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“Entre vino y algoritmos”: La Crilla renace con una cena que fue homenaje, resistencia y sabor huertano

Medio centenar de comensales se dieron cita en el Ventorrillo de Puente Tocinos —aún marcado por las cenizas del incendio de agosto— para degustar los vinos Juana la Loca, escuchar sus primeras canciones generadas por inteligencia artificial y celebrar, copa en mano, que el espíritu de la huerta no se apaga


 

El pasado jueves 27 de noviembre, cuando la noche ya envolvía la pedanía murciana de Puente Tocinos con su frío característico, el Ventorrillo de la Peña Huertana La Crilla acogió una velada que trascendió lo gastronómico para convertirse en un acto simbólico de reencuentro, resiliencia y creatividad contemporánea. Apenas tres meses después del devastador incendio que redujo a cenizas su barraca-museo y buena parte de su patrimonio histórico, el colectivo murciano abrió sus puertas para celebrar una Cata de Vinos & Maridaje “Juana la Loca”, que reunió a medio centenar de comensales en torno a mesas corridas cubiertas con manteles rojos, en un ambiente íntimo y vibrante.

LasGastrocronicas.com asistió a la cena maridaje para realizar esta amplia galería fotográfica:

La noche estuvo bajo la dirección magistral de Javier Zapata, sumiller campeón regional en 2018 y 2022 y representante de la bodega Juana la Loca, quien guió a los asistentes a través de seis vinos —desde el espumoso Cava hasta el Crianza—, cada uno acompañado por una creación culinaria pensada para realzar sus matices y dialogar con la identidad huertana reinterpretada en clave moderna.

La experiencia dio comienzo con el Cava Juana la Loca, fresco y vibrante, maridado con una tosta de salmorejo, jamón ibérico y huevo, en un guiño a lo tradicional con toque de autor. Siguió el Verdejo, aromático y con cuerpo, que encontró su contrapunto perfecto en una ensalada crujiente de gamba, donde el dulzor del marisco se equilibraba con la acidez del vino. El Rosado, ligero pero persistente, acompañó un salmón envuelto en alga nori y papel de arroz, plato que —como señaló Zapata— “dialoga entre Oriente y la huerta, sin perder el acento murciano”.

Aquí puedes escuchar una de las canciones de Juana la Loca:




El punto de inflexión llegó con el Roble, un tinto de estructura media, que se sirvió junto a un pan bao de pollo hindú, una propuesta audaz que rompía moldes sin renunciar al confort del sabor. Pero sin duda, el momento más celebrado fue la presentación del Crianza, en dos actos: primero con un milhojas de presa ibérica a baja temperatura, bañado en una reducción de Pedro Ximénez y especias chinas —un equilibrio entre lo ancestral y lo experimental—; y luego, en su segunda aparición, con un brownie de chocolate y naranja amarga, donde el vino adquirió notas de fruta negra y vainilla, cerrando el menú con una dulzura compleja y memorable.

Más allá de los sabores, la velada tuvo una dimensión inédita: entre cada servicio, y con la sala en penumbra, entre plato y plato, se escucharon canciones, generadas por inteligencia artificial, que formarán parte del primer disco de la bodega bajo la identidad artística Juana la Loca —un proyecto pionero que fusiona enología, música y tecnología. Aunque el álbum aún está en fase de producción, sus primeras piezas —melodías evocadoras con letras inspiradas en la locura creativa, el amor y la tierra— ya tienen fecha de grabación y contarán con un videoclip que será difundido próximamente por emisoras de radio locales y La 7 TV. “No es solo una marca de vino”, explicó Zapata durante la cata. “Es una narrativa: una mujer que desafía las normas, que siente con intensidad… y ahora, también, canta”.

Un menú creado por la banda Elegante y Canalla, con su espíritu —huertano, irreverente y melódico— se hizo presente tras los interludios sonoros y en la energía de los asistentes, entre los que destacaban vecinos de la pedanía, amantes del vino y figuras del sector cultural y hostelero murciano.

Tras la cata, la bodega puso a disposición de los comensales sus referencias para su adquisición in situ, con un 10 % de descuento, gesto que fue acogido con entusiasmo: varias botellas de Crianza Especial y Cava desaparecieron en cuestión de minutos.

El entorno, aún en fase de recuperación tras el incendio del 14 de agosto —que arrasó décadas de historia material, desde trajes de faena centenarios hasta aperos de labranza—, no parecía un lugar de luto, sino de resistencia activa. La carpa exterior, cálida y bien iluminada, con vistas al campo dormido, se erigió como un símbolo: no de precariedad, sino de adaptación; no de derrota, sino de continuidad. Como escribió días atrás el presidente de la peña, Juan García Serrano: “El espíritu de La Crilla arde más fuerte que nunca”. Y aquella noche, en cada copa alzada, en cada risa compartida, en cada verso algorítmico que resonó en la sala, se comprobó que tenía razón.

La velada concluyó cerca de la medianoche, con el viento arreciando fuera y los últimos comensales departiendo junto a la barra, copa en mano, mientras el personal recogía lentamente las cinco copas por comensal —símbolo de una experiencia que no fue fugaz, sino deliberadamente saboreada.

En una época en la que lo efímero domina, La Crilla eligió lo contrario: construir —aunque sea con carpas, vino y código binario— un nuevo relato. Porque a veces, renacer no implica volver a lo que fue, sino inventar, con valor, lo que vendrá. Y en Puente Tocinos, el futuro ya tiene nombre, sabor… y melodía.








 


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