Casi un centenar de locales iniciarán su renovación en mayo, cerrando así más de dos décadas de litigio y abriendo una nueva etapa de crecimiento para la compañía
La reconocida cadena de restauración de origen aragonés, operativa hasta la fecha bajo el rótulo La Mafia se sienta a la mesa, ha tomado una decisión definitiva que marcará un antes y un después en su trayectoria empresarial. Como respuesta a un extenso conflicto por la titularidad de su marca, la firma ha optado por adoptar la nueva denominación La Famiglia se sienta a la mesa. Tal y como ha trascendido a través del diario económico Expansión, la sustitución de la imagen corporativa y el reemplazo de la señalética en la práctica totalidad de sus establecimientos españoles arrancará el próximo mes de mayo, con el propósito de tener ultimada la transición antes de que concluya la temporada estival.

Este giro no responde a una simple cuestión de marketing, sino que es el resultado directo de un veredicto adverso emitido por la Oficina Española de Patentes y Marcas (OEPM). El organismo regulador declaró la nulidad de la antigua marca al considerar que infringía los principios de orden público y las buenas costumbres, dado que hacía alusión explícita a una estructura delictiva real.
Dicha resolución no hace sino corroborar la línea marcada en 2018 por el Tribunal General de la Unión Europea, que ya invalidó el registro a nivel comunitario tras una ofensiva jurídica encabezada por el Estado italiano.
Históricamente, la empresa había sostenido que su nombre se sustentaba en una raíz gastronómica y cultural, amparándose en el amparo de la libertad de expresión. Sin embargo, tanto los juzgados nacionales como los europeos han sido contundentes: vincular el ocio y la hostelería con símbolos de la criminalidad organizada conlleva un riesgo evidente de trivializar conductas ilegales, un extremo que las autoridades no están dispuestas a permitir en el ámbito comercial.

Más allá de la esfera jurídica, el cambio de identidad representa un desafío operativo y presupuestario de primera magnitud. La compañía deberá reconfigurar su estrategia de comunicación, renovar la cartelería y el diseño exterior e interior de cada local, y reajustar su posicionamiento frente al consumidor. Esta maniobra se enmarca en un contexto de notable dinamismo económico: durante el ejercicio 2025, el grupo registró un avance del 12,3 % en su volumen de negocio, alcanzando los 132 millones de euros. Con esa base, la directiva mantiene intacta su hoja de ruta expansiva, que prevé operar 200 puntos de venta antes de 2028, a pesar de haber contado en el pasado con una red que superó los 110 locales.

El episodio, en definitiva, trasciende el interés meramente corporativo y se erige como un claro ejemplo de los límites que enfrenta el branding contemporáneo. Apoyar una identidad visual en referentes históricos controvertidos o en la estética de la ilegalidad puede resultar una táctica llamativa a corto plazo, pero, como acredita este precedente, también puede transformarse en un obstáculo legal difícil de salvar. Tras dos décadas cimentando su presencia en el sector hostelero, la cadena deberá ahora demostrar que su esencia y su propuesta culinaria permanecen inalterables, aun cuando su denominación haya dado un paso lateral para garantizar su continuidad en el mercado.
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