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Por Elisabet Pegueroles
Este bodegón, pintado en 1919 durante la etapa en la que Picasso exploraba el clasicismo y observaba con atención la tradición de la naturaleza muerta, demuestra su capacidad para transformar una escena cotidiana en una imagen cargada de significado.

La obra sorprende por lo que no muestra. No hay fragmentación cubista, figuras descompuestas ni la energía explosiva característica de Pablo Picasso. En su lugar encontramos una escena silenciosa, suspendida en un tiempo inmóvil.
La composición es sencilla: una jarra sobre una mesa, coronada por un plato y acompañada por cuatro manzanas. Sin embargo, el artista introduce pequeñas alteraciones visuales que rompen la aparente tranquilidad de la escena. El ligero desplazamiento del asa respecto al pico de la jarra y la singular relación entre la luz y las sombras potencian su volumen y generan una sutil sensación de extrañeza.

La gran jarra ocupa el centro de la imagen como una presencia escultórica. Sobre ella descansa un plato con dos manzanas; las otras dos se sitúan en primer plano, a ambos lados. No hay elementos superfluos ni detalles anecdóticos: todo se reduce a unas pocas formas esenciales. Por lo que el recipiente se convierte así en el verdadero eje de la obra.
Su monumentalidad, reforzada por una doble perspectiva que permite ver simultáneamente la mesa y el plato, recuerda a las figuras femeninas de rasgos clásicos que Picasso pintaba en aquellos años. La gran sorpresa del cuadro es que puede interpretarse como una figura femenina. Sus curvas evocan el cuerpo de una mujer voluptuosa, mientras que algunos detalles sugieren una boca abierta y un pecho redondeado. De este modo, el artista difumina la frontera entre objeto y figura humana.
También destaca el equilibrio de la composición. Picasso organiza los elementos con precisión arquitectónica: el elemento central se eleva como una columna blanca que sostiene la imagen, mientras las manzanas actúan como contrapuntos visuales y distribuyen el peso de la escena de manera armoniosa.
La paleta cromática refuerza la sensación de calma. Dominan los grises suaves, los blancos y los tonos verdosos y ocres de las frutas. Los colores aparecen amortiguados; no hay una luz brillante, sino una iluminación casi invernal. Tampoco existen contrastes violentos, sino una atmósfera contenida y serena. Las manzanas poseen una presencia rotunda pese a estar pintadas con escasos recursos. Picasso demuestra que no necesita un detalle minucioso para transmitir la sensación de peso y materia.
Hay, además, una cualidad casi meditativa en la obra. Los objetos parecen aislados del mundo exterior y el fondo neutro elimina cualquier referencia espacial precisa. Lo importante es la contemplación. Picasso invita al espectador a detenerse y observar con calma algo tan cotidiano como una jarra y unas manzanas. Por ello, esta naturaleza muerta, que guarda el Museo de Picasso de Paris, sigue resultando especialmente atractiva para el público contemporáneo. Es una obra que revela la extraordinaria belleza que puede esconderse en las cosas más simples. Inspirado en las naturalezas muertas de Jean-Siméon Chardin, convierte una escena doméstica en un retrato oculto y dota de vida a los objetos más comunes.
De esta misma calma suspendida en los objetos nace el deseo de llevar esa sencillez a la mesa, en forma de una tarta.

Tarta fina de manzana
Ingredientes:
- 1 lámina de hojaldre
- 4 o 5 manzanas (golden o reineta)
- 500 ml de leche entera
- 4 yemas de huevo
- 100 gr de azúcar
- 40 gr. de maicena
- 1 canela en polvo
- 3 cucharadas de mermelada (albaricoque o melocotón)
Preparación
- Infusiona la leche templada con la canela.
- En un bol, mezcla las yemas, el azúcar y la maicena con un chorrito de leche fría hasta que no queden grumos.
- Añade esta mezcla a la leche caliente sin dejar de remover a fuego medio hasta que espese. Retira, cubre con film a ras de piel y deja enfriar en la nevera.
- Precalienta el horno a 200º. Extiende la masa de hojaldre en tu molde y pincha toda la base con un tenedor para que no suba demasiado.
- Extiende una capa fina de la crema pastelera ya fría sobre el hojaldre, dejando un pequeño borde libre alrededor.
- Pela, descorazona y corta las manzanas en láminas muy finas. Colócalas cuidadosamente, capa por capa, superponiéndolas en círculos concéntricos desde el borde hacia el centro.
- Hornea a 200º durante unos 15-20 minutos, o hasta que veas que el hojaldre está dorado y crujiente.
- Nada más sacarla del horno, y mientras la tarta siga caliente, pincela suavemente las manzanas con la mermelada (puedes rebajarla con una cucharada de agua y calentarla unos segundos en el microondas). Esto le dará el clásico aspecto brillante de pastelería.

Elisabet Pegueroles es historiadora del Arte y apasionada de la gastronomía
La realidad al otro lado del mortero: el truco de magia de Velázquez

























