Símbolo de generaciones, refugio de escritores y santuario del jazz y los mojitos cubanos, el mítico café reabre sus puertas con la promesa de honrar su legado sin nostalgia: “Muy pronto, una nueva era en el mismo lugar que nos unió”, anuncian sus impulsores
Como un verso que regresa al papel tras años olvidado en un cajón, el Café Zalacaín —ese rincón de madera, mármol y son cubano que durante 35 años fue el corazón latente del centro murciano— ha anunciado su reapertura inminente, siete años después de bajar definitivamente su persiana en 2017. La noticia, difundida por la cuenta de los Lunes Literarios y confirmada por La Opinión de fuentes cercanas al proyecto, ha desatado una ola de emoción entre quienes aún recuerdan el crujido de sus escaleras, el aroma del ron añejo y el murmullo de conversaciones que allí nacieron, crecieron y, en muchos casos, se convirtieron en libros, canciones o amistades para toda la vida.
Ubicado en la céntrica calle Enrique Villar, a escasos metros de la Universidad y el Teatro Circo, el Zalacaín no fue nunca un bar convencional. Fundado en marzo de 1982 por Diego Arques, se erigió desde sus inicios como un espacio híbrido: cafetería, salón de lectura, escenario íntimo y refugio generacional. Allí se mezclaban estudiantes de Letras con profesores, poetas noveles con veteranos de la prensa local, músicos de jazz con admiradores del son cubano. Sus vitrinas de antaño —rescatadas de un colmado de la Plaza de las Flores—, su suelo ajedrezado, su teléfono londinense y la icónica foto de Rubén González y Ibrahim Ferrer eran más que decoración: eran testigos mudos de una comunidad construida copa a copa, verso a verso.
Entre sus muros nacieron ciclos que trascendieron el local: los Lunes Literarios, con sus concursos de microrelatos improvisados; los Jueves de Jazz, donde resonaron improvisaciones hasta altas horas; y las veladas cubanas que, desde los años ochenta, trajeron a Murcia el espíritu de La Habana antes de que el mojito se pusiera de moda. Artistas como Luis Eduardo Aute, políticos como Julio Anguita o actores como Paco Rabal cruzaron su umbral; generaciones enteras celebraron allí cumpleaños, rupturas, tesis aprobadas y poemas publicados.
Cuando Arques anunció su retiro en diciembre de 2017 —“Ha sido un placer compartir tantas noches, tantos mojitos y tantos momentos emocionantes”, escribió entonces—, muchos temieron que el Zalacaín desaparecería para siempre. Aunque el local continuó bajo nueva gestión con otras actividades culturales, el alma original parecía esfumada. Hasta ahora.

Sin precisar fecha concreta —solo un “muy pronto” cargado de simbolismo—, los nuevos impulsores, entre quienes se encuentra Israel Flores Zurro, gerente del histórico Bar El Sur, aseguran que no buscan una réplica museística, sino una reinvención fiel a su espíritu: “No se trata de volver al pasado —señala una fuente cercana al proyecto—, sino de hacer que ese pasado siga vivo, con nuevos rostros, nuevas voces, pero la misma filosofía: buen rollo, honestidad, calidad y, sobre todo, apertura”.
Mientras tanto, en las redes y en las terrazas murcianas, resurge una pregunta compartida: ¿Quién iba a imaginar que, en 2026, podríamos volver a encontrarnos… sin quedar?



























