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Murmurios de fuego y sal: Murcia revive 1856 bajo el manto de 1919

Tres siglos de tradición se funden en una noche donde el pasado desfila entre carrozas alegóricas, máscaras artesanales y el ritual incombustible de la quema en Santo Domingo


 

La ciudad de Murcia se vistió de atemporalidad este sábado cuando, al compás de pasodobles centenarios y bajo un cielo que empezaba a teñirse de noche, más de trescientas almas echaron a andar desde el corazón del barrio de San Antolín.

No era un desfile cualquiera: Murcia celebraba, con solemnidad festiva y guiño histórico, el 175 aniversario del Entierro de la Sardina, rememorando especialmente la edición de 1919, aquella que marcó el renacer de la fiesta tras el paréntesis impuesto por la Gran Guerra.

LasGastrocronicas.com realizó una gran galería fotográfica del histórico desfile:

La jornada había arrancado antes, con una exposición instalada en la avenida Alfonso X el Sabio que funcionó como pórtico visual a la magna cita. Allí, documentos, imágenes y objetos invitaron a los curiosos a viajar hasta los orígenes de una celebración que nació en 1856 como protesta popular y hoy ostenta el reconocimiento de Interés Turístico Internacional. Pero fue al caer la tarde cuando la historia cobró carne, color y movimiento.

Puntuales a las 20:00 horas, la comitiva emprendió su peregrinaje urbano: calle del Pilar, plaza de San Pedro, plaza de las Flores, Gran Vía, Glorieta, plaza del Cardenal Belluga, Trapería y, como epílogo ceremonial, la plaza de Santo Domingo. Abrían marcha los agentes ecuestres de la Policía Local, acompañados por el concejal de Cultura, Diego Avilés; el presidente de la Agrupación Sardinera, Pablo Ruiz Palacios; y el Gran Pez, Javier Pujante. Detrás, la bandera nacional y una autoridad romana de ficción, con trajes de romanos originales de la época del grupo Marte, que, con gesto solemne, dio paso a un viaje sensorial hacia otra época.

El desfile se articuló en torno a cuatro carrozas reconstruidas con rigor documental: El Infierno, con calaveras y llamas; Dragones, de estética guerrera; Apolo y Sirenas, con liras y mitología clásica; y, por supuesto, la Sardina, custodiada por seis Cleopatras que, montadas en un carruaje, rindieron homenaje a la presencia femenina en la edición de 1919. Acompañaron la estampa los Modernistas de Cartagena —algunos con pipa y monóculo, como exige la elegancia retro—, los Gigantes y Cabezudos de Cehegín y los Cabezudos de Murcia, mientras una orquesta en directo desgranaba melodías de principios del siglo XX.







Entre el gentío, medio centenar de máscaras elaboradas por alumnos de la Escuela de Arte danzaron al unísono con demonios, soldados romanos, payasos y deidades olímpicas. No faltaron los clásicos «patos y pitos» que, con su sonido estridente y juguetón, buscaban arrancar sonrisas a los espectadores. El aroma a pólvora de los hachoneros se mezcló con el bullicio festivo, creando una atmósfera donde lo sagrado y lo profano se daban la mano.

El cortejo hizo una parada simbólica en el Real Casino para recoger el Testamento de la Sardina, antes de culminar en Santo Domingo. Allí, desde el balcón del CEIP Cierva Peñafiel, el cronista oficial de Murcia, Antonio Botías, leyó un texto que entretejió fragmentos originales de Sánchez Madrigal (1867) con reflexiones propias. «No existe mayor maravilla que disfrutar del Entierro», proclamó Botías, quien cerró su intervención con un brindis poético: «Sin vosotros no habría Murcia, y sin Murcia primavera; sin primavera, alegría; y sin alegría el mundo nunca jamás comprendiera que si existe la felicidad, es felicidad sardinera».

Tras las palabras, llegó el momento álgido: sobre un catafalco especialmente diseñado, una pequeña sardina fue entregada a las llamas en un ritual que evocó la quema de 1919. La traca final, los fuegos artificiales y las primeras notas del himno de España pusieron el broche a una velada que, más que conmemorar, resucitó. Mientras, en San Antolín, comerciantes y hosteleros habían convertido el barrio cuna de la fiesta en un escenario de tapeo y música en directo, tendiendo un puente afectivo entre el origen humilde de 1856 y la proyección internacional de hoy.

La Agrupación Sardinera logró así un ejercicio de memoria viva: ni museo estático ni espectáculo descafeinado, sino una celebración que bebe de sus raíces para seguir escribiendo futuro. Como testimonio gráfico de la noche, Lasgastrocronicas.com desplegó una galería de más de 250 imágenes que capturan la esencia de un desfile donde el tiempo se dobló y Murcia, por unas horas, fue a la vez ayer y hoy.

La sardina ardió, sí. Pero su espíritu —hecho de ironía, comunidad y alegría resiliente— quedó más vivo que nunca, listo para regresar en las próximas Fiestas de Primavera con el despliegue habitual de dioses, carrozas y complicidad ciudadana. Porque en Murcia, enterrar la sardina no es un adiós: es la promesa de que, cada año, la risa resucita.









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