En su obra el pintor transforma unos frutos secos en protagonistas de una composición donde el claroscuro revela su maestría
Menú de Obra
Por Elisabet Pegueroles
Francisco de Burgos Mantilla (Burgos, h. 1610-Madrid, 1672) pintó en 1631 Bodegón con frutos secos, su única obra firmada y fechada que se conserva. En ella se aprecia su extraordinaria capacidad de observación del natural, ya desde una edad temprana. La pintura salió a la luz hacia 1970 en el mercado de antigüedades de Nueva York y fue adquirida poco después por la Galería de Arte de la Universidad de Yale (New Haven, Connecticut, Estados Unidos).

Burgos Mantilla tuvo vinculación con el taller de Velázquez. En 1658, su amigo Lázaro Díaz del Valle señalaba que el artista «siempre ha procurado imitar en la admirable manera» el estilo del maestro.
En este bodegón los objetos se disponen sobre una repisa que recorre el cuadro de lado a lado. Detrás de ellos, un fondo oscuro y sin detalles elimina las referencias al entorno y concentra la atención en los alimentos. El negro parece absorber la profundidad, mientras los frutos destacan como una franja iluminada y se convierten en protagonistas de la composición. Situados en primer plano y distribuidos uno junto a otro, con escasa superposición, permiten apreciar con claridad sus formas, volúmenes y texturas.

Tres cucuruchos de papel gris claro, dispuestos horizontalmente y repletos de frutos secos, alternan con las masas oscuras de higos y pasas, creando un ritmo compositivo pausado. Las transiciones tonales son suaves y graduales, tanto en los pliegues del papel como en las superficies mates de los frutos. La iluminación dirigida resalta las texturas y los volúmenes, convirtiendo objetos humildes —nueces, avellanas, almendras y otros frutos secos— en protagonistas de una composición de carácter casi escultórico, característica de la naturaleza muerta española del siglo XVII.
La luz, procedente de la parte superior izquierda, incide sobre el flanco izquierdo de los objetos y modela sus formas mediante sutiles gradaciones tonales. El cucurucho central, plenamente iluminado, constituye el punto de mayor claridad y establece un contrapunto visual.
La luz no es meramente decorativa: da forma a los alimentos y resalta sus texturas, haciéndolos parecer casi tangibles. Mediante pequeños toques de pintura en las zonas oscuras, el artista refuerza la sensación de relieve. El claroscuro es el principal recurso de la composición: guía la mirada hacia los alimentos y crea sensación de profundidad.
La paleta cromática es sobria, dominada por tonos terrosos, como ocres, pardos y dorados, junto con grises, blancos y negros. Esta gama tonal crea una atmósfera sobria y concentra la atención en las texturas, los volúmenes y los contrastes de luz.
La superficie de cada fruto seco revela una observación minuciosa de su rugosidad, el brillo de las cáscaras y sus imperfecciones naturales. El fondo oscuro recorta los objetos y acentúa su corporeidad, mientras que el óleo permite al pintor modular las transiciones entre luces y sombras.
Burgos Mantilla construye las formas mediante la luz, la sombra y el color. Cada fruto adquiere volumen gracias a la transición entre las zonas iluminadas, los tonos medios y las sombras. Así, los frutos secos adquieren una presencia casi tangible y el bodegón invita a contemplar unos objetos cotidianos que, gracias a la mirada del pintor, se convierten en protagonistas.

Pastel de dátiles, higos y frutos secos
Ingredientes:
- 120 gr. dátiles sin hueso
- 100 gr higos secos
- 60 gr uvas pasas
- 60 gr avellanas
- 60 gr nueces
- 180 gr harina de trigo
- 100 ml de leche
- 2 huevos
- 60 ml aceite de oliva suave
- 8 gr levadura química
- 1 cucharadita de canela
- Ralladura de media naranja
- Pizca de sal
Preparación
- Corta los dátiles y los higos secos pequeños. Si están duros, remójalos en agua templada 10 min. y escúrrelos bien. Pica las avellanas y las nueces de forma gruesa.
- Bate los huevos con el aceite y la leche. Añade la harina, la levadura, la canela, la ralladura de naranja y la pizca de sal. Mezcla hasta obtener una masa homogénea, sin batir en exceso.
- Añade los dátiles, los higos, las pasas, las avellanas y las nueces. Remueve con una espátula para repartirlos bien por toda la masa.
- Hornea durante 35–45 minutos a 175ºC. con calor arriba y abajo en un molde engrasado o forrado. Espera unos 15 min antes de desmoldar y deja enfriar.
Para potenciar el sabor: tuesta las avellanas y las nueces 5 min en una sartén seca. Puedes aromatizarlo con una pizca de jengibre o unas gotas de vainilla y si sustituyes 50 ml de leche por zumo de naranja quedará más jugoso.

Elisabet Pegueroles es historiadora del Arte y apasionada de la gastronomía

























