Cuatro generaciones de la familia Bastida mantienen viva la esencia de la gastronomía huertana en un rincón junto a la Catedral donde el tiempo parece haberse detenido entre cañas, empanadillas y fotografías de fútbol
En el casco histórico de Murcia, a escasos pasos de la imponente silueta de la Catedral, un establecimiento celebra un hito poco habitual en el panorama hostelero contemporáneo: un siglo de actividad ininterrumpida.

Se trata de Los Zagales, una taberna que, desde 1926, ha sabido resistir las transformaciones urbanas, las crisis económicas y los cambios de hábitos alimenticios sin renunciar a su identidad más profunda.
La historia de este emblemático local se remonta a la llegada de José Bernal Segado, un emprendedor originario de Cartagena que decidió establecerse en la capital murciana. El espacio, conocido inicialmente como La Sucursal de la Cosechera, adquirió su denominación actual de forma espontánea y popular: cuando el fundador no podía atender personalmente el negocio, delegaba en sus dos hijos, Ramón y Asensio, de quince y diez años respectivamente.
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Los clientes del cercano mercado de la Plaza del Ayuntamiento, al finalizar sus compras, comenzaron a referirse al local con afecto como «el bar de los zagales«, expresión que terminó imponiéndose y perdurando hasta nuestros días.

Una herencia familiar que trasciende generaciones
Actualmente, la gestión del establecimiento recae en Carmen y Victoria Bastida, bisnietas del fundador y representantes de la cuarta generación dedicada a la hostelería. Ambas, con formaciones académicas en Ciencias Ambientales y Filología Inglesa, decidieron asumir el legado familiar manteniendo los principios que han sustentado el éxito del negocio: producto de calidad, trato cercano y precios accesibles.

«Buen producto y buena atención al cliente», resumen las hermanas como fórmula infalible. Una filosofía que se refleja en una carta donde predominan especialidades de la cocina murciana: las célebres gabardinas (bacaladilla rebozada), las empanadillas caseras de atún, tomate y huevo, los zagalicos (pequeños bocadillos rellenos a un euro), los michirones, el zarangollo o el icónico paparajote como colofón dulce. Todo ello acompañado de vinos de la tierra servidos en los tradicionales vasos de chato.
Autenticidad como seña de identidad
El interior del local conserva la estética de las tabernas de antaño: barra metálica de larga trayectoria, vitrinas que exhiben las tapas, barricas decorativas y paredes adornadas con fotografías históricas del Real Murcia y de corridas de toros, reflejo de las aficiones de generaciones anteriores de la familia.

No hay lugar para la decoración impostada ni para las tendencias efímeras; la autenticidad constituye el principal atractivo de un espacio donde convergen clientes de todas las edades, desde universitarios hasta familias completas que han transmitido su fidelidad de padres a hijos.

Esta coherencia con sus orígenes ha sido reconocida por la Guía Repsol, que en 2024 otorgó al establecimiento un «Solete«, distinción reservada a locales que destacan por su esencia auténtica, producto cuidados y personalidad propia, más allá de los estándares de la alta cocina.

Precios que desafían la inflación
En una época marcada por el encarecimiento generalizado, Los Zagales mantiene una política de precios notablemente contenida: cañas y chatos a precios populares, tapas que oscilan entre los 3 y 5 euros, y menús completos que permiten disfrutar de la gastronomía murciana por menos de quince euros. Esta accesibilidad, unida a la calidad, explica en parte la afluencia constante de clientes que abarrotan el local a diario, especialmente en las horas punta del mediodía.

Un patrimonio vivo de la ciudad
Más allá de su dimensión gastronómica, Los Zagales representa un espacio de encuentro social donde se entrelazan historias personales, recuerdos compartidos y tradiciones locales. Como señala el cronista Antonio Botías, por sus paredes «han pasado cien años de historia y de historias, de gentes cuya posición social se igualaba a pie de barra».

Las propietarias no tienen previsto organizar una gran celebración puntual por el centenario. «La fiesta la celebramos todos los días con nuestros clientes», afirman con naturalidad. Cada empanadilla servida, cada caña tirada, cada sonrisa de quien abandona el local satisfecho constituye, en su visión, la mejor manera de conmemorar una trayectoria centenaria.

Mientras el siglo XXI avanza a ritmo vertiginoso, en la calle Polo de Medina número 4 el tiempo parece transcurrir con otra cadencia. Allí, entre el aroma de la fritura fresca y el murmullo de las conversaciones, Murcia sigue reconociéndose en un espejo que huele a huerta, a tradición y a casa. Que siga siendo así, al menos, otros cien años.
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