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GASTROCRONICAS

Historias de la Navidad: Gran día, mejor noche

Por Pascual Fernández Espín


 

En esos momentos diez eran los comensales que redondeaban la mesa del salón, haciéndose hueco a codazos en primera fila, y atentos al televisor como si en ello les fuera la vida. Después de la generosa cena, había que ser rápido para pillar asiento preferente y no perder detalle del vestido de la Pedroche, pero ya saben ustedes, los llamados los rezagados, aquellos que pierden el tiempo rascándose sus partes más púdicas y luego quieren posicionarse en tribuna de preferencia. Y ahí estaba el niño entre ellos, tres añitos recién cumplidos, y ya quería comerse las uvas mucho antes de que empezara la ceremonia. Luego estaba el abuelo, —historia viva y cúmulo de historietas a sus espaldas— que también exigía el su cuenco de uvas.

Doce, como manda la tradición. Eso sí, sin pepitas.

No es un capricho, es moda, las uvas eran todas sin grano, ya que el abuelo, aunque tiene las encías endurecidas, se le rompió la dentadura postiza dos días antes del evento, pero entiéndalo ustedes, merced al alivio que supone su paga mensual, no había grandes razones para negarle el rito de comerse las uvas. Por tanto, ¡uvas para todo el mundo! Eso sí, a precio de riñón.

Una vez encajado los diez frente al televisor, comienza la odisea

La presentadora, la de cada año; la del vestido imposible y tetas cuasi al aire, explica lo de siempre: primero los cuartos, después las campanadas.

Y por fin llegó el momento.

Como las ganas de comenzar eran muchas, los nervios apretaban más que unos zapatos de otra talla. Apenas si la tropa puede contenerse mientras suenan los cuartos. Y comienza a caer el canjilón del reloj de la Puerta del Sol, y al compás del primer gong, primer grano de uva a la boca. Suena el segundo, allá que va el segundo grano de uva. El ritmo en la familia es bastante aceptable, todo el mundo va sincronizando el sonido de las campanadas con los granos de uva. Bueno, todos no, ya que el abuelo, en los primeros granos todo parecían ir bien, pero conforme van sonando las campanas y los granos de uva se amontonan, comienza a hacer bola entre las encías con los hollejos. El abuelo se pone colorado. Luego morado, después el color de sus arrugas son indefinibles.





—El abuelo se está ahogando —canturreó el nieto mediano, en un momento que dejó de mirar la Tablet.

El chaval, dicen que apunta a matemático o físico. Está en primaria, pero maneja el móvil y la tablet bastante mejor que doctor Michel Talagrand, premio Nobel de Matemáticas del años pasado…o el otro. No recuerdo.

El yerno de la hija mayor —EL maromo de segundas nupcias, famoso por presentarse ante la familia como socorrista experimentado en el boca a boca con quinceañeras de la Disco, dijo: ya digo, en base a su experiencia en semejantes trances, que alguien le hiciera la respiración artificial al abuelo. Nadie reaccionó. Así que, él, para quedar como el Batman de la noche, no tiene más remedio que se tirarse al suelo, montarse encima del abuelo y hacerle un sonoro boca a boca. Dos soplidos. Presión en el esternón y el abuelo abrió un ojo.

El socorrista continua.

Viendo que aquello avanzaba más lento que el caballo del malo, lo agarró por debajo de las asilas y le dio un estrujón. Al segundo intento, el abuelo expulsó el tapón de hollejos, atrancado entre la faringe y las tragaderas, con tal potencia que el pegote fue a incrustarse en una de las patas de araña de la lámpara del salón.

Poco a poco el abuelo abrió los dos ojos y le vino el color, el pulso y las ganas de comer.

¿Cómo se encuentra? —preguntó alguien.

No responde, pero por las parte bajas del abuelo se escucha un sonido sospechoso.

—Ha sido la cena. Se disculpó por el infortunado escape, cuyos inmediatos efectos de sobrepusieron a los perfumes de la noche, donde anterior al escape podían olerse a Calvin Klein, a Christian Dior y hasta a la mismísima Dolce Gabanna.

¡Ha sido la cena, volvió a repetir el abuelo! Claro, dice uno de los yernos, que para eso están, El Abuelo, después de tragarse cinco pastillas de colores, tensión azúcar, etc., al llegar el plato de las ostras a acelerado el ritmo, trincándose media docenas de ostras con tres cervezas sin alcohol … y otras dos con todo su pelo y su lana.

El segundo aviso del abuelo llegó media hora después. Nuevo escape por la turbina. El aire se vuelve denso. Manos a la nariz. Al siguiente escape el abuelo entra en un proceso de descomposición total.

—Estaban tan blanditas las ostras, repetía una y otra vez.

Cinco horas en urgencias.

Al final, los médicos lograron ponerle un tapón estratégico y a las seis de la mañana pudieron cortarle al abuelo el grifo de las ostras y los canapés.

a calma regresa a la familia. El abuelo, desdentado y satisfecho, sigue masticando saliva.

El niño se durmió.

El matemático continuó enganchado a la Tablet.

El yerno trincándose el mejor ‘güisqui’ del suegro

Es Navidad.

La vida continua.

Pascual Fernández Espín es escritor y tertuliano en radio y televisión


 

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