Una comida en el restaurante La Terraza y un recorrido por las cuevas de Zaén y los campos de lavandín convirtieron una calurosa jornada de julio en una celebración de la gastronomía, el paisaje y la buena compañía
Por Desiderio Guerra
A veces, una indicación poco precisa del GPS sirve para retrasar ligeramente un encuentro y aumentar, sin pretenderlo, las ganas de que este comience. Así ocurrió el jueves 9 de julio, cuando, después de una espera no demasiado larga, nuestros amigos Eli, Mari José, Rafa y Juan llegaron finalmente a El Sabinar. Enrique y yo los aguardábamos en el restaurante La Terraza, dispuestos a compartir una de esas jornadas que comienzan alrededor de una mesa y terminan ocupando un lugar privilegiado en la memoria.
Situada en esta población del noroeste de la Región de Murcia, muy cerca del límite con Albacete, La Terraza es uno de esos establecimientos que forman parte de la vida cotidiana de un territorio. Por sus mesas pasan vecinos, trabajadores, aficionados a la caza, grupos de ciclistas y motoristas, senderistas y viajeros que conocen el valor de detenerse allí donde la cocina conserva todavía el carácter del paisaje.
Una mesa con sabor a territorio
Nos recibió el nuevo equipo del restaurante, encargado de mantener viva una casa bien conocida por quienes frecuentan la zona. También nos acompañó Maravillas, quien, aunque ya se ha jubilado, continúa dejándose ver por el establecimiento y conserva esa cercanía que convierte un restaurante en algo más que un lugar donde comer.

La comida comenzó con una sucesión de entrantes sencillos y reconocibles: jamón, queso, ensalada y queso frito. Platos para compartir, abrir el apetito y prolongar una conversación que ya había empezado antes incluso de sentarnos.
Después llegó el verdadero protagonista de la mesa: un espléndido asado de cordero segureño, acompañado por una generosa fuente de patatas y pimientos. El plato impresionaba por su abundancia, pero convencía, sobre todo, por su sabor. El cordero, tierno y sabroso, hacía honor a la tradición ganadera de estas tierras. Merecen una mención especial las patatas, impregnadas de los jugos del asado, con una textura delicada y un sabor capaz de competir, sin complejos, con la propia carne.
Agua, cerveza y el vino Juan Gil acompañaron el festín. Como cierre, llegó uno de los grandes aciertos de la casa: un magnífico flan de chocolate, cremoso y equilibrado, que puso el punto dulce a una comida abundante, honesta y profundamente ligada al lugar.

Pero ninguna mesa se recuerda únicamente por lo que contienen los platos. Durante la sobremesa hablamos de cine, de arte y, como no podía ser de otra manera, de San Bartolomé, patrón de El Sabinar. Sus fiestas, celebradas en la segunda mitad de agosto, reúnen cada año a una población que parece recuperar una juventud inagotable alrededor de sus conocidos encierros de vaquillas y toros.

Terminada la comida, llegó el momento de la fotografía de grupo. El equipo del restaurante se reunió con nosotros para dejar constancia de un encuentro que ya había superado lo puramente gastronómico.

Las cuevas de Zaén y la memoria de la Vía Láctea
El calor era intenso. Poco puede añadirse sobre este verano que no hayamos sentido ya sobre la piel. Sin embargo, las altas temperaturas no consiguieron arrebatarnos las ganas de recorrer el entorno.
Nos dirigimos hacia las cuevas de Zaén, desde donde se abre una amplia panorámica sobre el Campo de San Juan. Ante aquel paisaje, Rafa recordó una visita realizada tiempo atrás, cuando llegó hasta allí alrededor de las tres de la madrugada para contemplar y fotografiar la Vía Láctea.

Resultaba fácil imaginar aquella escena: el perfil oscuro de las cuevas, el silencio del campo y, sobre él, un cielo limpio atravesado por una franja de estrellas. Durante unos minutos, el recuerdo de aquella noche se mezcló con la luminosidad abrasadora de la tarde.
Un campo teñido de verde y violeta
Desde Zaén emprendimos el regreso, aunque todavía nos esperaba otra parada. Nos dirigimos hacia los campos de lavandín y espliego, cultivos que desde hace algunos años transforman durante la floración una parte del paisaje, extendiendo sobre la tierra amplias pinceladas verdes y violetas.

Nos detuvimos en el cortijo de Martín Herrero, entre El Sabinar y El Calar de la Santa. Allí, volvimos a sacar cámaras y teléfonos para intentar conservar algo de aquella combinación de color, luz y horizonte.
Entre los cultivos también contemplamos las sabinas, algunas de ellas con varios siglos de vida. Su presencia silenciosa introduce otra medida del tiempo en el paisaje: frente a la fugacidad de la flor, que alcanza durante unas semanas su mayor intensidad, estos árboles permanecen arraigados a la tierra, modelados lentamente por el frío, el sol y el viento.

Y fue precisamente el viento el que terminó de transformar la visita. Además de concedernos un respiro frente al calor, levantaba de los campos un aroma limpio y relajante a lavanda. Por un instante, todo pareció quedar reducido a unas pocas sensaciones: el movimiento de las flores, el perfume de las plantas, la sombra de las sabinas y el horizonte abierto del noroeste murciano.
Una despedida desde El Calar de la Santa
La tarde fue perdiendo intensidad y la despedida terminó por hacerse inevitable. Nos dijimos adiós en El Calar de la Santa, mientras el día comenzaba lentamente a retirarse.
Quedaba atrás una jornada construida con elementos aparentemente sencillos: una mesa compartida, una conversación sin prisas, un asado memorable, unas cuevas abiertas al paisaje y unos campos perfumados por el lavandín.

Sin embargo, son precisamente esos ingredientes los que convierten un encuentro en algo extraordinario. Regresamos con la sensación de haber disfrutado de un día reconfortante para el cuerpo y para el alma, una de esas jornadas en las que la gastronomía, el territorio y la amistad terminan formando parte de un mismo plato.
Fotos de Rafael Hortal.
Fotografía de la Vía Láctea, de RamGon.

Desiderio Guerra

























