Setenta antiguos alumnos de la promoción marista de 1975 se reunieron junto al río Segura para celebrar medio siglo de vida, amistad , educación y fe compartida. Entre embutidos, galardones y una película homenaje filmada en el propio colegio, el tiempo se detuvo —y volvió a correr— con el calor de lo que nunca se olvida

A las 13:30 horas, bajo un cielo otoñal inusualmente frío y con la luz tenue del Segura reflejándose en las vidrieras de El Soto de Vulcano, comenzó a llegar la primera oleada de rostros que, en otro tiempo, habían transitado los pasillos de La Merced, la Sucursal y La Fuensanta, con mochila al hombro y corbata desanudada. Algunos se reconocieron al instante; otros tardaron segundos, incluso minutos, en encontrar al chico del pupitre de atrás tras cincuenta años de distancia, de vidas construidas, familias formadas, destinos cruzados. Pero cuando lo hicieron, el abrazo fue largo, firme, sin palabras. Porque en el fondo, todos sabían: no venían a celebrar un aniversario. Venían a recomponer una comunidad.
LasGastrocronicas.com realizó esta gran galería fotográfica del evento:
La Comisión Organizadora —formada por Antonio Almarza Vives, José Martínez Muñoz, José Carlos Vicente López, Salvador Serrano Zapater, José Francisco Ballester Pérez, José Isidro Jara Rosa-Hidalgo y Francisco Rodríguez Pérez— había trabajado meses en silencio, con la meticulosidad de quien sabe que lo emocional exige una logística impecable.

Y así fue: credenciales con collares de tela morada con los nombres, mesas dispuestas estratégicamente (siete, de diez comensales cada una), parking reservado y, sobre todo, una atmósfera de calidez anticipada. En la terraza, bajo los toldos ondeando al viento, el aperitivo —cervezas heladas, aceitunas brillantes, almendras tostadas y patatas crujientes— sirvió de preludio a lo que vendría: no una comida, sino una liturgia laica de la memoria.

A las 14:15, los asistentes —70 en total, de los más de cien convocados— entraron al comedor, donde ya les esperaban bandejas de embutidos ibéricos y queso manchego curado con almendras tostadas, como si el tiempo se hubiera detenido en los recreos de los años setenta. Pero lo que vino después fue pura evolución: una cocina que honraba lo local sin renunciar a la técnica. La croqueta de sepia y alioli en su tinta, crujiente por fuera, marina y untuosa en el centro; el tomate de temporada con cogollos, ventresca y piquillo, un himno a la huerta y al mar; el gallopedro Vulcano, reinterpretación audaz del clásico murciano, con su textura sedosa y su fondo ahumado; la alcachofa con brandada de bacalao y velo de tocino ibérico, donde lo campesino y lo marino se abrazaban sin rubor.
Y luego, el fuego: el morrillo de atún rojo a la sal, con su escabeche y su toque ácido de kimchi —guiño contemporáneo a lo tradicional—; y el secreto ibérico a la brasa con miel de caña y parmesano, plato estrella del local, donde la grasa se convertía en dulzor y el humo, en poesía. Todo ello regado con vinos de altura: Viñabuena (Ribera), Gran Momento y Oro de Castilla (Verdejo), y cerveza en jarras generosas que circulaban como antaño las notas pasadas de pupitre en pupitre.

Tras el semifrío de turrón con helado —frío, cremoso, reconfortante—, el ambiente cambió. Las luces bajaron. En la pantalla, apareció el pórtico de La Merced. Y entonces, entró él: Salvador Serrano Zapater, antiguo alumno y actor, vestido con sotana, crucifijo y mirada serena, interpretando a un hermano marista que recibía a sus antiguos estudiantes con palabras de bienvenida, de gratitud, de fe.
La película, titulada «Cincuenta años después», fue una obra colectiva: guion de José Carlos Vicente López y Salvador Serrano, realización y montaje de Ismael Durán, producción de Antonio Almarza, y el alma de Limoncico Films. En el transcurso de la proyección, Salvador se levantó, y ya como alumno, le contestó al hermano marista de la pantalla, esta vez con la voz quebrada por la emoción. El aplauso fue unánime, prolongado, con lágrimas contenidas.

Siguió una proyección monumental de imágenes: libros de clase con dedicatorias infantiles, excursiones a Cartagena y a toda la Región, fotos de grupo en La Fuensanta y en La Merced, revistas escolares amarillentas, retratos de profesores ya desaparecidos… Cada diapositiva arrancaba un “¡ese soy yo!”, un “¿te acuerdas de…?”, un silencio reverente cuando se comentaban nombres como los del Hermano Gaspar (el manix), presente espiritualmente en la sala.

Entonces llegó el momento de los galardones. Uno a uno, por orden alfabético —como si volvieran a pasar lista en el aula—, cada asistente fue llamado por su nombre. Representates de los alumnos entregaron con solemnidad el diploma, el pin con el escudo marista y el dorado llavero. Después, una caja: camiseta serigrafiada con el logotipo “Maristas 1975–2025”, taza grabada y gorra —una pequeña reliquia para llevar el vínculo puesto, literalmente, todos los días.

En la mesa de honor, junto Rafael Melendreras, presidente de ADEMAR Murcia (la Asociación de Antiguos Alumnos Maristas), estuvieron presentes rostros ilustres de la etapa escolar: don Felipe Pérez, profesor de francés de La Merced, cuya voz aún conservaba esa cadencia que tantas conjugaciones hizo memorizar; Francisco Pérez Martínez, de la sucursal de La Gran Vía; y David Normington, el entrañable profesor de inglés. El único ausente notable fue José Ballesta, alcalde de Murcia y también de la promoción, quien, por motivos de salud, no pudo asistir.

Las palabras de agradecimiento a todos los asistentes corrieron a cargo de Antonio Almarza, maestro de ceremonias con mano firme y corazón abierto; de don Felipe, que habló de vocación y de los chicos que “hoy son hombres con historia”; de Salvador, con su habitual brillantez teatral y emocional; y de Rafael Melendreras, que cerró con una reflexión sobre la fraternidad marista como “un vínculo no impuesto, sino elegido, cada día”.

A las seis de la tarde, cuando el sol ya se despedía tras los árboles del Malecón, comenzó la segunda parte: copas gratis —cubalibres, gin-tonics— en la terraza, ahora iluminada con guirnaldas cálidas. Las conversaciones se alargaron, las fotos se multiplicaron, los contactos se intercambiaron… Y mientras, en el centro de Murcia, a pocos metros de allí, se encendían las primeras luces navideñas y sonaban fuegos artificiales. Como si la ciudad, también, quisiera celebrar.

La velada concluyó pasadas las nueve de la noche, con abrazos más largos que a la entrada, promesas de no esperar otros cincuenta años para volver a verse, y el eco de una frase que resonó en más de un discurso: “Lo que nos unió entonces no fue el colegio. Fue algo que nació allí… y que sigue vivo.”

LasGastrocronicas.com, representado por Paco Hernández —también alumno marista—, fue testigo y cronista de este día singular: porque a veces, la mejor gastronomía no está en el plato, sino en el tiempo compartido. Y en El Soto de Vulcano, ese sábado, hubo banquete para el cuerpo… y festín para el alma.






















