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GASTROCRONICAS

El eco de la bola de madera: doce equipos tejen la memoria viva de la huerta en el primer Campeonato de Caliche del año

Bajo el patrocinio del 175 aniversario del Bando de la Huerta, la Federación de Peñas Huertanas convierte cada lanzamiento en un acto de resistencia cultural frente al olvido


 

El crujido de la madera al impactar contra los caliches resonó como un latido ancestral en los campos de juego murcianos cuando, el pasado 17 de enero, doce equipos representantes de nueve peñas huertanas federadas iniciaron el primer Campeonato de Caliche del año 2026. Organizado por la Federación de Peñas Huertanas de la Región de Murcia, este certamen —que se desarrollará a lo largo de diez jornadas entre enero y marzo— trasciende lo meramente competitivo para erigirse en ritual colectivo donde cada lanzamiento de bola de madera es, en esencia, un acto de memoria.

Más que un juego de precisión heredado de siglos pasados —donde los participantes lanzan bolas de madera para derribar palos dispuestos en formación triangular—, el caliche se convierte en Santa Eulalia, El Limonar, La Alberca y otros enclaves huertanos en pretexto para tejer comunidad. En cada jornada, las risas de jóvenes y mayores se entremezclan con el murmullo de consejos entre veteranos que enseñan a niños el ángulo perfecto del lanzamiento; las mantas sobre el suelo se cubren de migas de pan, longaniza y botellas de Estrella de Levante; y las conversaciones fluyen entre quienes, bajo el sol invernal, comparten no solo una partida, sino la certeza de que algunas tradiciones merecen ser defendidas con las manos callosas y el corazón firme.





El calendario competitivo, estructurado en jornadas los fines de semana hasta el 22 de marzo, enfrenta a equipos de peñas como El Limonar (con dos equipos), La Esparteña (con tres formaciones distintas), El Mortero, El Almirez, El Tablacho, La Rana, Esparteña-Caliche, Ciazo-San Isidro y otras, en un torneo que culminará con la entrega de premios en un acto que promete ser tanto festivo como emotivo. Pero, como subraya la organización, «este campeonato no solo pone en valor un juego tradicional profundamente arraigado en la huerta murciana, sino que promueve la convivencia, el compañerismo y el intercambio de actividades costumbristas entre los participantes».

Bajo el paraguas del 175 aniversario del Bando de la Huerta —celebración que este año adquiere especial relevancia histórica—, el certamen recibe el respaldo institucional del Ayuntamiento de Murcia y el Gobierno regional, además de empresas comprometidas con el patrimonio inmaterial como Estrella de Levante, KM. M. Gallego, el Rincón Huertano de Murcia y el Restaurante Airemar. Un apoyo que refuerza el mensaje central de la Federación: «Animamos a visitar, conocer y acompañar esta actividad que contribuye a mantener vivas nuestras tradiciones —nuestras señas de identidad— y a fortalecer los lazos de entendimiento y amistad entre hombres y mujeres, desde los más jóvenes, de las peñas huertanas federadas».

Porque en una época donde lo efímero domina las agendas, el caliche resiste como metáfora de lo perdurable: no requiere pantallas ni conexión a internet; solo una bola bien tallada, unos caliches firmes clavados en tierra y la voluntad de quienes entienden que preservar una tradición no es musealizarla, sino vivirla. Cada sábado y domingo, mientras las bolas surcan el aire y los palos caen con un sonido seco y satisfactorio, Murcia recuerda que su alma no está solo en los monumentos o los documentos, sino en el gesto repetido de generación en generación: el lanzamiento certero que, más que derribar madera, sostiene en pie la memoria colectiva.

Y cuando en marzo se entreguen los trofeos, el verdadero premio ya habrá sido otorgado: la certeza de que, mientras haya quien esté dispuesto a agacharse, tomar la bola con ambas manos y lanzar con fuerza y puntería, la huerta murciana seguirá viva. No en los libros de historia, sino en el eco de cada impacto, en el polvo levantado por los pies descalzos y en la sonrisa de un niño que, por primera vez, logra derribar todos los caliches de un solo tiro. Porque algunas victorias no se miden en puntos, sino en continuidad. Y el caliche, como la huerta que lo vio nacer, sabe de paciencia, de raíces y de renacer cada primavera.









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