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GASTROCRONICAS

El último camarero apaga la luz: Mientras en Murcia cierran 300 bares al año, los robots ya sirven café por 70 céntimos

La Región pierde empleo hostelero a ritmo del 4,4% anual mientras la inteligencia artificial redefine el concepto de «servicio» en restaurantes chinos y aeropuertos españoles


Mientras en Hangzhou un robot escanea la lengua de los comensales para recomendarles fideos según su complexión y el ciclo solar, en las calles de Murcia los cierres de bares se acumulan como platos sin lavar.

La Región de Murcia registró en 2025 una caída del 4,4% en la contratación del sector hostelero —la tercera mayor del país—, con apenas 78.639 firmas frente a las 79.400 del año anterior. Casi 300 establecimientos echaron el cierre en 2022 según la Unión de Profesionales y Trabajadores Autónomos (UPTA), y desde 2019 la comunidad ha perdido 4.300 trabajadores en un sector que antes constituía el pulmón económico de municipios costeros y del interior. Frente a esta hemorragia humana, la hostelería global avanza hacia un futuro donde los camareros de carne y hueso podrían convertirse en piezas de museo etnográfico.

El contraste es abismal. En el aeropuerto de Madrid-Barajas, el restaurante SELF —desarrollado por la multinacional española Áreas— opera ya con inteligencia artificial gestionando pedidos, cocina y servicio sin intervención humana continua. En China, el primer restaurante robotizado de Hangzhou funciona con apenas diez autómatas que saltean, hierven fideos, preparan café por 70 céntimos y helados por 40, todo ello tras un diagnóstico facial que determina el menú ideal para cada cliente.

Mientras, en Murcia, donde más del 30% de los empleados hosteleros son extranjeros que sostienen con su trabajo la economía local, los dueños de bares luchan por mantener abiertas sus puertas ante el encarecimiento de materias primas, el alquiler y la competencia de los supermercados, que ya venden el 20% de lo que se come en España.

José Manuel Antelo, miembro del grupo de Whatsap ‘La Ciencia en tu negocio’, sintetiza el dilema con palabras que resuenan como epitafio: «No estoy en contra de los robots ni de la tecnología —al contrario, la uso todos los días y sé que puede ayudar muchísimo—. Pero la gastronomía es otra cosa. Cocinar no es solo producir comida rápido y barato; es historia, cultura, memoria, manos que sienten y corazón que se entrega. Cuando todo se vuelve automático, eficiente y sin rostro, algo se pierde».

Su reflexión adquiere dramatismo en una región donde el tapeo y el vermú forman parte del ADN social, y donde establecimientos emblemáticos como La Parranda, templo de la cocina murciana en la plaza de San Juan, o más recientemente, El Calcetín, en la carretera de Churra, han cerrado sus puertas en los últimos meses.







El sector español anticipa que para 2024 el 5% de los restaurantes estarían totalmente automatizados, una cifra que hoy se materializa en conceptos híbridos: robots camareros como Hiobot —presentado en la feria HIP 2026— que transportan platos con inteligencia artificial, o máquinas expendedoras de pizza recién hecha como las de Ole Pizza.

Pero mientras en Madrid y Valencia se experimenta con estas tecnologías, en Murcia la crisis se vive en primera persona: el empleo turístico cayó un 4,4% al cierre de 2025 hasta situarse en 56.124 ocupados, y la atomización del sector —donde predominan pymes independientes que gestionan un único establecimiento— dificulta la inversión en innovación que sí pueden permitirse las grandes cadenas.

El informe de Delectatech revela una paradoja nacional: los españoles mantuvieron estables sus ocasiones de consumo fuera del hogar en 2025, pero ajustaron el gasto, priorizando modelos de fast food y coffee & bakery frente a bares tradicionales de cañas y tapas.

En Murcia, donde el menú del día ronda los 15 euros mientras un plato preparado de Mercadona cuesta 4,50, la ecuación es implacable. Los robots no son la causa del declive hostelero, sino su síntoma más visible: cuando el margen de beneficio se estrecha hasta el punto de que contratar a un camarero resulta menos rentable que adquirir un autómata, la humanidad se convierte en un lujo que pocos pueden permitirse.

Mientras tanto, en los pasillos de HIP 2026 en Madrid, los fabricantes de robots exhiben sus creaciones con el entusiasmo de quienes ven el futuro. Pero en una taberna murciana de la calle Trapería, un camarero de sesenta años limpia el mostrador por última vez antes de cerrar. No hay robot que pueda replicar el gesto con el que sirve una caña perfecta, ni algoritmo que calcule la dosis exacta de consejo que acompaña al último trago de la noche. Quizá por eso, cuando las luces se apaguen definitivamente, no será la tecnología la que haya vencido, sino la incapacidad de una sociedad para valorar lo que, hasta ahora, daba por sentado: que algunas cosas solo pueden hacerse con manos humanas.









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