo con una bolsa de tuppers en lugar de dirigirse al bar de siempre. La frontera entre el lineal y la mesa se ha difuminado, y aunque los bares murcianos conservan su alma —ese calor humano que ninguna cadena puede emular—, el dato es contundente: hoy, en la Región de Murcia, quien más bocados reparte no es el camarero del rincón, sino el carrito de plástico verde que cruza los pasillos de un supermercado valenciano.









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