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Por Elisabet Pegueroles
Cuatro racimos, un fondo negro y una pregunta: ¿cómo conseguir que unas uvas pintadas parezcan a punto de caer del lienzo? Juan Fernández el Labrador convirtió un motivo aparentemente sencillo en una demostración extraordinaria de realismo.

Uno, dos, tres, cuatro… El título no deja lugar a dudas: Bodegón con cuatro racimos de uvas presenta cuatro racimos suspendidos de sus sarmientos. La obra forma pareja con Cuatro racimos de uvas colgando y ambas se conservan en el Museo del Prado.
La escena parece sencilla. Pero basta con detenerse unos segundos para descubrir hasta qué punto está calculada.
Juan Fernández, conocido como «El Labrador», fue un pintor de gran calidad y gozó de gran reconocimiento en su época. Sus obras fueron demandadas y apreciadas tanto en la corte española como en la inglesa. Entre sus motivos predilectos estuvieron las uvas, que convirtió en campo de experimentación pictórica.

El tratadista Antonio Palomino destacó la «superior excelencia» que alcanzó al pintar frutas «haciéndolas repetidamente del natural». A fuerza de representarlas una y otra vez, llegó a captar con gran precisión la forma, la textura y el color de las uvas
El Labrador es un pintor caravaggista y utiliza la luz como uno de los principales recursos para construir la escena. Las zonas iluminadas se enfrentan a profundas sombras y hacen que los racimos adquieran volumen.
Nada parece colocado al azar. El racimo de uvas negras ocupa la posición central y actúa como eje de la composición. A ambos lados se distribuyen los otros tres racimos, de diferentes tamaños, formas y colores. El resultado es un equilibrio que evita que una escena tan repetitiva resulte monótona.
Los sarmientos y las hojas contribuyen a crear esa sensación de naturalidad. Algunos elementos quedan cortados por los bordes del lienzo, como si las ramas continuaran fuera de nuestra vista. Las hojas se orientan en distintas direcciones y desaparecen parcialmente entre las sombras.
El cuadro parece, así, un fragmento de una escena mucho mayor.
El fondo oscuro hace que toda la atención se concentre en las uvas. Frente al negro aparecen verdes, dorados, rosados, violáceos y azulados. Cada racimo tiene una tonalidad propia y, los granos presentan pequeñas variaciones de color y de iluminación.
Los reflejos y las sombras son fundamentales. Gracias a ellos, las uvas parecen redondas, carnosas y voluminosas. La pintura permite distinguir sus variedades, sus diferentes grados de madurez e incluso sus texturas.
Pero hay algo más.
La ausencia de referencias espaciales refuerza todavía más la ilusión. Los racimos quedan suspendidos en un espacio indefinido y la oscuridad elimina cualquier elemento que pueda distraer nuestra mirada. Solo permanecen las uvas, los sarmientos, las hojas y el cordel que las sostiene.
Es una escena mínima concebida para producir un efecto máximo.
La capacidad de hacer que una imagen parezca real tiene una larga tradición en la historia del arte. Una de sus historias más conocidas es la de Zeuxis, el célebre pintor griego que representó unas uvas con tal realismo que unos pájaros acudieron a picotearlas.
La anécdota terminó convirtiéndose en un símbolo del poder de la pintura para imitar la naturaleza.
En el caso de El Labrador, la referencia resulta especialmente apropiada. El propio Museo del Prado lo ha definido como un «Zeuxis moderno».
Y ahí está la clave, el pintor construye una ilusión. El Labrador pinta unas uvas. Pero consigue hacer que parezca que podemos tocarlas.

Claufotis de uvas
Ingredientes:
- 400 gr de uva negra y blanca
- 80 gr de azúcar
- 80 gr de harina
- 2 huevos
- 1 yema
- 150 ml. de leche
- 4 cucharadas de nata
- Mantequilla (para untar el molde)
- Una pizca de sal
- Menta (para decorar)
Preparación
- Precalienta el horno a 200 grados.
- Para hacer la crema, casca los huevos en un cuenco, añade la yema y el azúcar y mezcla bien.
- Agrega la harina y mezcla. Vierte la leche, la nata y vuelve a mezclar.
- Sazona y bate hasta que quede una crema homogénea.
- Lava las uvas, córtalas por la mitad (retira las pepitas) e introdúcelas en la mezcla. +
- Unta con mantequilla el molde, llénalo y mételo al horno por 40-45 minutos
- Sirve el clafoutis de uvas templado y decora con hojas de menta
Nota. Generalmente, los racimos cuyas uvas se desprenden fácilmente son los que tienen los frutos más dulces y aromáticos.

Elisabet Pegueroles es historiadora del Arte y apasionada de la gastronomía
















