Por Miguel López-Guzmán
Sin apenas darnos cuenta, estamos ya en otro verano, uno más; tiempo de destierro y sudores. Cuando España era una unidad de destino en lo universal y los niños, antes de entrar a las aulas, cantaban himnos imperiales bajo las banderas victoriosas de la paz, las madres cortaban el pelo al cero a sus retoños para afrontar los rigores del calor y, los pies, eran liberados de sus jaulas, siendo las sandalias las sustitutas de los eternos zapatos “Gorila”. Las calificaciones, buenas o malas, dictaban penitencias estivales con las calabazas o nos coronaban con los laureles del aprobado…

Los helados Monerri de las rubias, con su local cercano a la Glorieta, abrieron sus puertas allá por una Semana Santa que, paradójicamente, parecía muy lejana. Desde entonces, el polero de helados “Segura” y “La Benejamense” con sus carritos de helado aguardaban pacientes la salida de los colegios: polos con sabor a fresa, limón y arroz con leche para calmar la calorina temprana que se da por estos lares y sosegar los estómagos encogidos por los exámenes finales. Junio era eso, un cóctel de nervios por las calificaciones y, al mismo tiempo, sueños cargados de ilusión ante un nuevo y largo verano que nos acercaba a la naturaleza. La hégira comenzaba con desplazamientos al litoral, el campo o la montaña, vacaciones a fin de cuentas que verían su término allá por un lejano mes de octubre.

Juguetes de playa como recompensa para los aprobados adquiridos en un Bazar Murciano que ya lucía en sus escaparates toda una variedad de salvavidas, colchonetas, gafas de bucear y balones cuando la ropa de verano aún conservaba el olor de la naftalina. Las primeras moscas, fieles a su cita, hacían acto de presencia con la pesadez acostumbrada, importunando a sufridas calvas sudadas en el sestero.
Refrescante imagen en aquellos días previos al verano era la figura del repartidor de barras de hielo, las que reposarían en depósito de zinc de la nevera “Pingüino”, invento modesto que pasa casi desapercibido en la memoria cuando fue sustituido por el moderno frigorífico, que destronó a la fresquera, prisión grasienta de quesos y embutidos.

Una figura clave en la vida murciana de hace setenta años fue la del lechero, todo un hombre del tiempo que, con sus atuendos predecía la estación por venir. A golpe de pedal, cargando en sus jarras y cetras la leche de vaca, el lechero cambiaba su vasta chaqueta por la liviana camisa; en él se podía apreciar la evolución de los tiempos: de la bicicleta pasó a la motocicleta en su variedad de moto Iso, Sadrián o Montesa. Los lecheros eran mucho más dinámicos que los panaderos, los que se dejaban caer a media mañana. El lechero, en sus visitas diarias a prima hora del día o al anochecer, con frío o con calor, podían haber escrito toda una crónica de noctámbulos empedernidos.

Aliados del dios Cupido, fueron testigos indiscretos de amores de barrio en portales y zaguanes. Con pedaleo lento se les veía subir por el Puente de los Peligros en años en los que la vida y sus días pasaban despacio en jornadas apacibles. Mozas de servir y lecheros eran reclamados por sensibles amas de casa como verdugos improvisados en festejos hogareños; algunos lecheros solícitos ponían fin a la vida de pollos, conejos y pavos criados con mimo en los gallineros de los terrados.

Métodos ancestrales, como el estrangulamiento ejercido por la caña de la escoba daban cuenta de la existencia de las aves de corral, las que aleteaban en sus últimos estertores antes de ser desplumadas camino de la olla. Los críos de esos días quedaron marcados por el sonido del golpe seco que se propinaba detrás de las orejas a los infelices conejos, quedando acuñada la expresión “golpe del conejo” para la posteridad. Una ejecución impensable hoy en día, dada la sensibilidad actual, ya que, por costumbre se llega a pensar que pollos y conejos nacen empaquetados en las góndolas de los supermercados.

Sí, corrían los años sesenta, aquellos mismos que pusieron fin al entrañable oficio de lechero en aras de la higiénica pasteurización y las estrictas normas sanitarias que impedían que la leche se cortara en cazos y perolas, amén de agarrar unas perniciosas fiebres.
La figura del lechero, como la del huevero, el mielero llegado desde Guadalajara, el cabrero o el carbonero pasó a la historia, quedando grabadas en la memoria de toda una época.
Miguel López-Guzmán
Periodista y escritor


























