Un sentido homenaje al hostelero que transformó la cocina tradicional en un legado de amistad, generosidad y memoria viva entre la huerta de Murcia y el Guadalentín
El pasado viernes, 24 de julio de 2026, nos ha dejado Antonio Ruiz, corazón y alma del Restaurante Venta El Peretón. Su fallecimiento no solo deja un vacío irreparable en su familia, sino que también enluta a toda la comunidad hostelera y gastronómica de la Región de Murcia, que pierde a uno de sus embajadores más genuinos, generosos y queridos.

Antonio no era solo un hostelero; era la verbena que nunca se apagaba, el anfitrión que hacía que las plazas de abastos se sintieran un poco más huérfanas y que el cava burbujeara con un poco más de alegría. Quienes tuvimos el privilegio de compartir su mesa y su tiempo sabemos que, para él, la hospitalidad no era un negocio, sino una forma de amor en acción. Como recuerda el Evangelio de San Juan: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Y Antonio vivió, literalmente, para sus amigos.
Un legado que nace de la tierra y se hace familia
La historia de Antonio es la historia de la propia Venta El Peretón, un emblema de la cocina tradicional murciana a caballo entre la huerta y el Guadalentín. El nombre rinde homenaje a su abuelo, José Ruiz Sánchez, «Pepe el Peretón», quien junto a su esposa Carmen Martínez Carrillo («la Loba»), fundó este hogar en 1952. Aquellos pioneros, que transportaban la materia prima en carro y mulas y cocinaban con el saber de la tierra, sembraron una semilla que Antonio, junto a sus hermanos Encarna y Pepe, supo regar con imaginación, trabajo y un corazón inmenso.

Bajo su gestión, la Venta se consolidó como santuario de las migas, los embutidos, la carne a la brasa, los asados al horno de leña y esos pinchos morunos, salmón a la brasa y barbacoas que ya forman parte de la historia culinaria de la región. Pero su mayor creación nunca estuvo en una parrilla.
Su mayor obra fueron las personas
Antonio era abundancia pura: de ideas, de energía, de ilusión y de esa generosidad que desarma. Donde otros veían límites, él respondía con una sonrisa y su inconfundible: «Eso te lo consigo yo». Nos enseñó que la esperanza no es lo último que se pierde, porque él nunca la perdió. Incluso ante las pruebas más duras, siguió haciendo planes, pensando en los demás y regalando motivos para creer en un mañana mejor.
No se limitó a pasar por la vida; la mejoró. Cultivó amistades que se convirtieron en familia, sostuvo la suya propia con firmeza y ternura, y ayudó a cumplir sueños ajenos con la misma dedicación que ponía en sus propios proyectos. Fiel devoto de la Virgen de la Fuensanta, amante del campo y de su Castellar, su carácter gentil y social dejó una huella imborrable en cada persona que cruzó su camino.
Un hasta luego que se queda en la mesa
Desde Casa El Alias, y desde todos los rincones de la gastronomía y la cultura murciana que él tanto dignificó, queremos extender nuestras más profundas condolencias a sus hermanos, a su familia y a todos sus amigos.

Hoy nos toca hablar de su muerte, pero la verdad es que Antonio nos deja, sobre todo, una inmensa lección sobre cómo vivir. Nos lega la responsabilidad —y el privilegio— de seguir viviendo como él nos enseñó: haciendo grande lo pequeño, compartiendo mesa, brindando por la vida, creyendo en las personas y manteniendo viva la memoria de nuestra tierra.
El Peretón llevará tu manera de vivir en cada mesa, en cada brindis y en cada abrazo.
Gracias por tanto, Antonio. Porque hoy hablamos de tu partida, pero lo que de verdad permanecerá para siempre es todo lo que nos enseñaste sobre la vida.
Descansa en paz, amigo.

























