Por Pascual Fernández Espín
Hay días en los que uno sospecha que el calendario agrícola tiene sus propias ironías. Sucede con los tomates, por ejemplo. A uno le enseñaron que cada fruto tiene su tiempo, su estación precisa, su maduración natural al dictado del sol. Y, sin embargo, ahí están los invernaderos, desafiando la lógica antigua, ofreciendo en fechas improbables unos tomates que, en ocasiones, superan incluso a los de temporada.
Fue con ese pensamiento, ligeramente escéptico, aunque ya rendido a la evidencia, con el que me acerqué el Miércoles Santo al mercado de Verónicas, en Murcia. Iba en busca de esos tomates adelantados que, según decían, estaban dando un resultado excepcional. Pero al llegar al lugar y ver la soledad existente, comprendí que no era el día. El mercado, fiel a su propio pulso, había reservado su plenitud para el Jueves Santo. El miércoles, en cambio, ofrecía una versión más contenida, casi íntima, como si la ciudad estuviera tomando aliento antes del verdadero bullicio.Y, sin embargo, el hambre; mi hambre, para más señas, no entiende de horarios ni calendarios. Y como eran horas de menear el bigote o, si ustedes así lo prefieren, de ese almuerzo temprano que en Murcia tiene algo de ceremonia cotidiana, sentí cómo mi estómago, sin cuentos chinos ni contemplaciones, reclamaba su turno. Y les aseguro que no se trataba de una insinuación; simple y llanamente era una orden casi imperativa. Me detuve, miré alrededor, y allí, a mi espalda, el propio mercado de La Fama, ya digo, en Murcia, parecía ofrecerme una solución inmediata.

Hay en ciertos puestos una dignidad tranquila, una profesionalidad que no necesita exhibirse, y en la cervecería del propio mercado, «Coquetas», las cinco mujeres que atienden, haciendo bueno el nombre del establecimiento, con mucha amabilidad y esa mezcla de eficacia y cercanía que solo dan los años de oficio, todos los días hacen el milagro de que la pequeña barra esté a rebosar.
—¿Qué va a tomar usted? —me preguntó una de ellas.
No tenía aún una idea clara. Miré la barra, los productos, el movimiento contenido del lugar…
—Pues… ¿qué tienen ustedes?
La respuesta que obtuve fue directa, casi sabia en su sencillez:
—Hay de todo: ¿le apetece un montadito de lomo a la plancha con un vino?
Asentí. A veces, la mejor decisión es dejarse guiar.
Mientras esperaba, tomé el periódico del día. Entre sus páginas me llamó la atención un artículo firmado por Antonio Botías Saus, que tituló: «A medio metro de la esperanza guapa». Ya el título tenía el suficiente atractivo como para engancharme, y empecé a leer.
Y allí ocurrió lo que ocurre cuando un texto está bien escrito: el mundo inmediato pierde presencia. Botías desplegaba su oficio con solvencia, con una prosa que, sin estridencias, sabía conducir al lector hacia una emoción reconocible. Hablaba de la Semana Santa, de sus imágenes, de las tallas, del fervor que atraviesa generaciones. Pero lo hacía sin caer en el tópico, con una mirada que oscilaba entre lo íntimo y lo colectivo.
Poco a poco me fui introduciendo en la pasión descrita en el artículo.
De fondo, como desde otra estancia, escuché una voz:
—¿Lo quiere usted completo?
No respondí. No por desdén, sino por esa especie de aislamiento que provoca la buena lectura. La voz insistió, ahora con esa paciencia que solo otorga la experiencia. O sea, un poquito más alto.
—¿Qué si lo quiere usted completo?
Levanté la vista, ligeramente desorientado.
—¿El qué?
—El montadito.
Sonreí, algo avergonzado.
—Sí, claro. Perdone, esta mañana estoy…
Volví al texto.
Apenas habían pasado unos minutos cuando de nuevo la realidad reclamó su espacio:
—¿Blanco o tinto?
El embelesamiento de la lectura me hizo retrasar la contestación; y cuando lo hice, supongo, a la profesional de la restauración le daría que pensar.

—¿Cómo?
—¿Qué si quiere el vino blanco o tinto?
El enigma lo resolví sin titubeos:
—Tinto.
Y regresé, una vez más, a la lectura, como quien retoma una conversación interrumpida.
Cuando levanté definitivamente la vista, el artículo había llegado a su final y el montadito esperaba, humeante, sobre la barra. Presencia impecable. Pan en su punto, dorado sin exceso, y un interior que prometía.
El primer bocado fue una trampa mortal. ¡Jesús María!, aquello estaba ardiendo, incandescente.
Una especie de lava culinaria que me obligó a realizar ese gesto universal de quien intenta disimular la brasa que tiene en la boca. Pero los ojos, al llenársele de agua, le traicionan.
Esperé unos segundos. Que resultaron ser suficientes.
Y volví al ataque.
Créame si les digo que lo siguiente no admite una descripción apresurada, porque llamarlo «montadito», en cierto modo resultaría injusto, rácano, ya que aquel deleite que había en mi boca resultaba ser como una pequeña celebración.
El lomo, sabroso, en su punto exacto. El queso, fundido con una delicadeza que evitaba cualquier exceso. Y el tomate; ese tomate que había motivado la jornada, aportando frescura y equilibrio, y un recuerdo nítido de una huerta murciana bien entendida. Todo ello ensamblado con una mano experta, casi de MasterChef, que sabía lo que hacía. Prueba de ello, cada bocado, más que un alimento, era la expresión misma de un oficio con muchísima experiencia, delicadeza y ganas de quedar bien con el cliente.
Al final, apuré aquel instante sin ninguna prisa, con la grata impresión de haber participado en una escena mínima, casi doméstica, y sin embargo llena de una rara plenitud. Pagué, naturalmente, porque aún no se ha inventado el modo de comer de balde, y menos en estos tiempos en que el señor Donald Trump y otros personajes de semejante fuste, con sus acciones de locos-cuerdos, parecen empeñados en encarecerle a uno hasta la respiración.
Salí de allí con el recuerdo todavía próximo del montadito, tibio en la memoria y excelente en el paladar, y reanudé el hilo de la mañana con ese sosiego que solo concede el cuerpo cuando se encuentra satisfecho. Entonces pensé que hay ciertos detalles de la vida que, sin alterar el rumbo del día, lo afinan. Lo ponen en su sitio. Y eso, bien mirado, tal y como está el patio, no es poca cosa.

Pascual Fernández Espín es escritor y tertuliano en radio y televisión



























