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GASTROCRONICAS

Paca la Machacanta, un referente en la huerta de Murcia

Por Pascual Fernández Espín


 

Antonio Botías, periodista murciano de acreditada sensibilidad para rescatar del olvido nombres, vidas y gestos que forman parte de nuestra memoria colectiva, escribió en su día un excelente libro al que tituló Mujeres de dinamita. El título, poderoso y justo, servía para reunir a tantas mujeres de coraje que, desde distintos ámbitos, han contribuido a sostener y engrandecer esta tierra.

Pascual Fernández Espín, junto a La Machacanta.

Pero acaso, por la abundancia de nombres y trayectorias, por la dificultad inevitable de abarcarlo todo, quedó fuera una de esas mujeres que también merecerían figurar en esa nómina de carácter, sacrificio y verdad. Una grande. Una grande de la restauración murciana. Francisca Magaña Fuentes, conocida desde hace décadas, con afecto y admiración, como Paca la Machacanta.

Hay mujeres cuya biografía no cabe del todo en las palabras porque han hecho de su vida una obra silenciosa, levantada día a día a base de trabajo, resistencia y fidelidad a una manera de entender el mundo. Paca pertenece a esa estirpe. No necesitó escaparates, ni discursos grandilocuentes, ni artificios de época para dejar huella. Le bastó lo más difícil: perseverar. Permanecer. Servir. Cocinar. Recibir. Mantener encendido el fuego de una cocina que no es solo cocina, sino también memoria, identidad y cultura. En ella no hay únicamente una hostelera ejemplar; hay una mujer que encarna, como pocas, el alma de la huerta murciana.

Paca ha dedicado toda su vida a la gastronomía. Y cuando se dice toda, no se incurre en exageración alguna. Su existencia ha estado ligada al esfuerzo continuo, a la atención diaria, al respeto por el producto y a una inmensa ilusión por la cocina tradicional murciana, esa que huele a leña, a campo, a familia y a domingo. Esa cocina sin trampa ni cartón que no pretende sorprender por lo raro, sino conquistar por lo verdadero. Esa cocina que ha sobrevivido de generación en generación porque estaba hecha para el paladar y también para el corazón.







Cuenta en su haber con el peso noventa y cuatro años de historia, por lo que ya hace unos años, cuando la artrosis comenzó su ataque, tuvo que pasar el testigo del restaurante a su hija Paquita, como quien entrega algo más que un negocio: un legado. Porque en lugares como La Machacanta no se heredan solo unas recetas, sino un modo de mirar a los demás, una ética del trabajo, una forma de entender la hospitalidad y una fidelidad casi sagrada a las raíces. El testigo, en este caso, no fue un simple relevo; fue la continuidad de una llama. Una llama que ha iluminado durante décadas a quienes han cruzado la puerta del restaurante buscando no solo comida, sino también calor humano, autenticidad y el sabor de lo que permanece.

Y eso, en estos tiempos de fugacidad, no es poca cosa.

Paca la Machacanta ha recibido a lo largo de su vida numerosos reconocimientos y homenajes. No podía ser de otra manera. Quien tanto ha dado termina, tarde o temprano, recibiendo el cariño devuelto de su pueblo. Pero entre todos esos honores, destaca especialmente el que le fue concedido en 2023, cuando fue nombrada Hija Predilecta de la Ciudad de Murcia, un reconocimiento de enorme valor simbólico que venía a oficializar lo que ya sabía la gente mucho antes que las instituciones: que Paca forma parte de la identidad más noble y entrañable de esta tierra. Que su nombre no pertenece solo a una familia, ni siquiera solo a Beniaján, sino a toda esa Murcia que aún se reconoce en la huerta, en la cocina de siempre y en las personas que han sabido conservarla.

Porque hablar de La Machacanta es hablar de un santuario doméstico del sabor. Un lugar acogedor y clásico, sin imposturas, en pleno corazón de la huerta murciana. Un espacio donde la barra no es únicamente barra, sino casi un pequeño rito cotidiano; un lugar de encuentro, de conversación, de costumbre compartida.

La Machacanta es conocida por sus platos caseros tradicionales, por una carta que resume buena parte del alma gastronómica de Murcia. Sobresalen sus arroces, especialmente el celebrado arroz conejo y caracoles, plato de hondísima raíz popular, capaz de convocar en un solo aroma todo un paisaje cultural. Pero junto a él relucen también el ajo cabañil, las carnes a la brasa, los embutidos y esas patatas a lo pobre que, cuando están bien hechas, tienen la grandeza de las cosas humildes que rozan la perfección. Todo en esa cocina responde a una lógica del sabor auténtico, sin disfraces. Todo remite a una manera de cocinar que ha sobrevivido a las modas porque nunca dependió de ellas.

Paca ha sido, en ese sentido, una verdadera embajadora de la vida huertana. No solo porque su restaurante esté inserto en ese paisaje vegetal y sentimental que define una parte esencial de Murcia, sino porque su forma de cocinar y de recibir ha sido siempre una prolongación de la huerta misma: generosa, directa, sin dobleces, fértil en afecto y en verdad. En un tiempo en el que tantos establecimientos se entregan a la tiranía de la tendencia, La Machacanta ha resistido desde la serenidad de quien sabe que el prestigio más duradero no se construye sobre la novedad, sino sobre la autenticidad.

Y quizá por eso el encuentro reciente con Paca tuvo algo más que de simple coincidencia. Tuvo algo de señal, de regalo del camino, de reencuentro con una parte querida de nuestra memoria.

Después de no saber de ella durante mucho tiempo, la otra mañana, en una de esas ya habituales rutas de senderismo, —o hiking―, como ahora se dice para que no falte tampoco el barniz moderno; quiso la fortuna que mis pasos me llevaran hasta la puerta de su restaurante, allí, en plena huerta murciana. Y allí estaba ella. Paca la Machacanta. Presente. Serena. Reconocible. Como si el tiempo, en vez de derrotarla, hubiera decidido simplemente posarse sobre sus hombros con respeto.

Me dio una alegría sincera verla.

Hay encuentros que duran apenas unos minutos y, sin embargo, dejan una impresión más honda que muchas largas conversaciones. Hablamos un rato. Lo suficiente para sentir que algunas personas conservan intacto ese don raro de hacer del trato algo sencillo y entrañable. No sabría decir si fue la mañana, el azar, la emoción del hallazgo o la fuerza íntima que emana de quienes han vivido con plenitud de trabajo y de verdad; probablemente fue todo a la vez. Pero lo cierto es que aquel momento tuvo una luz especial. Como si en medio del trajín moderno, de los días veloces y algo desmemoriados que nos van arrastrando, uno pudiera detenerse de pronto ante una mujer que representa un mundo entero.

Y en la fotografía quedó constancia de ese instante.

Las fotografías, a veces, hacen algo más que inmovilizar una escena: guardan una temperatura del alma. En esa imagen no solo se registra un encuentro agradable, sino el valor de una presencia. La prueba de que ciertas personas, aun cuando no las vemos durante años, siguen ocupando un lugar nítido en nuestra consideración y en nuestro afecto. La imagen de Paca a la puerta de su restaurante tiene algo profundamente simbólico: es la guardiana de una casa, de una tradición, de un modo de estar en el mundo que se resiste a desaparecer.

Pascual Fernández Espín es escritor y tertuliano en radio y televisión


 

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