GASTROCRONICAS

Evolución estival

Por Miguel López-Guzmán


 

El calor arrecia y el cuerpo pide agua y más agua. La súplica de agua es propia de moribundos, de heridos cinematográficos, de reos en los interrogatorios, de resacosos tras una noche de juerga; de gentes perdidas en el desierto al borde del espejismo, de viajeros abandonados en un tren averiado en medio de la nada, de náufragos en la balsa y de transeúntes por Murcia. La ciudad, como por arte de magia, se ha convertido en un tostadero; el pavimento arde y se echa de menos la fresca sombra de un frondoso arbolado. Las suelas de los zapatos se deshacen y se suda, se suda mucho. Tan solo habrá que mirar las camisas de los caballeros con el lomo, las axilas y los pectorales empapados: «¡Agua, agua…!», grita el deshidratado. El verano ha llegado en todo su esplendor y la gente se las busca para soportar la calorina despiadada.

Pandilla de jóvenes en la dehesa de Campoamor, 1970. / Archivo TLM

En los inicios de nuestra democracia, hoy tan desacreditada, se inició un proceso de liberalización individual. En los veranos de finales de los setenta, el bikini llegó a quedar obsoleto. Fue cuando los de aquí dejamos de pensar que lo verde comenzaba en los Pirineos, debido al novedoso destape que nos llegó y a las numerosas publicaciones que surgieron en aquel momento.

La imagen anterior, restaurada y coloreada con IA.

Las actrices de toda la vida se desnudaban en la pantalla, mientras que los censores pasaban al paro o a la jubilación forzosa, agotados de cubrir escotes con el bolígrafo y de cortar cintas de celuloide. Los amantes y adúlteros cinematográficos volvieron a lo suyo, es decir, a ser amantes, olvidando parentescos inventados en aras de la moral imperante y según el criterio de la censura.







Los funcionarios de Educación y Descanso pasaron a integrarse en Cultura, mientras en las atestadas playas del Mediterráneo la tendencia del monokini hacía estragos. ¡Pechos fuera! pareció ser el grito general. Así, del recato de ser la reserva espiritual de Occidente pasamos al nudismo más avanzado. La moda del desnudo integral llegó a playas recónditas del litoral: escandinavos, alemanes, suecos, franceses e italianos fueron pioneros en nuestras costas, a los que muy pronto se sumaron los aborígenes, proclamando su pasión por el naturismo. Este hecho dio lugar al nacimiento de una nueva especie en calas y playas: la figura del mirón, que, apostado en lugares estratégicos, bien compuesto de camisa, pantalón, calcetines y zapatos, gozaba placenteramente de la desnudez de los demás con la revista Lib bajo el brazo. Así, a los turistas de Estocolmo, Londres o Berlín se les sumaron los nudistas de la España interior y menos interior, lo que provocó cierta inquietud en algún púdico gobernador civil. Los agentes de la Benemérita se las veían y deseaban a la hora de pedir la documentación a los nudistas que, sin bolsillos, retozaban al sol de nuestras playas.

En aquel año de 1978, todo cambió bajo el sol de una España que aún conservaba la tradición con los hábitos de promesa penitencial y el luto por los familiares finados, compartiendo espacio en pueblos y zonas costeras con las modernas usuarias del bikini, topless y desnudo integral.

Todo evoluciona, incluso el ocio estival. Afirman algunos que, dentro de un tiempo, no muy lejano, hombres y mujeres perderán el dedo meñique del pie. Lo que apunta que las teorías de Darwin no iban desencaminadas. Un síntoma claro de esta evolución se aprecia en los veranos.

Los tradicionales guateques juveniles pasaron a la historia para disgusto de madres y abuelitas con hijas y nietas casaderas, enfado debido a que ellas mismas los disfrutaron como posesas en sus años mozos. La ensaladilla se agrió y en las medias noches el relleno se acartonó en aras de una juventud que prefiere botellones y discotecas a la entrañable y vigilada fiesta doméstica. La música de los felices años sesenta y setenta dio paso a la berrea del reguetón y a cantantes sin voz, diciendo adiós a baladas que propiciaban el baile lento, al susurro de unas palabras de amor al oído de la chica que tanto nos gustaba. Melodías con letras que invitaban al recuerdo, al enamoramiento, al apareo…

Fue cuando en el guateque callaban las palabras y las parejas se dejaban llevar por el melodioso romanticismo del cantante francés Christophe: Et j’ai crié, crié, Aline por qu’ell revienne…!

 

Miguel López-Guzmán

Periodista y escritor

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