La primavera de 2026 devolvió el esplendor modernista al Huerto de las Bolas mediante un banquete que entrelazó memoria arquitectónica, legado familiar y tradición culinaria
El domingo 19 de abril de 2026, el calendario cartagenero señaló una jornada distinta a las demás. Bajo la copa de pinos centenarios y entre los mosaicos policromados que caracterizan al Huerto de las Bolas, el Restaurante Casa Beltrí, dirigido por Miguel y Yolanda, abrió sus puertas para acoger un encuentro que trascendió lo puramente gastronómico.

La cita, concebida como un homenaje al arquitecto Víctor Beltrí en el 164.º aniversario de su nacimiento, transformó un espacio histórico en un escenario vivo donde el art nouveau dejó de ser un estilo museístico para convertirse en una experiencia compartida. LasGastrocronicas.com asistió al evento para realizar una amplísima galería fotográfica:
La materialización del proyecto recayó sobre la catedrática María Trinidad Herrero y el investigador, ex empresario y miembro de la Academia de Gastronomía de la Región de Murcia, Tomás Martínez Pagán, quienes articularon una convocatoria que fusionó el rigor académico con la celebración comunitaria.

Su labor de coordinación se vio reforzada por la implicación directa de los descendientes del homenajeado: Guillermo Cegarra Beltrí, Pedro y Lola Mateo Beltrí, Javier Beltrí y sus acompañantes aportaron el vínculo genealógico que legitimó el encuentro y dotó a la velada de un carácter íntimo y documental. Bajo el amparo de la Academia de Gastronomía de la Región de Murcia, los organizadores evitaron la solemnidad estática y optaron por una dinámica participativa, en la que el patrimonio se entendió como un elemento que se transmite, se debate y, fundamentalmente, se degusta.
La estructura del evento se apoyó en la distribución de los comensales en seis mesas temáticas, cada una diseñada para explorar facetas distintas del universo beltriano.

En la primera se acomodaron los familiares directos: Irene Alonso Palmero, Javier y Guillermo Cegarra Beltrí, Lola y Pedro Mateo Beltrí, Blanca Soro Mateo e Irma Zambrano. El resto de la asistencia se repartió entre académicos, profesionales y vecinos comprometidos con la identidad local. Andrés Baraza Jerez, Dori Bernal, Aure Bonmatí Mondejar y Pilar Cañavate Caro compartieron espacio con Montse Díaz López, Victoria Kapkan y José Tortosa en la segunda agrupación. La tercera reunió a Encarni Albadalejo González, Ángeles Cadenas Figueredo, Ramona Escarabajal Paredes, Antonio Fernández Salinas, Francisco Hernández Rodríguez, Jesualdo Lisón García y Altea Vidal Escarabajal.
Tomás Martínez Pagán coincidió con Paqui Bueno López, María Emilia Candela Castillo, Pepita Iniesta Martínez, Alberto Requena Rodríguez y Tomás Zamora Ros en la cuarta. La quinta, encabezada por la catedrática Herrero, acogió a Stella Moreno, Miguel Robles Ezcurra, Eduardo Ruiz y Mabel Soler Gómez. Finalmente, la sexta mesa integró a Pablo Alborán, José Antonio Novoa, Ana Magaña Pardo, Raquel Moñino, José Pérez Conesa y Eugenia Sánchez Moreno. Esta disposición facilitó un cruce constante de miradas: desde la filantropía silenciosa del arquitecto hasta su obsesión por la belleza funcional, pasando por la cartografía social de una ciudad que floreció entre 1896 y 1935.
El recorrido culinario obedeció a un guion meticuloso que priorizó el producto local y la técnica depurada. El recibimiento se sustentó en la tradición más arraigada: cazuelas de barro humeantes repletas de michirones del Campo de Cartagena, acompañadas de quesos de cabra curados en Tallante, pan de masa madre y un aceite de oliva que realzó los matices terrosos. Un Kir Royale actuó como preludio antes de que el salón principal acogiera a los invitados.
Ya en el banquete, la mantequilla Château Llagostera marcó el inicio de la sucesión de platos. Le siguió una delicia de pisto de bacalao, donde las patatas de la huerta se desdoblaron en texturas que jugaron con la firmeza y la cremosidad. El pescado, un lomo de corvina extraído del Mediterráneo, descansó sobre espinacas salteadas procedentes del Condado de Torre Pacheco y se vistió con una salsa Château Loire que aportó untuosidad y equilibrio aromático. El strudel salado de ibérico, coronado con manzana y demi-glace, cerró el capítulo de los platos fuertes mediante un contraste calculado entre lo dulce y lo cárnico. El desenlace llegó de la mano de un suspiro de España y un nido de limón cultivado en la propia finca, cubierto por merengue ligeramente dorado, mientras el cava rosado de Alceño elevó el brindis institucional y selló la experiencia.
El ambiente se impregnó de un tono evocador que reflejó los principios del modernismo. Las líneas sinuosas, la predilección por la naturaleza idealizada y el simbolismo inherente al movimiento encontraron su eco en la conversación de los asistentes. Muchos recordaron la faceta humanitaria de Beltrí, cuyo trabajo desinteresado para asilos, comedores infantiles y viviendas obreras contrastaba con la imagen de un creador exclusivo de la élite minera. Otros destacaron su meticulosidad, su afición al cine y a la navegación, o su costumbre de buscar inspiración en los paseos matutinos por el campo. La jornada, por tanto, no solo honró la estética de sus fachadas y rejerías, sino que rescató la dimensión ética y social de su trayectoria.

El encuentro coincidió con un momento de inflexión para el recinto. En un año clave para la rehabilitación integral del Huerto de las Bolas, con inversiones destinadas a recuperar la vegetación original y las esferas decorativas que otorgan nombre al lugar, la comida se erigió en un alegato a favor de la conservación activa. Se demostró que el legado modernista no se preserva únicamente con restauraciones estructurales, sino mediante la transmisión intergeneracional y la puesta en valor de sus raíces más profundas.

Cuando los últimos comensales abandonaron los salones de Santa Ana, el aire primaveral ya había mezclado los aromas del postre con el recuerdo de las forjas y los vidrios de colores. La celebración del 164.º aniversario de Víctor Beltrí funcionó como un puente entre el ayer y el presente, entre la piedra y el plato, entre la memoria arquitectónica y la convivencia actual. Cartagena volvió a comprobar que su historia permanece viva cuando se comparte, se analiza y se celebra bajo el mismo cielo que, hace más de un siglo, inspiró a un soñador de curvas, trencadís y azules inalcanzables.

























