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GASTROCRONICAS

María Blanchard y la emoción del cubismo

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Por Elisabet Pegueroles


 

Una mirada a Naturaleza muerta con copa de frutas


 

La pintora española María Blanchard realizó Naturaleza muerta con copa de frutas en 1918, en un momento decisivo de su trayectoria artística. En esta etapa, la artista consolida un lenguaje propio dentro del cubismo, alejándose de figuras como Pablo Picasso o Juan Gris. Su obra es una reinterpretación profundamente personal.

La composición del cuadro gira en torno a un eje vertical marcado, representado por la copa blanca central. Esta forma actúa como columna vertebral de la imagen, dividiendo el espacio en dos y aportando estabilidad a un conjunto de planos que, de otro modo, resultarían altamente dinámicos.

Alrededor de este eje, Blanchard despliega una serie de planos geométricos superpuestos que reconstruyen los objetos. Este sistema responde al lenguaje del Cubismo sintético, en el que las formas se simplifican en superficies amplias y claras, facilitando una lectura más directa de la imagen sin renunciar a la fragmentación.

En la obra se pueden identificar elementos como la copa, las frutas de tonalidades anaranjadas, la mesa y ciertas formas ambiguas que recuerdan manos o utensilios. Estas últimas introducen un componente semi-figurativo muy característico de la artista, que tiende a humanizar los objetos y a dotarlos de una presencia casi corporal.

El color constituye uno de los aspectos más distintivos de la pintura de Blanchard. En esta obra predominan azules claros, amarillos cálidos, ocres, negros profundos y rojos terrosos. Cada plano cromático no solo define volúmenes, sino que también establece ritmos visuales y genera una fuerte carga emocional.

La composición está atravesada por un sistema de repeticiones rítmicas: puntos en los planos azules, curvas en el recipiente central y diagonales que se cruzan constantemente. Todo ello produce una sensación de movimiento interno que dinamiza la escena, evitando cualquier rigidez excesiva.

Aunque se percibe una proximidad con la lógica constructiva de Juan Gris, Blanchard introduce una diferencia fundamental: la presencia de curvas y formas más orgánicas. Estas suavizan la geometría y aportan una dimensión más viva y humana a la composición, alejándola de la frialdad analítica.

La obra se sitúa en el contexto posterior a la Primera Guerra Mundial, cuando el ambiente artístico de París buscaba estabilidad, claridad y reconstrucción formal. Estas aspiraciones se reflejan en la organización equilibrada y armónica del cuadro, donde la complejidad está cuidadosamente controlada.

Uno de los elementos más sofisticados de la pintura es su estructura interna en forma de rombo, que organiza toda la composición de manera oculta. Este esquema geométrico conecta distintos puntos del lienzo y actúa como un marco invisible que cohesiona la imagen, revelando el dominio arquitectónico de Blanchard.

La copa blanca ocupa el eje vertical de este rombo, funcionando como punto de gravedad visual y elemento de equilibrio. Al mismo tiempo, puede interpretarse como una forma casi humana o escultórica. En el cubismo, los objetos suelen adquirir múltiples significados, y en este caso la copa es simultáneamente objeto, estructura y metáfora corporal.

Finalmente, la obra refleja la sensibilidad de María Blanchard. Sus formas compactas, tensas y con sensación de peso traducen una experiencia corporal y emocional intensa. Estudiosos han visto relación entre su pintura y la deformidad de columna que padeció, interpretando esa sensación de compresión como manera de dar cuerpo plástico a su vivencia física. En sus naturalezas muertas, los objetos adquieren así una presencia casi humana, transmitiendo fragilidad y fuerza al mismo tiempo, y convirtiendo el cubismo en un medio de expresión profundamente personal.







Copa cubista de naranja, vainilla y chocolate

1. Base crujiente de almendra

  • 80 g de almendra molida
  • 40 g de azúcar
  • 30 g de mantequilla
  • pizca de sal

Mezcla todo y hornea a 170 °C durante 10-12 minutos hasta dorar.

2. Crema ligera de naranja

  • 200 ml de zumo de naranja
  • 60 g de azúcar
  • 2 yemas
  • 100 ml de nata montada
  • ralladura de naranja

Calienta el zumo con el azúcar. Incorpora las yemas y cocina suavemente hasta que espese. A continuación, deja enfriar y mezcla con la nata montada.

3. Gel de naranja brillante

  • 150 ml zumo de naranja
  • 1 hoja de gelatina.

Calienta el zumo, añade la gelatina y deja cuajar ligeramente.

4. Láminas de chocolate negro

Extiende chocolate fundido sobre papel y deja que solidifique. Luego rómpelo en fragmentos geométricos.

Presentación “cubista” en copa transparente:

  1. Crumble de almendra en el fondo
  2. mousse de naranja
  3. gel de naranja brillante
  4. fragmentos de chocolate negro colocados en ángulos diferentes
  5. gajos de naranja fresca como formas geométricas

Decora con hojas de menta y ralladura.

Elisabet Pegueroles es historiadora del Arte y apasionada de la gastronomía

 

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