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GASTROCRONICAS

El último susurro de las tablas: Cuando el telón se convirtió en memoria

Alquibla Teatro despidió cuatro décadas de pasión escénica en el Romea con una obra que no cerraba un ciclo, sino que sembraba eternidad


Aquella noche de sábado, 28 de febrero de 2026, el aire del Teatro Romea parecía contener el aliento. No era una función cualquiera: las butacas, testigos mudos de tantas historias, albergaban ahora el peso de cuarenta años de trayectoria. Alquibla Teatro, la compañía que había nacido en Murcia en 1984 de las manos soñadoras de Esperanza Clares y Antonio Saura, ofrecía su postrera representación.

La obra elegida para tan significativo epílogo fue Lo más hermoso todavía, texto escrito por Alba Saura Clares que cerraba la Trilogía del Camino y que, como un espejo cómplice, reflejaba la esencia misma de quienes la interpretaban por última vez.

LasGastrocronicas.com asistió a la función de despedida de Alquibla para realizar esta galería fotográfica:

La trayectoria que culminaba aquella jornada había comenzado décadas atrás, cuando dos jóvenes recién formados en la Escuela de Arte Dramático decidieron que la mejor manera de aprender el oficio era contemplándolo desde la platea.

El Romea, entonces cerrado por reformas, se convirtió en su horizonte simbólico; cada compañía que veían actuar alimentaba su promesa silenciosa. Cuatro años después, cuando el coliseo murciano reabrió sus puertas, Alquibla pudo por fin subir a aquel escenario que tanto habían anhelado. No fue vanidad lo que les movía, sino la certeza de que su proyecto había dejado de ser un deseo para convertirse en realidad tangible.

Los primeros años trajeron aprendizajes fundamentales. Comprendieron, tras cometer el error de separar lo creativo de lo empresarial, que ambas dimensiones debían respirar al unísono. Ese entendimiento propició el salto cualitativo con El sueño de una noche de verano, montaje que transformó el bosque shakesperiano en una playa mediterránea y que conquistó al público de toda España. A partir de entonces, su voz escénica se definió: un teatro de emoción anclado en la pulsión del Mediterráneo, nunca localista, siempre universal en su calidez.

A lo largo de cuatro décadas, la compañía navegó entre presupuestos ajustados y ayudas públicas escasas, manteniendo siempre una convicción inquebrantable: la estética prevalecería sobre lo mercantil. Como solía señalar Esperanza Clares, invertían cien y recibían veinte, pero jamás renunciaron a la integridad artística. Esa filosofía les permitió acumular cerca de un millón de espectadores y construir un legado que trascendía las cifras. En 2010, en medio de la crisis económica que vaciaba las arcas culturales, nació La casa de Bernarda Alba, producción que, paradójicamente, les salvó la vida al impulsar sus giras por todo el territorio nacional.

El núcleo familiar se consolidó en 2013 con la incorporación de Alba Saura Clares, hija de los fundadores, doctora en Artes y Humanidades y dramaturga. Desde entonces, las decisiones artísticas se tomaron entre tres, en un equilibrio de pasiones y debates que, según confesaba Antonio Saura con una sonrisa, eran «a muerte». Fue ese trío el que, refugiado en una casa rural durante el confinamiento de 2020, fraguó el proyecto final: la Trilogía del Camino. Tres textos escritos por Alba que exploraban la incertidumbre, la migración y el legado, asumidos como un riesgo calculado donde el deseo de crear pesaba más que cualquier consideración económica.

La noche del estreno de Lo más hermoso todavía, en agosto de 2024 en el Festival de San Javier, ya contenía el germen de la despedida. La obra comenzaba con la muerte de Isabel, personaje interpretado por Esperanza Clares, y aquella escena provocó en la propia Alba un llanto liberador: sabía que estaba escribiendo el final de una era. La trilogía, en realidad, constituía un recorrido por la historia reciente de España, filtrado a través de la mirada de una reportera gráfica que elegía el arte como forma de vida. Alba, al crear a su protagonista, también se había pensado a sí misma, heredera natural de un talento que ahora devolvía a las tablas con madurez y profundidad.







Cuando las luces del Romea se atenuaron aquella noche de febrero, no hubo dramatismo innecesario ni discursos grandilocuentes. La compañía, fiel a su estilo, dejó que la obra hablara por sí misma. Al caer el telón —metafórico, pues Alquibla jamás había utilizado uno real—, el silencio inicial dio paso a una ovación que no celebraba solo una función, sino cuarenta y dos años de coherencia, riesgo y belleza. Entre el público se mezclaban generaciones: quienes habían visto sus primeros montajes en los años ochenta, quienes descubrieron su teatro en giras nacionales, y quienes, más jóvenes, acudían a despedir a quienes habían sido referentes insustituibles.

Al día siguiente, la vida continuaba. Alquibla Teatro cerraba su etapa como compañía productora, pero no desaparecía: la Escuela de Teatro que habían fundado seguía activa, formando a nuevas generaciones de intérpretes y técnicos. Esperanza Clares lo expresó con claridad meridiana: «La compañía se cierra, pero la escuela sigue funcionando». No era un consuelo, sino la continuación lógica de una misión educativa que siempre había formado parte de su ADN. Actores y actrices que habían pasado por sus producciones ahora desarrollaban trayectorias propias, llevando consigo el sello de excelencia y compromiso que caracterizaba a sus mentores.

El teatro murciano perdía así a su compañía de referencia, pero ganaba a dos maestros que, por fin, podrían dedicarse a transmitir su sabiduría sin la presión de la producción constante. Antonio Saura y Esperanza Clares, aquella pareja que aprendió teatro desde las butacas y lo ejerció con la misma convicción del primer día, dejaban un legado eterno: la demostración de que, sin riesgo, no hay teatro; y sin teatro, no hay forma de habitar un mundo que merezca la pena.

Mientras el Romea recuperaba su silencio habitual, alguien en la platea murmuró la frase que daba título a la obra: «Lo más hermoso todavía». Y era cierto. Porque lo más hermoso no había sido lo que acababa de concluir, sino lo que, a partir de entonces, florecería en cada alumno formado en su escuela, en cada espectador que recordara sus funciones, en cada nueva compañía que, inspirada por su ejemplo, se atreviera a soñar con las tablas. El telón había bajado, pero la luz, esa que Alquibla había encendido cuatro décadas atrás, permanecía viva, proyectándose hacia un futuro que, sin duda, sería también hermoso.









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