El último grito de amor de José Ballesta: defender con orgullo y sin complejos nuestra gastronomía, nuestras fiestas y nuestra esencia como antídoto contra la pérdida de raíces en un mundo globalizado
«No permitamos ni una falta de respeto a nuestra condición de murcianos. Es hora de recuperar definitivamente la confianza en nosotros mismos y afrontar el futuro sin complejos»

«No hay discurso, no hay texto, no hay papeles. Quiero que dejemos correr nuestros sentimientos más íntimos». Con esas palabras, José Ballesta arrancó su última Pitocrónica en el Romea, construyendo no un relato político, sino un bodegón vivo donde cada elemento contaba una historia de Murcia: el pastel de carne como memoria del hogar, los paparajotes como dulzura de la infancia, la jarra de novia como símbolo de compromiso, el chaleco de huertano como orgullo de la tierra.
Para Ballesta, la gastronomía no era un capítulo accesorio de su gestión, sino el corazón mismo de la identidad murciana. Impulsó la marca Productos de la Huerta de Murcia, luchó por la Capitalidad Española de la Gastronomía y defendió, en cada acto público, que nuestra mesa es nuestra cultura. «Nuestra brillante historia nos ha conformado una identidad de la que los murcianos nos sentimos orgullosos», repetía, como quien recuerda una verdad que no debe olvidarse.

Pero su mensaje iba más allá del orgullo: era una llamada a la confianza. «No permitamos ni una falta de respeto a nuestra condición de murcianos. Es hora de recuperar definitivamente la confianza en nosotros mismos y afrontar el futuro sin complejos«, proclamó en febrero de 2026, pocas semanas antes de su fallecimiento. En esa frase se condensaba su filosofía: Murcia no necesita imitar a nadie; necesita reconocerse, valorarse y proyectarse con la seguridad de quien sabe lo que vale.

Amante de las cofradías, sardinero de corazón, defensor del trovo y de la alfarería de la huerta, Ballesta entendía las tradiciones no como reliquias del pasado, sino como fuego que se aviva y se transmite. «Les gustan sus tradiciones y las conservan no como una adoración a las cenizas, sino como un avivar el fuego de algo que nos distingue», decía. Y en ese fuego, él puso leña de excelencia, de palabra culta y de cercanía popular.
Hoy, mientras Murcia llora a su alcalde, también recuerda su invitación permanente: comer con orgullo lo nuestro, hablar sin vergüenza nuestro acento, vivir sin disculpas nuestra forma de ser. Porque para Ballesta, ser murciano no era una casualidad geográfica, sino una elección ética: la de construir, desde lo propio, un futuro universal.

Silencio en la capital de la Huerta
La capital de la Huerta se ha vestido de silencio. Este domingo, Murcia ha perdido a quien, durante más de una década, guió sus destinos con la misma pasión con la que un catedrático imparte su materia: José Ballesta Germán nos ha dejado a los 67 años, tras una batalla serena y tenaz contra la enfermedad. El Ayuntamiento, en señal de respeto y gratitud, ha proclamado tres jornadas de luto oficial, mientras las banderas ondean a media asta sobre la Glorieta que tanto amó.
Nacido en julio de 1958 en el corazón de Murcia, Ballesta forjó su vocación de servicio entre los libros de Medicina y los laboratorios de Biología Celular. Doctor en Cirugía, académico de la Real Academia de Medicina y rector magnífico de la Universidad de Murcia durante ocho años, supo tender puentes entre el saber académico y la acción pública. No fue el azar, sino la convicción, lo que le llevó a la política: Ramón Luis Valcárcel, entonces presidente regional, reconoció en él a un interlocutor válido para transformar la Región desde la institución.

Su trayectoria en el Gobierno murciano —como consejero de Obras Públicas, de Industria y portavoz ejecutivo— le preparó para el reto definitivo: la alcaldía de su ciudad. En 2015, tras afiliarse al Partido Popular apenas meses antes de los comicios, logró el respaldo ciudadano para encabezar el Consistorio. Sin mayoría absoluta, pero con determinación, inició una etapa marcada por la recuperación del espacio público: la peatonalización de Alfonso X el Sabio, el proyecto Murcia Río para dignificar las riberas del Segura, o la rehabilitación de la Cárcel Vieja como futuro epicentro cultural son solo algunas de las huellas que dejó en el urbanismo local.

Defensor de nuestra gastronomía tradicional
Amante confeso de las tradiciones y, muy especialmente, de la gastronomía de nuestra tierra, Ballesta convirtió la promoción de los sabores murcianos en una seña de identidad de su gestión.

Allí donde iba, dentro o fuera del municipio, llevaba en la palabra y en el gesto el orgullo por nuestra huerta, nuestros productos y nuestra mesa. Para él, defender la cocina regional era defender la cultura, la historia y el alma de un pueblo.

Su estilo de gobierno, influido por su pasado docente, buscó siempre la excelencia como brújula. Exigente consigo mismo y con su equipo, imprimió un ritmo de trabajo incansable, a veces vertiginoso, pero siempre orientado a la calidad de lo público. Sus discursos, salpicados de referencias literarias y filosóficas, reflejaban esa voluntad pedagógica: no solo gobernar, sino también formar, inspirar, elevar el debate.

La política, sin embargo, le reservó pruebas duras. La moción de censura de 2021 lo apartó temporalmente del bastón de mando, pero no de la calle. Los murcianos le vieron, conmovidos, desfilando con las cofradías del Amparo y del Perdón, o acompañando a sus vecinos en los momentos difíciles, como la tragedia de Atalayas, donde su frase «caiga quien caiga» resonó como promesa de justicia. En 2023, las urnas le devolvieron la alcaldía con mayoría absoluta, permitiéndole culminar proyectos queridos: el 1.200 aniversario de la fundación de Murcia, la recuperación del yacimiento de San Esteban o la iluminación navideña que convirtió la plaza Circular en referente festivo.

Ni siquiera el diagnóstico de cáncer en 2024 logró apartarlo de su compromiso. Adaptó su agenda, redujo actos, pero nunca renunció a estar presente en lo esencial. Su última aparición en el Pleno municipal, el pasado 30 de abril, fue un testimonio de entereza: abandonó la sesión a medias, pero no sin antes cumplir con su deber.

Hoy, mientras Murcia llora, también recuerda. Recuerda al académico que soñaba con una ciudad más culta; al gestor que transformó espacios olvidados; al murciano de raíz que procesionaba con devoción y defendía con orgullo nuestra gastronomía; al servidor público que, hasta el último aliento, antepuso el interés colectivo.

Rebeca Pérez, primera teniente de alcalde, asume provisionalmente la dirección del Consistorio hasta que la Corporación designe a su sucesor. Pero más allá de los protocolos, lo que perdurará es la impronta de un hombre que entendió la política como vocación, no como carrera; como servicio, no como privilegio.

Descanse en paz, don José. Murcia, su Murcia querida, le guarda ya un lugar de honor en la Sala de Corregidores, entre los nombres de quienes, con trabajo y corazón, escribieron su historia.

Y en cada plato de nuestra cocina, en cada rincón recuperado, en cada gesto de entrega a lo público, seguirá vivo su legado: el de un alcalde que persiguió la excelencia, pero nunca olvidó que, al final, lo más importante era la gente.

LasGastrocronicas.com se une al dolor de su familia, amigos y compañeros del Ayuntamiento de Murcia y toda la Región. Que la tierra murciana, esa que tanto quiso, le sea leve.

























