Por María José Cavadas
El 17 de febrero, fiesta de la Primavera, 1.405 millones de habitantes (lo pondremos en letra para que suene más fuerte, mil cuatrocientos cinco millones) se lanzan sobre el plato más internacional: los rollitos.

Coincidiendo con el Año Nuevo Chino la fiesta de la Primavera es eje el central en el calendario que une a todas las provincias desde Corea, Mongolia, Kazakstán, Afganistán, Pakistán, India, Nepal,Laos y Vietnam, por trazar un mapa apresurado de los límites del tercer país del mundo en extensión, detrás de Rusia y Canadá.
El 17 de febrero en toda la República Popular, 9.600.000 kilómetros cuadrados de superficie, se ponen a picar como locos zanahoria, cebollino, cebolla ajo, repollo, seta china y oreja de judas para fabricar el plato que nos acercó a los occidentales por primera vez a la cocina de aquel país.
Esta tarde, casi de primavera, un grupo de “chinófilos” se han colocado silenciosos alrededor de Hao, cocinero, y de Ming, encargada del taller de cocina en el Centro de China en Madrid, para enrollar el sofrito de repollo, ajo, seta china y oreja de judas en una especie de servilleta de pasta muy delgada. “El secreto del relleno es que debe estar seco y frio, advierte Ming. ”No solo es un plato de comida”, advierte el PowerPoint que preside la sala. Tiene un valor simbólico. Su forma alargada y el color dorado que adquiere al freír en aceite de girasol, le otorga cierto parecido con los antiguos lingotes de oro. Rollito y prosperidad están muy cerca en el ideario chino.

Enganchados a lo oriental
Si eres de los que consideran los rollitos como un plato facilón, debes pensarlo dos veces. “Las salsas lo complican todo”, asegura Santiago de Vicente. A los 80 años se ha “colgado” de todo lo que es la cultura china. “Cuando te introduces te llama la atención todo y quieres abarcar todo”. Hoy día no da abasto entre las conferencias de fitoterapia, acupuntura, literatura, hasta el punto de que “ tienes que parar porque si no, no tienes vida”.
A punto de caer en esa adicción está Alexander, peruano. Estudia una FP de Informática, le gusta el rap y el hip hop, pero siente pasión por la cultura asiática. ” Su antigüedad me fascina”.
En algún momento del taller toca prestar atención a las salsas. Ahí está lo complicado. Si considerabas que con la salsa agridulce y la de soja ya tenías un medio ‘culturón’ gastronómico, revisa también la creencia. El cocinero Hao, procedente de la provincia de Shandong espolvorea esencia de pollo (un polvo) trufa negra, salsa agridulce, aceite de sésamo, salsa de ostras, mientras los estudiantes se colocan un delantal blanco que, como todo uniforme, aporta credibilidad.
Ibai, “sí como el youtuber”, pero de apellido Aldecoa, ya venía curtido en esto de la cocina y en todo lo oriental. Este informático vivió cinco años con una pareja de origen chino. Estudió chino, cocinó comida china y practicó artes marciales, pasión que le transmitió su padre. Si todo esto es un poco raro por tratarse de un español, la rareza aumenta cuando se trata de un nacido y crecido en Burgos.

Diplomacia y cultura
El taller, organizado por el Centro de China en Madrid, una auténtica embajada que practica la diplomacia de la cultura es un cruce de caminos. Para los adictos a la cultura oriental y para quienes empiezan a caminar. Carmen López apura sus últimos días en Madrid porque en breve se marcha a China a estudiar arquitectura. Comparte con su padre el amor por la cocina y ahí están los dos, rodando la masa para que no salga el relleno. Para Isabel, farmacéutica, el taller es la puerta de acceso a la cultura China. Ni cocina, confiesa, ni nada, pero le pone voluntad para que el resultado quede presentable. Los hay incluso que se han sentado en el taller de pura casualidad. Andrew Brennet ha sustituido a su esposa.” Mi hija, fan de la cultura y de la comida china, apuntó a mi mujer, pero no ha podido venir”. ¿Usted cocina? pregunto. “No, pero a quien no le gusta la comida china”.

El taller termina como solo puede terminar, con todo dios tratando de pronunciar rollito en chino. Vamos a intentarlo: Juan. “Con g, no j”. se empeña Chen, del Centro Cultural de China. Misión imposible porque “el idioma se las trae”, subraya De Vicente.
China tiene una frontera terrestre de 22.800 kilómetros. Por el este limita con Corea; por el norte con Mongolia; por el nordeste con Rusia; por el noroeste con Kazakstán, Kirguizistán y Tadjikistán; por el oeste y sudoeste con Afganistán, Pakistán, India, Nepal, Bután, etc.; por el sur con Myanmar, Laos y Vietnam. Por el este y el sudeste mira, a través del mar, a la República de Corea, al Japón, a las Filipinas, Brunéi, Malaysia e Indonesia, me dice la IA.
Y dentro de esa frontera, para celebrar que ha llegado la luz aún azulada, fría, pero alegre de la primavera, se comparte un plato que une a los chinos. Y a todos.

María José Cavadas es periodista
Doctora en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid.
Formadora en Habilidades de Comunicación y Liderazgo.
Miembro de la Federación de Asociaciones de Periodistas de Turismo (Fijet)





















