Mientras el mundo brinda hoy con tintos de renombre, la Región reivindica con orgullo su cepa autóctona —la Monastrell—, corazón de DOs como Jumilla, Yecla y Bullas, y símbolo de una identidad vitivinícola que nace en la sequía, florece en la roca y madura bajo un sol implacable
Hoy, en el Día Internacional del Vino Tinto, las copas se alzan en todo el planeta en honor a una bebida milenaria, símbolo de encuentro, ritual y civilización. Pero en la Región de Murcia, el brindis tiene un matiz especial: no se limita al reconocimiento global del tinto, sino que se convierte en un homenaje colectivo a la Monastrell —esa uva resistente, intensa y profundamente mediterránea que ha sabido arraigar en suelos áridos y climas extremos para dar vinos de carácter, estructura y alma inconfundible.

Lejos de ser una mera variedad, la Monastrell es el hilo conductor de buena parte del prestigio vitivinícola regional. Es la cepa dominante —y en muchos casos, exclusiva— de las tres Denominaciones de Origen que definen el mapa enológico murciano:
Jumilla, donde alcanza su máxima expresión en vinos jóvenes y potentes, así como en crianzas de larga evolución; Yecla, que la cultiva con devoción centenaria y la convierte en bandera de su identidad vitícola; y Bullas, a los pies de la sierra, donde la altitud aporta frescura y complejidad a sus tintos.
Estos vinos —jóvenes, crianzas, reservas y grandes reservas— no solo compiten con éxito en los mercados internacionales, sino que encarnan una filosofía: la grandeza nace de la adversidad. La Monastrell, con su piel gruesa y su resistencia a la sequía, es hija del estrés hídrico y la radiación solar extrema; y precisamente por eso, sus mostos concentran color, taninos sedosos y aromas de fruta negra, especias, regaliz y tierra mojada —esa terroir murciana que ningún laboratorio puede replicar.

Más allá de su poder sensorial, el vino tinto regional se erige también como aliado de la salud, siempre en consumo moderado. Como recuerdan estudios de Harvard y la Universidad de Barcelona, los polifenoles y el resveratrol presentes en la piel de las uvas tintas —especialmente en variedades como la Monastrell, rica en antocianos— contribuyen a reducir el riesgo cardiovascular, combatir el envejecimiento celular y proteger la piel frente a los rayos UV. En Murcia, donde el sol marca el ritmo de la vida, ese beneficio adquiere un simbolismo casi poético.

Hoy, bodegas, restaurantes y sumilleres de la Región celebran esta efeméride con catas temáticas, maridajes locales —como el vino de crianza con migas o el joven con arroz y conejo— y propuestas especiales que invitan a redescubrir lo de casa. Porque el vino no es solo bebida: es memoria de lluvias escasas, trabajo de generaciones y orgullo de tierra.

Y mientras en otros países se brinda con Malbec o Cabernet, aquí se levanta la copa con un tinto que sabe a monte bajo, a almendro en flor y a atardecer en el Segura.
¡Salud, Murcia! ¡Salud, Monastrell!






















