Menú de Obra
Por Elisabet Pegueroles
Un bodegón aparentemente sencillo que encierra una reflexión profunda sobre la violencia y el paso del tiempo
Un pavo muerto, junto a Aves muertas (ambas adquiridas por el Ministerio de Fomento en marzo de 1900 con destino al Museo del Prado), forma parte de un conjunto de doce bodegones que aparece en el inventario de los bienes de Goya hecho en 1812, tras la muerte de su esposa. Dicho grupo fue vendido al conde Yumuri en 1850 como pago de un préstamo.

Goya inaugura con estos bodegones una dirección diferente e irrumpe en el ámbito, hasta entonces sereno, de la naturaleza muerta. Abre un nuevo territorio de intensidad expresiva y de violencia contenida que responde a una realidad inédita. La herencia de estos bodegones habrá que buscarla ya en el siglo XX, como sucede con otras invenciones goyescas: Kokoschka y Soutine figuran entre sus herederos más evidentes.
En este bodegón, Goya ha representado un pavo muerto sobre una mesa, con la cabeza apoyada en una cesta de mimbre. El fondo oscuro e indefinido, sin referencias espaciales claras, aísla la figura del animal y la convierte en protagonista absoluta. La luz subraya el volumen del cuerpo y crea un fuerte contraste entre el plumaje oscuro y las zonas claras del suelo. Este recurso refuerza la lectura existencial de la obra: no estamos ante un objeto cotidiano, sino ante un cuerpo expuesto, casi como un estudio de cadáver.

La gama cromática empleada por el pintor aragonés es deliberadamente limitada. El cuerpo del pavo comparte prácticamente el mismo tono que el fondo, al que se superponen algunas pinceladas de ocre, blanco y rojo con las que se construyen los volúmenes. La base del cuerpo se rodea de blancos y ocres, mientras que para la cabeza del animal se utiliza un rojo algo apagado.
La pincelada es rápida, suelta, casi abocetada, especialmente en las alas y el plumaje, resueltos mediante manchas superpuestas, lo que refuerza la sensación de inmediatez. La materia pictórica se vuelve espesa en determinadas zonas -como el cuello o las alas-, otorgando al animal una presencia casi táctil. Esta forma de pintar conecta directamente con el Goya tardío, el de las Pinturas Negras y los Desastres de la guerra.
Un pavo muerto está firmado con grandes letras realizadas con pigmento blanco que, dispuestas en perspectiva en el centro de la composición, hacen visible el nombre de Goya.
El pavo yace con las alas abiertas y las patas rígidas, lo que sugiere una muerte reciente. Esta postura forzada incrementa el dramatismo de la escena. El cuello desplumado y rojizo, tratado con pincelada pastosa, introduce una nota casi violenta, cercana a lo grotesco. No hay idealización anatómica: el cuerpo parece torpe, descompuesto y vulnerable. Goya insiste en la fisicidad de la muerte, algo poco habitual en el bodegón tradicional, al presentar el cuerpo del animal sin distanciamiento simbólico, subrayando su peso y su rigidez. El pavo no aparece como trofeo noble, sino como un cuerpo inerte, pesado, casi incómodo de mirar, que se impone como una presencia tangible y perturbadora.
La figura del animal muerto, aislada de cualquier elemento subordinado -cacharros, pasteles, cubertería o utensilios- que pudiera distraer la atención del espectador, trasciende la mera curiosidad por la muerte para adquirir en Goya un valor metafórico, como símbolo del paso inexorable del tiempo y del desamparo que afecta a los seres vivos de forma análoga a la condición humana.
Del pavo como símbolo inquietante en la pintura de Goya al pavo como protagonista de nuestra mesa: una transición que nos devuelve a lo cotidiano.

Pavo asado al horno
Ingredientes (6 personas)
- Pavo de 4 a 5 kg mejor si es hembra o pava
- Manteca de cerdo
- Agua
- Sal
- 50 ml vino dulce
- Cebolla
- Para el relleno: 300 gr de panceta, 1 manzana, 4 rebanadas de pan duro, orejones, ciruelas pasas y un vaso de caldo de ave.
Preparación
- Limpiamos bien el pavo, quitando con unas pinzas los cañones y plumas que queden y chamuscando las que sean más pequeñas.
- Después inyectamos con una jeringuilla 50 ml de vino dulce en distintos puntos de la pechuga y las patas para que quede bien jugoso. Lo salamos por dentro y por fuera y lo untamos con un poco de manteca de cerdo.
- Precalentamos el horno a 220º. Rehidratamos las ciruelas pasas y los orejones y los cortamos en trozos. La panceta fresca la picamos pequeña Todo ello lo ponemos en un bol junto el caldo y el pan para que esté último se empape bien.
- A continuación, añadimos las manzanas cortadas en gajos y rellenamos el pavo. Cosemos la abertura con hilo de cocina para que no se salga el relleno. En cuanto al tiempo de horno, se calculan 45 minutos por cada kg de pavo y para evitar que se queme en exceso y se reseque, cuando lleve una hora y media en el horno, se puede cubrir la pechuga y las puntas de los muslos con una hoja de papel aluminio.
- Para guarnición y decoración, una bolsa de brotes de lechugas variadas, un racimo grande uvas, y una naranja.

Elisabet Pegueroles es historiadora del Arte y apasionada de la gastronomía
Noticia relacionada:
Sabores suspendidos: un bodegón de Cristóbal Toral en clave culinaria.






















