Por Miguel López-Guzmán
El mar siempre encierra misterio en sus profundidades. Al mismo tiempo, el mero hecho de contemplar su superficie es toda una insinuación de vida y, por qué no, de cierta melancolía escrita en su horizonte, que nos transporta a días más jóvenes en los que el recuerdo nos hace revivir los momentos de ilusión que solo aportan los años jóvenes y, con ellos, los numerosos nombres de quienes ya no están, y que compartieron momentos felices en aquellos días de ilusionada juventud, en desaparecidos locales de ocio, escenario y telón de fondo para amistades, vivencias y amores que aún permanecen vivos en la memoria.

Junto al templo del programa doble, junto al singular edificio que se estremecía ante el toque de corneta que ordenaba la carga del Séptimo de Caballería, junto a la fábrica de sueños que fuera el Teatro Circo Villar, el inolvidable tuno de pandereta José Antonio Mosquera levantaba la persiana de su bar El Loro allá en los albores de los mágicos ochenta.
Un local cuadrado, pulcro, con un cómodo altillo donde, a la hora del café, se iniciaban lúdicas partidas de dominó y de mus entre jóvenes, en su mayoría abogados de nuevo cuño.

Llegó a ser El Loro, durante un tiempo, acertada prolongación del desaparecido bar Ipanema, universidad pirata de estudiantes ociosos. Ostentaba el mando como segundo de a bordo del señor Mosquera, Jerónimo, importante barman amante de comidillas y chismes, que aguantaba con estoicismo las bromas de los flamantes licenciados que se negaban a serlo y conservaban aún el halo de estudiantes veteranos, como ocurrió aquel día en el que enterraron un zapato en el hielo de la cubitera en hora punta. Un hecho que hizo sospechosa a la nutrida clientela que allí se encontraba, sin llegar jamás a ser descubierto el culpable de tamaña felonía.
El joven dibujante, dibujaba. Cada atardecer se encontraba sobre la barra un monumental taco de cartulinas en el que plasmar las más variadas situaciones y especímenes de loros verdes, rebeldes y atrevidos. Así, las paredes desnudas del bar se fueron vistiendo de cientos de aves parlantes con chispa y vida propia. Viñetas inanimadas que hablaban del ‘Loro de Moscú‘, del ‘Lorozeno penitente‘, de ‘Tarzán de los loros‘ o de aquel amor imposible entre un apasionado loro y una cuerva, a semejanza de los romances que allí tuvieron lugar: amores olvidados y amores consagrados que dieron lugar, en muchos casos, a familias numerosas de hoy en día.

Animada clientela con nombre propio: Ripoll, García Olmo, Martínez-Abarca, Muñoz Martín Sánchez Vizcaíno, Martínez Ruiz, García Parra, Ayala, Megías, Martínez Cuadrado, Pepe López, José Almela ‘ El Ambu’, Castillo y tantos otros, sin olvidar el torrente de voz del alberqueño Pepe Montoya, “La Voz del Monte”, luciendo su inseparable boina; nombres que, con la dedicación profesional de cada uno, el tiempo pondría de moda. Un bar refugio de tunos y tunantes, donde aún se escucha el eco de guitarras y bandurrias; de melodías que hablaban de clavelitos y varoniles canciones de amor; juglares y trovadores que acallaban los vinilos de las baladas que allí sonaron.
El pintor y restaurador Manuel Menárguez diseñó una enorme jaula que, a modo de bóveda surrealista, encerraba un maniquí encorbatado, el mindango enjaulado, original reclamo en un generoso local que permitía beber de fiado y donde nadie resultaba desconocido.
Tiempos felices los del bar El Loro, poblado de parroquianos entrañables, algunos idos demasiado pronto. Bar luminoso, sin rincones ocultos, como las almas que cada día lo frecuentaban. Ilusionados tiempos de verdes praderas en los que casi todo estaba por llegar.
Merece la pena recordar hoy, con el transcurso de los años, mirando al mar en un nuevo verano, aquel local festivo, reverdecer aquellos días inolvidables de juventud y la figura siempre querida de su desaparecido creador, José Antonio Mosquera, para sus muchos amigos, “El Tacas”.
Miguel López-Guzmán
Periodista y escritor


























